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Los elevados costos de los errores en política
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 26 de octubre de 2007
rosalesromán.cgs@gmail.com

El próximo viernes se gradúa de bachiller en Computación mi nieta, Laura Rosales Guerra. Su aspiración es estudiar arquitectura en la Universidad de San Carlos. Estoy seguro que lo logrará y culminará exitosamente. El lunes de la semana pasada, desayunando con Pedro, su papá, le pregunté que cuántos años hacía que él se graduó de bachiller en Ciencias y Letras. Me dijo que 25. No le fue posible iniciar aquí, en el país, sus estudios de medicina. Lo logró en Cuba. Se graduó en el Instituto Superior de Ciencias Médicas, Carlos J. Finlay, de Camagüey, en 1990, año en que nació Laurita y se graduó, también de médico, Arelis, su mamá.

A mi nieta, su papá, su mamá, y su hermano, José Ernesto, los podremos acompañar Ana María y yo, en tan importante acontecimiento. No pude estar presente cuando se graduó Pedro de bachiller y de médico, y cuando Espartaco se graduó de bachiller y de licenciado en Ciencias de la Comunicación. Es de lo que había que privarse y no hacer en la clandestinidad. No me arrepiento ni lo lamento.

En consecuencia, en nuestra casa hay razones suficientes para estar contentos y celebrar los 25 años de graduación de Pedro (que me recuerdan los aciagos y difíciles años ochenta del siglo pasado), y lo que logra mi nieta en un ambiente todavía muy estropeado para la construcción de la paz y en que campea la inseguridad ciudadana e inestabilidad institucional, y son abismales los desniveles de desigualdad, discriminación, exclusión e injusticia social.

Anotado lo anterior, paso a lo siguiente.

En política, los errores se pagan caro y más si no se examinan a tiempo, crítica y autocríticamente, para corregirlos y, sobre todo, para no volver a incurrir en ellos.

De 1954 a la fecha, la ciudadanía guatemalteca no ha tenido otras opciones políticas que votar por candidaturas conservadoras, reaccionarias, de derecha o de centro derecha. Sólo en dos ocasiones tuvo oportunidad de optar por propuestas democráticas, populares y progresistas, aunque no definidamente revolucionarias. En las votaciones de 1995 participó el Frente Democrático Nueva Guatemala (FDNG) y se constituyó en la tercera fuerza política del país. El FDNG, representó a la izquierda.

Tres años después de la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera y luego de haber cubierto los requisitos que la Ley Electoral y de Partidos Políticos exigía para inscribirse como partido, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), junto al partido Desarrollo Integral Auténtico (DIA), y la Unidad de Izquierda Democrática (UNID), bajo la denominación de Alianza Nueva Nación (ANN), participó en las votaciones de noviembre de 1999 y, al igual que cuatro años atrás, se situó como la tercera fuerza política del país.

Al DIA no podía caracterizársele como de izquierda y URNG más parecía de centro izquierda. Fue UNID la que contribuyó para que a ANN se le viera como de izquierda. Al presidenciable de entonces le era incómodo que se dijera que la coalición representaba un proyecto de izquierda y más cuando se proclamaba que expresaba y defendía los intereses de los desposeídos y marginados, la continuación histórica de las conquistas de la Revolución de Octubre de 1944 y que se proponía realizar los cambios revolucionarios que Guatemala necesita.

En 2003, URNG ya no era el proyecto que originalmente se concibió como alternativa real de poder, democrática, revolucionaria, progresista y popular. Las posiciones “moderadas y pragmáticas” pasaron a ser predominantes como fue evidente su corrimiento hacia el centro. Las votaciones de hace cuatro años marcaron el comienzo de su descalabro que no logró superar el pasado 9 de septiembre.

A MAIZ le fue peor que a URNG de la que no fue sino su prolongación y fachada “amplia”, sin identidad propia ni independencia. Alianza Nueva Nación (ANN), perdió su registro como partido, lo cual dice mucho de los costos a pagar por los errores que se cometen en un momento y situaciones muy concretas.

Lo que en realidad está pasando en las actuales condiciones es que estos agrupamientos no cuentan con estructuras de base sólidas, atendidas ideológica y políticamente. Además, sus dirigencias son impuestas y no se inculcan sentimientos de identidad y pertenencia orgánica. Se ve y trata a los afiliados como adherentes y no como militantes con derecho a participar en la toma de decisiones y dirección política. No son el eslabón natural, orgánico e institucional, a cargo de la organización, unidad, movilización y lucha del movimiento social y popular a nivel nacional y, a nivel local, en caseríos, poblados, aldeas, municipios y cabeceras departamentales.

En otras palabras, las izquierdas institucionalizadas han perdido el rumbo, no representan las posiciones revolucionarias, democráticas y progresistas de amplios sectores de la población guatemalteca ni han sabido interpretar y expresar su estado real de ánimo y disposición de lucha.

Los no orgánicos de izquierda tendrían mucho qué decir y qué hacer, a partir de definir por dónde empezar.

Fuente: www.lahora.com.gt - 241007 - 245/2007


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