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Elecciones en Latinoamérica
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 7 de diciembre de 2005
rosalesarroyo@intelnett.com

La tendencia política en Latinoamérica tiende a apuntalarse a través de procesos electorales. Todo indica que las asonadas castrenses son cosas de un pasado en tránsito de desaparecer.

Dos son las excepciones y, en ambos casos, está presente la mano intervencionista del gobierno de Estados Unidos. En la primera de ellas, el golpe fracasó; en la segunda, los militares estadounidenses ocuparon un país soberano, derrocaron a un presidente electo y con la participación y apoyo de fuerzas militares de cuatro países latinoamericanos instauraron un régimen de “ocupación colonial”.

Como es fácil advertir, en el primer caso, me estoy refiriendo al golpe encabezado por unos cuantos militares y la cúpula empresarial que intentaron derrocar al presidente venezolano Hugo Chávez en abril de 2002, y con el apoyo del gobierno de Estados Unidos al momento de instalarse en la casa de gobierno, procedieron a suprimir por decreto todas las instituciones del poder constituido. Al presidente Chávez se le mantuvo confinado por 48 horas en distintas instalaciones militares del país. Una multitudinaria marcha de más de un millón de personas, el respaldo de oficiales militares leales a la Constitución Bolivariana, y el retorno victorioso al Palacio de Miraflores del presidente Chávez, hizo posible restablecer el orden constitucional momentáneamente roto y la restitución en el poder del mandatario al que se intentó derrocar.

En el otro caso, sucedió todo lo contrario. Como se recordará, en 1990 fue electo presidente de Haití el sacerdote Jean Bertrand Aristide. El apoyo electoral que obtuvo fue masivo. De cada cinco ciudadanos haitianos con derecho a votar, cuatro lo hicieron a su favor. En 1991 el presidente Aristide fue derrocado por una junta militar que, presidida por el general Cedras y con el respaldo de la CIA, gobernó hasta 1994. Con la aquiescencia y condiciones políticas e institucionales que le impuso el departamento estadounidense de Estado y con la argucia de, como se dijo entonces, terminar en 1995 el período de cinco años para el que había sido electo cuatro años atrás, Aristide volvió una vez más al poder.

En 1995 Aristide respaldó la candidatura de René Preval que resultó electo para un período de cinco años. En elecciones celebradas en noviembre de 2000, Aristide fue de nuevo electo presidente. La Casa Blanca no aceptó los resultados electorales y a partir de ese momento echó a andar una campaña de desestabilización que culminó en 2004 con la invasión estadounidense a Haití y el secuestro del presidente con el acuerdo y apoyo de antiguos oficiales militares, cabecillas de los escuadrones de la muerte y la oligarquía local. En Haití, como dice James Petras en su más reciente artículo publicado en Rebelión, “Estados Unidos se aseguró la ocupación colonial reclutando fuerzas militares de Uruguay, Argentina, Brasil y Chile. El ejército ocupante fue encabezado por un general brasileño, bajo la dirección ‘formal’ de un chileno, Gabriel Valdés. Aristide se vio forzado a exiliarse en África”.

Pareciera, entonces, que el ciclo de golpes militares en Latinoamérica y el Caribe podría haberse clausurado con lo acontecido en Haití el año pasado. Sin embargo, en política hasta podría parecer aventurado anticipar que esto no vuelva a repetirse. La situación para el presidente estadounidense George W. Bush en el Continente y el Caribe no le es del todo favorable; todavía no puede asegurarse que le sea adversa. Adversa le es en Irak. Pero, y sin ir muy lejos, después de la Cumbre de Mar del Plata en Argentina, la política estadounidense para Latinoamérica y el Caribe quedó en entredicho y el repudio de los pueblos latinoamericanos y caribeños contra el gobernante del país más poderoso de la Tierra es ahora más generalizado, amplio y multitudinario.

