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Por siempre y hasta el finál
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 27 y 28 de diciembre de 2007
rosalesroman.cgs@gmail.com

A principios de los años 40 del siglo pasado, conocí a un hermano sólo de padre de mi papá. Se llamaba Mario. Me parece que era impresor. Para mí siempre fue un misterio en donde residía, salvo el breve tiempo que estuvo en donde nosotros vivíamos en aquél tiempo. Lo que si sabía es que era un lector asiduo, disciplinado. De lo que hablaba conmigo, mucho se refería a sus lecturas. Cuando tenía 14 años me prestó un libro de lo más interesante en el que con minuciosos detalles, para mi desconocidos, se hablaba de la adolescencia y juventud de Jesús, los lugares donde estuvo y los estudios que hizo. Lo leí despacio. Sin la prisa del lector que quiere terminar su lectura para saber el desenlace.

Fue a partir de entonces que empecé a descubrir el lado humano de aquél Hombre que después, y luego que leí dos de las obras fundamentales de Nikos Katzanzakis: Cristo de nuevo crucificado y La última tentación, me percaté que lo que de Él conocía iba más allá de lo escrito en los Evangelios por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, lo consignado en los Hechos de los Apóstoles, el contenido de las Cartas de Pablo a los Corintios, y de la única que escribió Judas Tadeo, el bueno y, según creo, el más leal y consecuente de sus Doce acompañantes más cercanos.

Un día de tantos, se supo que Mario había muerto repentinamente. No había cumplido 35 años. Sus pocas pertenencias quedaron en poder del dueño de la casa en que alquilaba un cuarto cerca de la Iglesia de Santa Marta, según lo supe después. Lo que mejor guardo de él es el recuerdo de lo que conversábamos la mañana de los domingos en que llegaba de visita a la casa.

Me percato, además, que fue él quien me dotó de los primeros rudimentos para una interpretación objetiva de la historia, y que me enseñó a saber ser riguroso y estricto conmigo mismo. Me solía decir que cuando se está en los días finales del año, se sienta uno propenso a hacer el balance de lo hecho, lo que se dejó de hacer, los logros alcanzados y los errores cometidos. Era para él algo necesario y sólo tenía sentido si se complementaba con los objetivos a proponerse para el año siguiente.

En apretadas líneas intento reconstruir lo que me refirió más de alguna vez. Hay momentos decisivos de la historia, me decía, que se gestan al calor de grandes movimientos y luchas que movilizan, unen y organizan a quienes tienen sed y hambre de Justicia, a los marginados, los excluidos, los discriminados, los explotados y oprimidos. Cuánta razón tenía cuando me habló de que al esclavismo romano lo sustituyó el feudalismo de la Edad Media y de las ruinas del atraso feudal emergió la sociedad capitalista de la opulencia egoísta. Se abrieron a la vez, enfatizaba, las esclusas para la emancipación de los pueblos y el anhelo de edificar una etapa superior de desarrollo y progreso.

En esa línea de pensamiento y en cuanto a la América Latina actual, el triunfo de la Revolución en Cuba el 1 de enero de 1959, y lo que empieza a acontecer a partir de la llegada al poder del Presidente Hugo Chávez en Venezuela, del arribo al gobierno del Presidente Evo Morales en Bolivia, y del Presidente Rafael Correa en Ecuador, es la continuación histórica en las condiciones de nuestra época de las formidables hazañas independentistas y libertadoras iniciadas por Martí, Bolívar, Artigas, San Martín y, en nuestro país, por el prócer Pedro Molina.

En tales condiciones, el punto de definición de los revolucionarios de hoy pasa por la posición que se asuma en relación a la defensa, apoyo y solidaridad con la lucha de los pueblos hermanos de Cuba, Venezuela y Ecuador, sin ignorar que el deber primordial de cada uno y del movimiento social y popular en general, reside en la fidelidad y lealtad a la causa revolucionaria y progresista en nuestro propio país.

Y es que lo que pasa a estar cada vez más a la orden del día en la mayoría de países de nuestro Continente, es la lucha por las transformaciones revolucionarias que cambien de raíz el estado actual de cosas.

Por lo que a mi respecta, a diez años de distancia, crítica y autocríticamente me doy cuenta que, entre otros, tres son los errores que más pesan políticamente en mi contra.

El primero fue haberle propuesto al Comité Central del PGT, en abril de 1997, la disolución del partido, a fin de darle paso a la construcción de la fuerza política que uniera a las izquierdas en el país después de la firma de la paz. El CC lo aprobó por unanimidad. El segundo, fue no haber renunciado a URNG al día siguiente de haber concluido el período legislativo para el que fui electo en 1999. Y, el tercero, haberme adherido al llamamiento de MAIZ en la esperanza de que a partir de ahí el movimiento revolucionario se reencauzaría por la vía correcta.

En cuanto a mis propósitos para el año entrante, los resumo diciendo que lo más importante es no olvidar nunca lo mucho que hay que aprender para llegar a saber ser consecuente por siempre y hasta el final, sin estar organizado como debería de ser.

Enviado por su autor a la redacción de Albedrio.org - El artículo presente también apareció publicado en el diario La Hora


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