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¿Es la toma estatal la solución?
Por Rodrigo J. Véliz - Guatemala, 24 de febrero de 2007
rodjvelz@yahoo.com

No te irrites contra nuestros políticos;
son las gentes más divertidas del mundo con sus reglamentos,
que modifican sin cesar,
persuadidos de que remediarán así los abusos
que se infiltran en las relaciones de vida (…)

No pueden imaginarse que realmente no hacen más que
cortar las cabezas de una hidra.

Platón [1]

Ante la efervescencia actual acerca de las elecciones en Guatemala y la posibilidad de la participación de varios frentes de izquierda unidos, es necesario dar un paso atrás y ver estos procesos desde otra óptica. Sobre el tema hay una diversidad de cuestiones que se podrían tratar. Sin embargo, hay dos que quisiera resaltar, una de manera un poco extensa, y la otra sólo como mención puntual. Ésta tiene que ver con las tendencias políticas que se están dando en la actualidad en Latinoamérica, en donde después de casi dos décadas de políticas neoliberales, grupos “progresistas” de izquierda han retomado vigor y han asumido el control estatal para remediar algunos de los excesos de los gobiernos de derecha. Vistos históricamente, se ve cómo los grupos derechistas, desde los ochenta, se movieron más hacia la derecha en el espectro político (la derecha extrema neo-ortodoxa); la izquierda, por su lado, hizo lo mismo, al moverse hacia lo que antes estaba el centro. Es decir, creo que las propuestas de muchos de los gobiernos latinoamericanos llamados de “Nueva Izquierda” se asemejan más a lo que antes eran los gobiernos social-demócratas, y menos a los gobiernos socialistas de antaño, a los que se asociaba como izquierda tradicional. Pero, ¿hay algún problema con esto? Porque las políticas social-demócratas implican una mayor cobertura social, énfasis en salud, educación y demás servicios básicos, lo cual es deseable para nuestra población; pero a la vez lleva el costo de un mayor control y mediación estatal, así como la permanencia del capitalismo como forma de vida [2]. Y, por otro lado, los gobiernos socialistas no probaron ser muy eficaces en resolver los problemas básicos del capitalismo, principalmente al seguir manteniendo el control en la producción de los obreros; el producto sólo se cambió de propietario, de los capitalistas pasó al Estado dirigido por los caciques del Partido. Al tratar nuestro segundo punto, a continuación, se entenderá mejor el problema.

La otra cuestión que es necesario tomar en cuenta en este tema es el papel que juega el Estado en las sociedades capitalistas en las que vivimos. El Estado, en cualquiera de sus formas, sirve, en su fundamento, para mantener a la sociedad capitalista de manera estable. Esto no quiere decir que sea un simple instrumento con el que se maneja la sociedad a conveniencia. Como base, el Estado defiende la propiedad privada, y, como se sabe, a partir de ésta es que se desarrolla el capitalismo. Pero su papel va más allá de éste. La vida dentro del capitalismo implica conflicto, brota de la lucha de clases [3]. El Estado, como forma política del capital [4], tiene la tarea de mediar estos conflictos, no de resolverlos, ya que los supone, sólo alivianarlos. El Estado se mueve, entonces, en un terreno contradictorio, ya que dentro del conflicto tiene que lidiar entre grupos opuestos entre sí. De esta manera, un grupo como los vendedores informales del centro, por ejemplo, puede salir a veces beneficiado del Estado, al permitírsele vender en las aceras de la Sexta , y otras veces perjudicados, al hacer redadas en las que se les incauta (¿roba?) sus mercaderías. Las políticas de los Estados de Bienestar tienen también esta meta, hacer que la separación entre clases sea cada vez menos, pero que sea, que exista. Eliminar el conflicto va más allá de sus límites. Aquí también juega un papel importante la legitimación y la hegemonía, como mediaciones ideológicas y sociales (ver Gramsci 2003), con las cuales se trata de vivir dentro del conflicto, se trata de establecer una explotación “más civilizada”, un modo de vida temporal en y por medio del capitalismo, a través de la violencia simbólica (Bonefeld s/f).

Las elecciones, y el juego político que éstas suponen, pueden enmarcarse dentro del anterior argumento. Se nos permite participar, como mínimo, cada cuatro años para votar por los partidos políticos que guiarán nuestro camino [5]. Si no estamos de acuerdo con ninguna de las propuestas que nos ofrecen y no votamos, votamos nulo, o desarrollamos nuestra propias formas de cambio “desde abajo”, somos ignorados y aislados. Las reglas del juego están dadas, si uno está en contra, simplemente no juega. De esta manera se nos dice, implícitamente, que si queremos hacer cambios tienen que ser basándose en su “método de cambio social”. Ahora, ¿qué tantos cambios se pueden hacer desde una forma política que supone desigualdad y que nos invita a jugar un juego en el que los resultados ya están previstos? Definitivamente se pueden hacer cambios, pero los límites están dados.

