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La justicia se hace presente
Por Miguel Ángel Sandoval - Guatemala, 25 de julio de 2016
mszurdo@hotmail.com

El juez Gálvez en una intervención de varios días, con pausas, reflexiones, tiempos medidos, consiguió dejar sin asidero a los abogados defensores de unos 57 detenidos en caso denominado "cooptación del Estado", que de acuerdo con la visión expuesta por el juez, de forma magistral hay que decir, incluye lo acontecido desde "la línea", "la coperacha" y otros escándalos de defraudación y asalto o cooptación del estado. Sin duda un proceso emblemático, histórico, y sobre todo, muestra de que la justicia finalmente está logrando un lugar en la sociedad guatemalteca y sobre todo, en el imaginario de la sociedad.

Sin duda muchos pensaron, incluso afirmaron a los cuatro vientos, que se trataba de algo inaudito, un fenómeno casual, o un proceso judicial de la mano de los interventores del país: el gobierno de los EEUU por intermedio de la Cicig y otros intereses corporativos. Algo en primera instancia creíble, en primer análisis motivo de variables, y otras expresiones de eso tan de moda denominado las teorías de la conspiración. Prefiero ver en la exposición del juez Gálvez, un inicio con paso firme de la recomposición de la justicia o de su rescate si se prefiere.

Aunque para llegar a este extremo, mucha agua había pasado bajos los puentes de la sociedad guatemalteca, por sobre los parámetros de los hombres y mujeres que un día 25 de abril y muchos meses más, inundaron la plaza central del país, de casi todos los departamentos y de forma simultánea, en las más diversas capitales del mundo y sus lugares emblemáticos, los compatriotas que en calidad de residentes, estudiantes o turistas se habían dado cita.
La plaza dijo su palabra y dentro de los temas que exigió de una forma u otra, con demostraciones más amplias o más simbólicas, en primer plano la justicia y el combate sin cuartel a la corrupción y la impunidad en todas sus expresiones. Pues existió la conciencia del grado tan profundo a que como país los asaltadores del gobierno-estado nos habían conducido. Nunca fue solo para la pareja presidencial, fue también para personajes de todas las expresiones empresariales, políticas y de todo tipo.

Así como la demanda-exigencia de nuevas reglas para el funcionamiento de los partidos políticos, medidas de transparencia para las instituciones públicas y privadas y nuevas formas para vivir en sociedad. Ese es el desenvolvimiento que vemos desde entonces, con momentos de alzas o de bajas, de ánimo o frustración, como corresponde al desarrollo de todos los procesos sociales dignos de ese nombre, que ocurren en la vida real no en las imaginaciones de quienes se quieren adjudicar el papel de sus intérpretes.

En este proceso se logró dar un paso sin duda de gigante: la corrupción y su amiga íntima, la impunidad, pasaron de ser socialmente aceptadas con el clásico levantar de hombros, a ser expresiones socialmente rechazadas y de forma activa, vía la participación social en las plazas o en un universo más íntimo pero determinante, hablo de las conversaciones en el seno de los hogares de todos los sectores pues ya no se aceptaba por más tiempo las formas del tipo que fueran, de corrupción. Aunque como en todo proceso con características que puedan ser semejantes, siempre se habla de un proceso, de una lucha en todos los niveles, que no ha concluido y que incluso, puede tener muchos más contratiempos, dificultades o retrocesos.

En el transcurso de este juicio ya histórico no se trata más de intentar explicar las razones por las que miles de hombres y mujeres del país se habían dado cita en las manifestaciones multitudinarias aunque difícilmente ubicables en los viejos parámetros, o en los viejos esquemas de análisis, muchos de los cuales siempre estaban sobre determinados por las viejas formas de entender la movilización social.

Estamos ante un proceso judicial sin duda paradigmático. Un juez respaldado por la sociedad, por instituciones como el MP y la Cicig, así como por una ola de renovación en el sistema judicial, ha tenido el control de una especie de escenario para ir juntando los documentos incriminatorios, las reuniones conspirativas o las escuchas telefónicas, las grabaciones, los datos sueltos, para armar un caso sólido, que a todas luces debería dar como resultado ligar a proceso a la mayoría sino no todos los 57 incriminados en este proceso.

Este escenario es sin duda algo inesperado en nuestro país. En donde hay que incluir las reformas tan esperadas en el sistema judicial que deben pasar en las próximas semanas o meses por una reforma constitucional en la materia que espera en las gavetas desde hace muchos años.

Es algo además que no se entiende de manera fácil pues se aleja de los parámetros y esquemas habituales. Es la línea tenue que liga la plaza con la justicia, el desánimo con la esperanza, el pasado que da paso al futuro. Sin duda no se puede pedir a la justicia o a la plaza en su composición amplia, plural, que haga la revolución de los textos que desde muchachos algunos leyeron, ni se trata de realizar las grandes consignas. Se trata de la construcción ladrillo a ladrillo de una democracia representativa, con participación social.

Entender el proceso descrito es lo que nos puede llevar a una seria reflexión entre quienes han expuesto sus ideas con premisas antiguas, o con textos de respaldo que ameritan ser actualizados. Es el momento que tiene que aparecer una nueva forma de analizar los fenómenos sociales en nuestro país. Así como una nueva forma de hacer política como se demanda desde que tuvo lugar el tsunami social que inició en abril de 2015.

Quizás en esto se haya avanzado en otros lugares pero en el nuestro no. Hemos repetido hasta el cansancio ideas viejas, maneras de pensar viejas, aunque sin renunciar a la búsqueda hay que decir, y ello no deja apreciar los procesos sociales de hoy. Menos perfilar nuevos procesos políticos que a diferencia del fenómeno de la o las plazas, no pasan por el expontaneismo como norma sino por la construcción de escenarios, el análisis de las posibilidades, o de la correlación de fuerzas, aunque siempre con una dosis de voluntad.

En muchas ocasiones se ha dicho que la democracia ideal sería un estado en donde un juez fuera capaz de impartir justicia (justa) y que hasta un presidente fuera motivo de una sentencia judicial por apartarse de las normas de convivencia socialmente aceptadas. Eso es precisamente lo que está ocurriendo en nuestro país en el juicio emblemático que estamos presenciando, en buena hora, agrego.


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