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Las oportunidades desaprovechadas
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 29 de marzo de 2007
rosalesarroyo@intelnett.com

Con los sucesivos y agravados problemas y dificultades en que se ha visto envuelto el país desde el 14 de enero de 2004 (y que expresan la agudización y agravamiento de la acumulada crisis económica, institucional, política y social) y, sobre todo, a causa de lo que ha ocurrido en los últimos seis meses del año pasado y los tres primeros del presente, en cualquier país del mundo, el gobierno ya hubiera caído. Sólo en Guatemala no sucede.

La gran interrogante es si ello puede ocurrir antes de septiembre o después.

En torno a esta posibilidad, son muchos y diversos los factores que al analizarlos permiten elaborar un cálculo de probabilidades lo más aproximado posible y arribar, al menos, a una conclusión general. Para el caso, es suficiente con traer a cuenta algunos antecedentes que pueden dar una idea de lo que aquí pudiera acontecer en los próximos seis meses.

En los últimos 53 años, son varias las oportunidades desaprovechadas para cambiar de raíz el estado de cosas imperante bien sea a través de la vía pacífica e institucional o de la vía violenta, revolucionaria, de lucha.

Hasta 1985, lo que predominaba eran las amenazas de golpes militares de Estado o las asonadas castrenses consumadas. Hasta ese año, era frecuente escuchar los toquidos en las puertas de los cuarteles por parte de los golpistas. Ésta práctica, al parecer, no se puede descartar que no se haya seguido dando a través de otros medios y otras formas.

Sería ingenuo pensar que, a causa de como se han ido desenvolviendo los acontecimientos y están las cosas actualmente, no haya quienes anden en esas desfasadas modalidades del pasado o que no se puedan repetir.

El putchismo impidió que las oportunidades que entonces se tuvieron fueran aprovechadas para cambiar el rumbo del país. La lucha en la clandestinidad de 1954 en adelante y, en su momento, el movimiento en armas --por condiciones muy concretas a analizar lo más objetivamente posible--, no alcanzaron a imponerle el rumbo revolucionario a los acontecimientos en coyunturas favorables.

El 25 de junio de 1956 esto fue lo que sucedió y se repitió el 26 de julio del año siguiente. Cinco años después, durante las Jornadas de Marzo y Abril, ocurrió otro tanto igual. En aquellas condiciones, la caída de Ydígoras Fuentes hubiera hecho posible un cambio de la situación a favor de las fuerzas democráticas, populares, revolucionarias y progresistas y no como ocurrió con el golpe de Estado militar del 30 de marzo de 1963 y que aseguró la continuidad del estado de cosas y que el Ejército administrara la crisis desde posiciones de fuerza. Recuérdese que se impuso la contrainsurgencia como política de Estado.

Las votaciones de 1966 que llevaron al gobierno al licenciado Julio César Méndez Montenegro --y en las que hay que reconocer crítica y autocríticamente que el partido se equivocó al evaluar las posibilidades que tenía a favor--, fue otra oportunidad desperdiciada a causa de que, junto a otros factores, se subestimó el poder y condiciones en que estaban los militares para imponerle al mandatario electo el pacto que, a cambio de entregarle el gobierno, garantizó al ala más reaccionaria y conservadora del Ejército, mantener el modelo de Estado y gobierno y, a la vez, darle continuidad al sistema opresivo, explotador, dependiente, represivo y terrorista institucionalizado a partir de la intervención norteamericana de 1954.

Pero quizás no haya habido oportunidad más desaprovechada que la del 25 de mayo de 1993 cuando el entonces presidente Jorge Serrano Elías intentó romper “el orden constitucional” mediante un fallido autogolpe de Estado que le costó su salida del gobierno por la puerta de atrás del Palacio Nacional.

En tales condiciones, el sector empresarial --con el respaldo del Congreso de la República y el apoyo masivo de importantes sectores de la llamada sociedad civil--, logró interceptar la lucha para sacar al país del caos en que estaba y asegurar que los acontecimientos desembocaran en el cambio cosmético que se produjo y que sólo sirvió --al igual que en ocasiones anteriores-- para estar en condiciones de administrar la crisis institucional y de gobernabilidad de acuerdo a sus intereses de clase.

El momento actual, así como tiene semejanzas a períodos de crisis agudas y agravadas no resueltas, tiene también sus diferencias. En todo caso, lo uno y lo otro, apunta en dirección de que hasta lo inimaginable puede suceder en el país y que si se llega a las votaciones, lo más seguro es que la continuidad en el gobierno de lo que queda de la Gran Alianza Nacional, GANA, llegue a su fin y el impuesto candidato oficialista sufra una aplastante derrota.

Lo anterior no quiere decir que se vaya a dar un cambio en la caduca y agotada forma de gobernar. A lo que se puede llegar es que la fuerza que gobierne a partir de enero de 2008, cierre el ciclo de gobiernos que de 1954 en adelante para lo que han servido o han sido utilizados es para mantener al país en condiciones deplorables e indignantes.

Para la izquierda social y popular, esta es una más de las oportunidades desaprovechadas.

Sin embargo y según las previsiones y sabiduría de los pueblos mayas, el cambio de época en el país habrá de darse en el 2012, a partir de su ascenso al poder político en amplia e incluyente alianza con las fuerzas y sectores más avanzados y progresistas del país.

Fuente: www.lahora.com.gt - 216 - 280307


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