Un gobierno de izquierda, o de la “nueva izquierda” para usar la jerga del momento, implicaría una mediación distinta entre las organizaciones sociales, sindicatos y movimientos de insubordinación, de la que se ha llevado acabo por los gobiernos de derecha. El problema es que seguiría siendo una mediación entre el Poder y los que no tienen poder, seguiría habiendo una separación entre nosotros y ellos, los que deciden sobre nuestra vida y los que carecen de decisión directa, porque ha sido delegado con la existencia del Estado, capitalista o socialista, sin importar sus formas. Se me dirá que para eso se fortalece la comunicación con las bases. Es cierto, pero la misma presencia del Estado como forma política jerárquica implicaría una mediación conflictiva con “sus bases”, como lo vimos arriba, al instalarse los dirigentes en entes que suponen, con cierta flexibilidad, un tipo particular de comportamiento; la adecuación de un rol, si se quiere, pero conflictivo. Mediación implica separación, conflicto y jerarquías [6]; y son este tipo de relaciones sociales contra las que estamos peleando. Algunos dicen que la toma del Estado es necesaria para darle voz a los sin voz por medio de los dirigentes, pero, a mi parecer, lo necesario sería devolverle la voz a los sin voz , no mantenerlos en esa posición paternalista.

Pero no quiero caer en dogmatismos y proclamar que cualquier organización o grupo de movimientos que logre llegar al Estado va a fracasar; no quiero decir que va a ser una pérdida de tiempo, que el fracaso les espera y es inminente. Creo que estas movilizaciones se dan en Guatemala en un momento en que la crisis se agudiza, en donde los problemas y conflictos que ocasionaron la guerra y desembocaron en los Acuerdos de Paz no se han resuelto. Claro que si la población cree necesario un cambio en las tendencias de los gobiernos del país, y considera que sus movilizaciones de insubordinarse pueden usar al Estado como un medio temporal de lucha, y que una alianza entre las izquierdas partidistas, sin importar tendencias ni diferencias étnicas (aceptarlas sin subordinarlas), es viable, pues bienvenido el necesitado cambio. Pero los movimientos de insubordinados tienen que estar siempre alertas de los problemas que supone la “toma del Estado” y la consecuente separación con los dirigentes. Así, debe de haber una continua reivindicación que dé cabida a un mayor desarrollo de los movimientos, a las autonomías locales (distintas a las políticas de descentralización), a luchar por devolvernos el control de nuestras vidas. Pero siempre teniendo en cuenta que los dirigentes y el Estado no tienen la llave para la libertad humana, que unos pocos políticos no cambian la sociedad, esto lo hacen los sujetos organizados que luchan por alejarse cada vez más de las formas de vida capitalistas (económicas, culturales y políticas) al proponer y construir “desde abajo”.

El problema es que ciertos programas de los partidos de izquierda no consideran la rebelión (en un sentido no necesariamente belicista) diaria como una vía, sino que aceptan la idea de “programa de transición”, acumular fuerzas desde el Estado para después plantear las luchas [7]. La vía es, creo, la opuesta. El objetivo es no caer en el paternalismo de muchos dirigentes, el punto es no ceñir el dinamismo de las organizaciones con lo estático del Estado, el propósito es hacerse cada vez menos presente como Estado, el ideal es que la humanidad organizada dicte su forma de vida como mejor crea, cosa que el Estado (y todo lo que hemos dicho que él supone) no permite. Una reforma o “revolución” desde el Estado, desde arriba, no lograría, al decir de Platón, atacar al problema de raíz. Llegar al Poder para con el tiempo dejar de existir. Tarea difícil y paradójica. El objetivo es acabar con la desigualdad, aminorarla tiene que ser un objetivo temporal, nunca un fin. De otra forma, el desenvolvimiento de las potencialidades humanas seguirá truncado por la presencia del capitalismo y su Estado.

Bibliografía

•  Bonefeld, Werner (2003) “The capitalist state: Illusion and critique” en Bonefeld, Werner (ed.) Revolutionary Writing . Nueva York: Autonomedia. Págs. 201-218

-- (s/f) “Social Constitution and the Form of the Capitalist State ” en Libcom.org Versión electrónica: http://libcom.org/library/social-constitution-werner-bonefeld

  Gramsci, Antonio (2003) El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto C roce 3ª. Reimpresión, Buenos Aires: Nueva Visión

Marx, Karl (1867/2001) El Capital, Tomo I. 3ª edición, 2ª reimpresión. México DF: Fondo de Cultura Económica

Platón (s. IV / 2006) La República 4ª edición. Madrid: Ediciones Mesta

Tischler, Sergio (2001) "La ‘sociedad civil': ¿fetiche?, ¿sujeto?", Bajo el Volcán , n. 3, Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades-Universidad Autónoma de Puebla, México.

--(1998) “Forma estatal y crisis. Un enfoque teórico” en Estudios. Agosto, tercera época Guatemala: Caudal impresos p. 92-113


[1] Platón (s. IV / 2006) La República 4ª edición. Madrid: Ediciones Mesta, p. 140

[2] Sobre la mediación del Estado de Bienestar con la “sociedad civil”, ver Tischler (2001)

[3] Es decir, la lucha de clases no deriva del capitalismo, de sus “estructuras” sociales, como lo suponen las corrientes objetivistas del marxismo. La lucha de clases tiene como eje la relación social asimétrica entre el trabajo y el capital (Marx 2001: 651).

[4] Para un análisis amplio del papel de las formas estatales en el capitalismo, como aquí se trata, ver Tischler (1998), Bonefeld (2003)

[5] Aunque con la ciudadanía neoliberal y el Estado pequeño se hace un énfasis en la participación social sin la ayuda estatal. Aquí la mediación pasa a través del Mercado, y no solamente por el Estado.

[6] La mediación denota el modo de existencia de relaciones sociales dinámicas dentro de antagonismos que permite que las relaciones antagónicas existan “lado a lado”, pero sólo temporalmente, ya que el conflicto permance (Bonefeld s/f)

[7] Agradezco al Dr. Antonio Mosquera por el comentario.

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