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Budapest, abril de 1964, en plena primavera
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 6 de diciembre de 2007

Ana María y yo llegamos a Budapest en la tercera semana de abril de 1964. Pero el viaje empezó a complicársenos cuando arribamos al aeropuerto La Aurora, y al iniciar los trámites en Migración se me dijo que no podía salir del país porque estaba arraigado y que quien podía autorizar mi salida era el Ministro de Gobernación, y su autorización debía constar por escrito.

El entonces decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos, licenciado Rafael Zea Ruano, cuando le hablé del problema, solicitó conversar con el Ministro. Durante la audiencia que le concedió al día siguiente, puso en su conocimiento lo que las autoridades de Migración en el aeropuerto me habían informado y consiguió salir de su despacho con la carta que autorizaba mi salida.

Fue así como pudimos viajar a México. Quien selló nuestros pasaportes me dijo que no se me fuera ocurrir regresar ya que lo tenía prohibido y que el arraigo era por razones políticas. Nuestros boletos de viaje tenían París como destino final. Era hacia allá a donde se sabía y dijimos que nos radicaríamos para, por mi parte, tratar de concluir los estudios de Derecho que ya no me era posible continuar aquí.

La persecución política que el gobierno militar de facto de Peralta Azurdia desató en mi contra a partir del 15 de septiembre de 1963 me obligó a andar a salto de mata durante unos seis meses. En aquella fecha había hecho entrega oficial del cargo de Presidente de la Junta Directiva y Ejecutiva de la Asociación de Estudiantes Universitarios, AEU, para el que fui electo en septiembre de 1962.

A principios de 1964 mi seguridad era ya vulnerable.

En tales condiciones, la dirección del partido acordó designarme como representante de la Juventud Patriótica del Trabajo, JPT, en el Buró de la Federación Mundial de la Juventud Democrática, FMJD, en la bellísima capital de la otrora República Socialista de Hungría. Era hasta allá a donde en realidad viajábamos. Eso se arregló en París.

En México estuvimos cinco días. De allí salimos para la capital francesa. El vuelo de Air France tenía que hacer una escala en Nueva York, pero por mal tiempo hubo de aterrizar en Washington. A la mañana siguiente nos fuimos en bus a Nueva York y de allí continuamos el viaje. Esa primera vez que pasamos por territorio estadounidense no tuvimos ningún problema migratorio a pesar de que hicieron un chequeo minucioso en al menos dos voluminosos libros de control, registro y recopilación de nombres, datos e información. Al parecer, aquella vez, los míos aún no los tenían o no los encontraron. Años después, sí.

A París llegamos un viernes a mediodía. Nos hospedamos en un hotel cerca de la Rue Humblot en cuyo número 9 estaba la sede de los jóvenes comunistas franceses quienes tendrían a su cargo apoyarnos en los trámites para la continuación del viaje.

El paso por París fue deslumbrante, emotivo y con cierto grado de tensión. Estábamos a un paso de llegar al destino final y eso nos planteaba desafíos y expectativas. En el aeropuerto las cosas se nos facilitaron. Al entrar, oímos que quien iba delante de nosotros viajaba a Budapest. Discretamente lo seguimos y fue así como pudimos llegar al mostrador que atendía los vuelos de Málev, la compañía húngara de aviación.

Al traspasar la puerta de abordaje y ocupar nuestros asientos en el avión sabíamos que estaba empezando el tercer trecho de un largo viaje que marcó el comienzo de una estancia de cuatro años durante los que Ana María me supo enseñar que algo de lo más valioso para ambos debía ser que nuestra vida en común se afianzara y echara profundas raíces en lo personal y familiar como humanamente.

En lo internacional, a nivel juvenil, me tocó trabajar en un momento delicado, complejo, de definiciones y posicionamiento en relación a la lucha revolucionaria y antiimperialista, la paz mundial, la amistad y un porvenir mejor. La edificación socialista en Cuba atravesaba por momentos decisivos y avanzaba victoriosa y creadoramente, como decisivas y transcendentes eran las victorias de la Guerra de Todo el Pueblo en Vietnam, por la liberación del Sur y la independencia y reunificación de la Patria. Eso lo viví, le di seguimiento, participé y sistematicé con base en fuentes de primera mano y mi propia experiencia. La tarea a cumplir por encargo del partido en Budapest no era fácil.

La polémica chino-soviética se exacerbaba. Difícil y compleja era nuestra lucha y la situación del país, y muy difícil y complejo el entorno internacional. De eso ya habrá ocasión de hacer referencias. Lo que por ahora no quiero dejar de decir es que con Ana María solemos recordar que a nuestra llegada a Budapest despuntaba la primavera, el cielo lucía esplendoroso y las hojas y flores de los árboles retoñaban sorprendentemente.

Mis nuevas tareas eran la continuación de la lucha en el país, en otro escenario y otras condiciones, alrededor de la solidaridad internacional con nuestro pueblo, la juventud y los estudiantes, en un país socialista.

Fuente: www.lahora .com.gt - 051207


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