A mí me parece cada vez más notorio que --como en otras regiones del planeta-- en Latinoamérica y el Caribe el presidente estadounidense empieza a sentirse como acorralado. Acorralado y aislado, así como desprestigiado y muy cuestionado está en los propios Estados Unidos. El peligro está en que en su soberbia y desesperación pueda intentar optar por la aventura de proponerse aplastar por la fuerza los intentos democratizadores, progresistas y populares que en varios países al sur de su frontera están gestándose o teniendo lugar y que en esta nueva etapa empiezan a darse a partir de la elección del presidente Hugo Chávez en Venezuela y continúa con la del presidente Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, la del presidente Néstor Kirchner en Argentina y la del presidente Tabaré Vásquez en Uruguay. Además, es bueno tener en cuenta que --en lo que va de este primer lustro del siglo XXI-- gobiernos de corte neoliberal como los de Bolivia, Ecuador y Argentina fueron derrocados por “revueltas populares” a las que se refiere la periodista Blanche Petrich en el diario mexicano La Jornada.

En esa situación que, en general configura el cuadro político en Latinoamérica y el Caribe, han tenido lugar o van a celebrarse elecciones en varios países del Continente.

El recién pasado 27 de noviembre tuvieron lugar en Honduras comicios generales para elegir presidente y vicepresidente de la República, 128 diputados titulares al Congreso e igual número de suplentes, y 298 alcaldes municipales. En estas elecciones podrían haber participado cerca de 4 millones de hondureños y la disputa presidencial, como ya es tradicional, se centró entre los dos partidos mayoritarios de derecha, el Liberal, PL, y el oficialista Nacional, PN, así como tres minoritarios y marginales partidos más: el Innovación y Unidad, IU, (socialdemócrata), el Unificación Democrática, UD, (izquierda) y la Democracia Cristiana. DC, (centro).

El mismo día de las elecciones, el candidato del opositor Partido Liberal, PL, Manuel Zelaya, se proclamó presidente electo con base en las encuestas que le daban una amplia ventaja sobre el candidato oficialista. Esto fue desmentido el lunes 28 por el presidente Ricardo Maduro quien declaró que todavía no había presidente electo en Honduras. Al día siguiente, la embajada de Estados Unidos en Tegucigalpa reconoció que los resultados de las elecciones reflejaban una tendencia favorable al triunfo del opositor Zelaya. Según el diario hondureño El Heraldo, hasta el día de ayer, el 49.90 por ciento de los votos escrutados favorecían a Manuel Zelaya y el 46.16 por ciento al oficialista Porfirio Ledo. Resta por escrutarse el 10 por ciento de los votos de los candidatos a presidente y vicepresidente.

El recién pasado domingo 3 de noviembre tuvieron lugar en la República Bolivariana de Venezuela, elecciones para 167 escaños en la unicameral Asamblea Nacional. Cuatro días antes de la fecha de las elecciones, se retiraron de los comicios los tradicionales socialdemócratas de Acción Democrática, AD, y el democristiano COPEI, que se alternaron en el gobierno entre los años 1958 y 1998, así como también el conservador Proyecto Venezuela, PV. Este proceso merece analizarse detenidamente. Ya habrá oportunidad de hacerlo. Lo que vale la pena destacar es que los partidos que conforman el Bloque del Cambio obtuvieron la totalidad de los 167 escaños distribuidos de la siguiente manera: el Movimiento Quinta República, MVR, del presidente Chávez, consiguió 105 curules; el partido Patria Para Todos, PPT, 11; el movimiento PODEMOS, 9; el Partido Comunista, PC, 8; el Movimiento Electoral del Pueblo, MEP, 2, y otras organizaciones regionales, 22. La tendencia al aumento de votos a favor de los partidos chavistas es consistente. En 1998 no llegaban a un millón de votos, en el 2000 consiguieron 1 millón 800 mil y el domingo pasado lograron llegar a casi tres millones.

La etapa de procesos electorales en Latinoamérica en la nueva situación y condiciones propias de cada país y del Continente en general proseguirá de acuerdo al siguiente cronograma: el 11 y 18 de diciembre del año en curso habrán de celebrarse elecciones en Chile y Bolivia, respectivamente. En Costa Rica habrá elecciones el 5 de febrero de 2006. En Perú, el 19 de abril. En Colombia, el 28 de mayo. En México, el 2 de julio. En Brasil y Ecuador el 1 y 5 de octubre. En Nicaragua, el 5 de noviembre. Por su importancia y en su oportunidad, me ocuparé de cada una de ellas.

Fuente: www.lahora.com.gt


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