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El triángulo rosa
por Ramón Urzúa Navas - 28 de junio de 2004

“ Somos humanos. Tenemos derechos”. Vino a mis ojos un arco iris, y ahí, aquel mensaje, aquella colosal tautología. (Modo de empleo: asóciese homosexual con arco iris.) Llevamos mal la lectura del libreto cuando un conglomerado humano se ve en el penoso menester de proclamar su humanidad, en pleno siglo XXI. Ay de las/los gays, apestados en los cielos y en la Tierra.

Aparece el argumento idiota que homologa homosexualidad con pederastia, o el imbécil que asemeja un matrimonio gay a casarse con un animal. O el estúpido que supone al individuo homosexual descendiente del vapor de la globalización (en virtud de lo cual habría que convencer a Safo de Lesbos de que Atthis no era ninguna tríbada). Y ante el argumento idiota y el imbécil y el estúpido poco vale el concierto con que, el 15 de diciembre de 1973, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría expatriara la homosexualidad de su nomenclatura patológica.

“Abominación”. ¿Según las Escrituras? Ya. La Palabra de Dios también ordena exterminar a los pueblos idólatras, no comer carne de cisne y otra sarta de memeces. Pero Juan Pablo II ha dicho que hablamos de una “falta moral grave”, de donde presumo que conviene mandar a Su Santidad a dar un paseo por la playa. Decimos “desviación”, y estamos entonces a cinco minutos del genocida de la esvástica. Hitler, que era ‘queer’, persiguió a sus pares con igual prisa que a minusválidos, gitanos, comunistas y judíos. Confinó a los homosexuales al campo de Sachsenhauser y los obligó a portar un triángulo rosa para identificar su “perversión”. La Bundestag no se disculpó por los crímenes de homofobia bajo el nazismo sino hasta el 7 de diciembre de 2000. Trotan otros tiempos: “Ich bin schwul, und das ist gut so” (Klaus Wowereit, alcalde de Berlín). Ser maricón es bueno, al menos en la Alemania de hoy.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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