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Raza
Por Ramón Urzúa Navas - Guatemala, 12 de octubre de 2004
mesarredonda@yahoo.es

Suelo emplear la palabra raza para referirme a una bestia. Una vaca o un caballo, vea si no, son ejemplos conspicuos. Y parto de que la raza, referida a nuestra especie, es un concepto social y cultural arbitrario, impuesto a partir de variaciones biológicas graduales. Era una pena que todavía en 1992 consideraban los académicos de la lengua española que la humanidad se dividía en raza blanca, negra, amarilla y cobriza. Por fortuna, febrero de 2001 fue ese mes en que todos supimos de los 30 mil genes que hay en nuestro genoma, con cada vez más científicos que juzgan nuestras diferencias genéticas como insustanciales para dividir la especie humana en más de una raza.

Pues bien, “Ordenamos y mandamos que ninguna persona, de qualquiera calidad o condicion que fuere, sea recibida à la dicha Orden, ni se le dé el Hábito, sino fuere Hijodalgo, al fuero de España, de partes de padre y madre y de avuelos de entrambas partes, y de legitimo matrimonio nacido, y que no le toque ‘raza’ de Judio, Moro, Herége, ni Villáno.” Con esta cita del título 6, capítulo 1 de la Definición de Calatrava, ejemplificaba la Real Academia Española el uso del vocablo “raza” en su Diccionario de 1737. Ya por esos días dictaba la docta corporación que “raza” era la “casta ò calidad del origen ò linàge”, y agregaba: “Hablando de los hombres, se toma mui regularmente en mala parte”. Y la Academia tenía, duélanos tanto, mucho de razón.

Pésenos más: la raza como invento es de lejos más antigua que aquel registro normativo. La raza como justificación de supremacía de un grupo sobre otro finca raíces, perdonen ustedes, en el útero mismo de la Iglesia, y ello cuando emerge el Santo Oficio como poderoso verdugo de toda desviación.

El bien nacer pasaba en la posmedieval España por no ser hijo de marrano (gentil apelativo del excomulgado o del converso que judaizaba puertas adentro), no ser hijo de morisco, no ser hijo de un cualquiera o no ser hijo de puta. Así, la “pureza de la sangre” no era otra cosa, pero era una cosa necesaria para ocupar y desocuparse en cualquier cargo administrativo del Reino o de la Iglesia. (Y vaya ingenuidad la de una sangre inmaculada, sobre todo para una península perdida en el esperma tutifruti de celtas, visigodos y suevos –centro de Europa–, e iberos, cartagineses y beréberes –norte de África–).

La Conquista y la Colonia arribaron en el siglo XVI y la raza fue entonces la tragedia de América. Al inveterado repertorio de las sangres inmundas se unieron la del indio y la del negro, y el resto es historia conocida. Tampoco se olvide que esa Iberia católica y menstruante es un espejo ancestral en que se mira el ‘Herrenvolk’ (“raza maestra”, o así), con que un señor de apellido Hitler quiso higienizar su idea del mundo a fuerza de tanto cadáver.

Hoy es 12 de octubre. No puedo dejar de pensar en todo cuanto connota eso que antes se llamaba, a ciegas, “Día de la Raza”. “Columbus Day”, lo llaman aquí: nombre muy político y correcto en un país cuyas categorías censuales llevan el tatuaje de lo ilógico. Aquí, donde se ignora que “hispano” es todo aquel nacido en un país de habla española, y que hay, por lo tanto, hispanos negros, indios, blancos y mestizos. Aquí, donde los italianos, que son los latinos más latinos de todos los latinos, no son considerados tales. Aquí, en cuyos aviones te pasan esos formularios idiotas para verte el pedigrí. Ante el dilema de marcar “White” o “Hispanic” en esas casillas absurdas bajo el apartado de “Race”, una amiga tachó “Other”, y abajo escribió “Human”. Qué constructiva lección.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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