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El racismo en el banquillo
Por Haroldo Shetemul - Guatemala, 15 de marzo de 2005

El juicio contra la discriminación racista sienta un precedente para comenzar a eliminar esa práctica inhumana.

ALGUNAS PERSONAS no dejan de sonreír con incredulidad cuando se enteran de que alguien pueda ser llevado ante los tribunales por haber discriminado a una indígena. Eso es parte de la cruel realidad diaria de nuestro país, donde los guatemaltecos mayas, garífunas y xincas son vistos de menos. Por esa razón es trascendental el juicio que se efectúa en la actualidad en los tribunales. Por primera vez en la historia del país, cinco personas han sido llevadas ante la justicia por haber discriminado a una indígena: Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz. Creo que se sentará un precedente de que en el nuevo siglo ya no es posible pasar por alto estas prácticas racistas que humillan y hacen de menos a una persona tan sólo por el color de su piel, sus características físicas, su indumentaria y su idioma.

SEGÚN LA CONVENCIÓN Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación, el racismo es toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular el reconocimiento. Asimismo, menoscabar el goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública. Para las personas que no han sentido la discriminación por razones étnicas quizá lo anterior les parezca difícil de entender. Sin embargo, basta recordar cómo el racismo llevó al exterminio en masa de judíos en la Alemania de Hitler, por considerar que ésta era una raza inferior. En nuestro país, por ejemplo, van más de 500 años de que a los indígenas se nos trate en forma despectiva por nuestro origen étnico-cultural. “Parecés indio”, “no seás indio”, son expresiones cotidianas que llevan implícita el desprecio a un grupo humano.

ESE RACISMO TIENE sus orígenes históricos. Durante la invasión española y el período colonial fue cuando comenzó a tomar forma. La Gaceta de Guatemala, del 15 de mayo de 1797, por ejemplo, publicó una carta de un hacendado que decía así: “Amigo mío, para conocer a los indios véngase a mi hacienda, a lidiar un tantito de tiempo con ellos, y verá si son perros y si le dan ganas después de meterse a defenderlos. No hay paciencia que basta para sufrir esta canalla. (...) el único medio de adelantar con estos bribones, es el cuero y todo lo demás es perdedera de tiempo y darles alas para que se pongan peores (...). Así son estos que usted llama hombres, y que no son sino, micos o peores que micos”. Otro tanto pensaba Batres Jáuregui, quien en su libro Los indios, su historia y su civilización, publicado a fines del siglo XIX, señalaba que el “problema civilizatorio” de Guatemala era porque las razas inferiores, como los mayas, carecían de órdenes mentales y morales superiores a los pueblos civilizados (?).

TAL DISCURSO HISTÓRICO pervive en nuestro imaginario colectivo porque el rostro blanco es el del desarrollo y el indígena el del subdesarrollo. Se nos ha visto como que si los indios somos la parte oscura, ignorante y atrasada del país. De muchas maneras yo personalmente he sufrido esa discriminación racista, al grado que en muchas ocasiones me ha afectado en mis relaciones con las personas. El apellido achi, la piel cobriza y las facciones indígenas parecieran ser un delito. Ese es un estigma difícil de superar, pese a que ahora entiendo la génesis del racismo y del por qué se le debe combatir. Por eso comprendo el dolor de Rigoberta cuando fue discriminada en la Corte de Constitucionalidad por un grupo de vándalos.Y no se trató de una acción contra la premio Nobel, sino contra una indígena más, con quien se desató el insulto racista.

Fuente: www.prensalibre.com


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