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Riqueza y pobreza, una realidad que insulta e indigna
Por Ricardo Rosales Román - Guatemala, 24 de enero de 2013
rosalesroman.cgs@gmail.com

La diferencia entre reformismo y revolución hay que tenerla en cuenta al momento de tratar de responder a la desafiante interrogante de qué es lo que hay que cambiar en una sociedad. El reformismo permite al sistema mantenerse y que lo que cambie sean los efectos de una crisis y no las causas. Es el camino a seguir para que el sistema se recicle, se prolongue.

La revolución, por el contrario, se propone el cambio de las causas y no sólo los efectos de una situación en concreto. Es el camino a seguir para que la situación y condiciones, en un momento dado, cambien de raíz, a fondo, estructuralmente. El cambio revolucionario es posible y se puede dar a partir de que se den las condiciones -objetivas y subjetivas- para ello. Esto, teóricamente, está suficientemente fundamentado y, en casos concretos, la práctica lo confirma.

En anteriores oportunidades he hecho referencia al estado en que en nuestro país se encuentran las condiciones objetivas. Las causas que originan esas condiciones son las que hay que cambiar de raíz para así poder pasar de una ya agotada y caduca etapa de atraso, subdesarrollo, dependencia e injusticia social, a una etapa superior de desarrollo y progreso, independencia y equidad, inclusión y no discriminación y a un régimen político e institucional de nuevo tipo.

En un momento como el actual, son estas las cuestiones a considerar a fin de superar las limitaciones propias del análisis en que incurren quienes se conforman con identificar y describir los efectos y consecuencias de la situación económica y social en un momento dado, sin abordar y profundizar en sus causas. Dicho en otras palabras: hay que identificar lo que motiva y son las causas de que las condiciones económicas y sociales estén como están. Quien se limita a describir lo que está mal por sus efectos y consecuencias, y no por sus causas, incurre en una estrechez analítica y de visión.

En lo económico y social, la situación del país es de lo más insultante e indignante y es -por sus causas y el sistema en que se asienta- que sus efectos y consecuencias tienden a agravarse y agudizarse cada vez más.

De los 14 millones 700 mil habitantes que actualmente se calcula que asciende la población guatemalteca, el 70 por ciento está por debajo de la línea de pobreza; es decir, de quienes devengan un salario menor a 2 mil 400 quetzales al mes. Esto, por un lado. Por el otro, en Guatemala hay 235 ultra ricos con un patrimonio no menor de 30 millones de dólares y una riqueza acumulada que asciende a 28,000 millones de dólares.

De esos 235 ultra ricos, quienes en realidad son los dueños de la riqueza del país y lo deciden todo y mandan, es una reducidísima cúpula conformada alrededor de ocho familias y a la que se le ha dado en denominar G-8. Es ésta la cúpula del poder oligárquico y económico tradicional.

De los ultra ricos del país, hay a quienes los del G-8 toleran o admiten como parte del sector oligárquico más nunca de la élite de familias más poderosas y potentadas. Otros, están dentro del empresariado organizado, sus cámaras y sectores. Algunos más, son sus ejecutivos y operadores a su servicio. Están, además, quienes vienen a ser lo que en el “imaginario social” se les identifica como el “sector emergente” y que -por su origen, naturaleza y carácter- es, además de una ficción, un sector parasitario más cuya riqueza es producto de los privilegios y negocios con los gobernantes de turno, la compensación a sus aportes de campaña, tanto como del tráfico de influencias, la corrupción, el lavado de dinero, el narcotráfico o el crimen organizado.

A este respecto vale la pena traer a cuenta que hace pocos días se dijo que el 82 por ciento de los sectores económicos del país “están penetrados por grupos criminales…, que a los financistas de los gobernantes de turno se les puede identificar en dos categorías: capital tradicional y capital emergente... No se trata de capitales ‘limpios’ versus capitales ‘mal habidos” (elPeriódico, 18 de enero de 2013).

A lo así informado agrego y opino que no se trata, estrictamente hablando, de un “capital emergente”. Se está, repito, ante un capital parasitario más y que por su naturaleza, carácter y origen viciado, perverso y mal habido, es imposible que llegue a constituirse en ese por ahora y todavía inexistente sector emergente en condiciones de contribuir a sacar al país del atraso y la dependencia.

En su conjunto, la estructura, composición y distribución de la riqueza y el poder económico así configurada, insulta e indigna; corresponde, además, a un sistema económico y social a punto de colapsar y que hay que cambiar de raíz, a fondo, estructuralmente.

Fuente: www.lahora.com.gt


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