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La podredumbre del sistema
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 14 de junio de 2007
rosalesarroyo@intelnett.com

Cuando algo ocurre más rápidamente de lo que uno se imagina, se dice que ni bien se ha secado la tinta cuando las cosas ya se han empezado a dar o los acontecimientos a suceder. En mi columna de la semana pasada decía que hasta lo inimaginable podría suceder de aquí al 9 de septiembre.

El domingo se dieron “sorpresas” en, al menos, dos partidos con poca o ninguna incidencia política en el “cuadro electoral”.

En el Partido de Avanzada Nacional (PAN), según el editorial de “Prensa Libre” del lunes, lo que ocurrió fue un golpe de Estado. El doctor Arredondo -después de haber sido nominado por el Comité Ejecutivo como su precandidato presidencial- fue excluido por la asamblea general y no lo confirmó. En su lugar, se nominó a quien hasta el jueves se decía que lo acompañaría como candidato a vicepresidente.

En el agrupamiento Desarrollo Integral Auténtico (DIA), por razones de salud -manido pretexto que se esgrime cuando se quiere desinformar respecto a lo que en verdad hay detrás de una decisión cupular de conveniencia-, ya no se proclamó al ex sacerdote Girón como su presidenciable, lo que confirma que en este partido, como en el PAN y en otros, se da una sui géneris cohabitación electorera y de financiamiento que pone al descubierto la podredumbre que corroe y descompone el sistema de partidos.

Lo que sucedió el domingo viene a confirmar que “el cuadro electoral” todavía no está definido, pero no permite asegurar que vaya a “cambiar”. En lo electoral, las cosas seguirán a conveniencia e interés de los poderes económicos -ahora un poco dispersos y agrietados por contradicciones en cuanto a las candidaturas a financiar y apoyar-, y según la conveniencia e interés del crimen organizado, el narcotráfico, los poderes paralelos, la corrupción e impunidad.

Esto y mucho más es lo que un sistema electoral y de partidos como el institucionalizado en el país permite, facilita, hace posible, y -porqué no decirlo- legaliza y legitima.

El ordenamiento constitucional vigente, las leyes que de él emanan, los poderes del Estado y sus instituciones -al igual que en 1956 y 1965-, fue ideado, institucionalizado y legitimado en interés de la gran oligarquía local, las multinacionales extranjeras, y el imperialismo estadounidense. Se institucionalizó y legitimó, en consecuencia, un sistema que prolonga el atraso, recicla el subdesarrollo, y se adecúa a las necesidades del libre mercado y a una cada vez mayor y nefasta dependencia a la globalización neoliberal.

No es esta una frase de cliché o remanentes del pensamiento marxista, ideología que -vale la pena recordarlo- sigue vigente a contrapelo de quienes han renegado de ella o dicen que hay que “actualizar” como si no supieran que está basada en una elaboración teórica en constante desarrollo y enriquecimiento y de acuerdo a las características y especificidades de un país en concreto y el entorno internacional.

De lo que se trata, entonces, es de caracterizar una institucionalidad que apuntala y privilegia los intereses de las clases dominantes, los tutela, defiende y salvaguarda, es una ficción creada malévolamente y que sólo engaña a quienes la ven como expresión de un “amplio acuerdo nacional” o de un “gran pacto social”.

Lo que no se puede ignorar es que -conforme pasa el tiempo y los acontecimientos lo confirman- el sistema y la institucionalidad en que se apoya no tiene más horizonte que su tendencia al deterioro y el agotamiento, y -en un momento dado- hacer crisis hasta saltar hecho añicos.

Es esto lo que aconteció a raíz de la intervención norteamericana en 1954 y que ha significado un prolongado paso hacia atrás a partir de la instauración del régimen “liberacionista” impuesto por la CIA estadounidense, la United Fruit Company (UFCO), el sector reaccionario y anticomunista del Ejército de aquellos años y el apoyo de los entonces grandes terratenientes semifeudales y latifundistas.

Es esto también lo que aconteció en 1963 y en 1982 y 1983, a causa de la crisis de poder a que se había llegado y efecto, a la vez, de la necesidad de la recomposición y reacomodo que las clases dominantes se percataron que era necesario producir en las alturas a fin de continuar administrando la crisis y que nada cambie en el país.

Aunque las condiciones están dadas para cambiar a fondo y de raíz el estado actual de cosas, lo que falta es contar con la fuerza organizada capaz de encauzar y articular el tránsito revolucionario, social, popular y progresista que Guatemala necesita.

Por ahora, las clases dominantes pueden estar “tranquilas” pero su “tranquilidad” no será la misma a partir del 2011, a menos que algo sucediera antes y que -aunque todavía es difícil de concretar- no es imposible de vislumbrar.

Fuente: www.lahora.com.gt - 130607


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