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El juego del TLC
Por Haroldo Shetemul - Guatemala, 9 de febrero de 2005

No podemos ignorar que el Tratado de Libre Comercio puede hacerle daño a la mayoría de campesinos, por lo que es necesario generar iniciativas para ayudarlos.

PREVIO A QUE EL CONGRESO ratifique o no el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica, República Dominicana y Estados Unidos, se ha desatado la polémica sobre cuál debe ser la mejor decisión. El problema es que este asunto de carácter nacional se ha convertido en una discusión entre derecha e izquierda, con posiciones maniqueas. Los partidarios del TLC sólo ven magníficas oportunidades empresariales, en tanto que los opositores perciben un negro futuro para la mayoría de guatemaltecos. Creo que no debemos llamarnos a engaño porque ese tratado tiene pros y contras, que deben ser evaluados en su justa dimensión.

BIEN DICEN que cada quien habla como le va en la feria. Así, los exportadores no tradicionales, los industriales y los textileros aseguran que el TLC será beneficioso para el país, porque va a ser beneficioso para ellos. Del otro lado, los pequeños agricultores, principalmente los dedicados a los granos, saben que no pueden competir con sus similares norteamericanos, porque éstos reciben subsidio estatal. Mientras en Guatemala los campesinos, principalmente indígenas, no tienen los mínimos servicios públicos, en Estados Unidos sus colegas recibieron el año pasado una ayuda económica de 15 mil 700 millones de dólares.

A PARTIR DE ESA SEGUNDA realidad, las agrupaciones de izquierda han llamado a un rotundo no al TLC, exigen “una reforma agraria integral” y que el comercio se oriente al mercado interno y centroamericano. No estoy de acuerdo con ese planteamiento, porque de nueva cuenta se vuelve a las visiones radicales que ingenuamente proponen el ostracismo económico. A estas alturas de la globalización, los procesos de intercambio comercial, como el TLC, también son necesarios. Guatemala jamás podría avanzar hacia el desarrollo si rechaza ese tratado e intenta comerciar sólo con los centroamericanos. El problema de la izquierda es que no logra hacer propuestas realistas ante algo que no pueden evitar: el tratado va a ser aprobado por una amplia mayoría en el Congreso.

EL PROBLEMA DE FONDO es que el TLC, que sólo es un instrumento de intercambio comercial, ha venido a desnudar otra vez la realidad del agro nacional, algo que la derecha neoliberal se niega a reconocer porque sólo ve el derecho de su nariz. La masa campesina se encuentra en condiciones de miseria y apenas tiene cultivos de sobrevivencia. Serán más de 125 mil pequeños productores de granos los afectados por ese tratado, porque nadie les ha dado una mano para estar a la altura del TLC. En cambio, Estados Unidos tiene una política diferente a la nuestra. Sus subsidios están dirigidos a la agricultura para que sea competitiva en el mercado global. Esa es una realidad insoslayable, pero cuya responsabilidad no es del TLC sino de políticas que no han resuelto el problema estructural de la miseria en Guatemala.

POR SUPUESTO que la solución ante esa debacle rural sería decir no al TLC y esperar hasta que estemos preparados. Quizá nunca lo estemos. En todo caso, la solución estaría en que el gobierno central y el Congreso entendieran que la única forma de hacerle frente al TLC en forma exitosa, como país o sea todos, es con una política paralela de desarrollo orientada a los campesinos pobres. Por ejemplo, Juan Alberto Fuentes, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, propone una reforma legislativa, de catastro y un código agrario para proteger a este sector de los riesgos del TLC, además de impulsar programas mixtos para lograr competitividad y evaluar los programas gubernamentales de desarrollo y apoyo productivo. No podemos ignorar que el TLC puede hacerle daño a la mayoría de guatemaltecos, por lo que es necesario generar iniciativas para ayudarlos.

Fuente: Prensa Libre www.prensalibre.com


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