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Stan y los niños
Por Haroldo Shetemul - Guatemala, 26 de octubre de 2005

La infancia es el sector más vulnerable en las zonas afectadas por la tragedia.

TRES SEMANAS DESPUÉS del paso de la tormenta Stan, por el país se comienzan a percibir los alcances a largo plazo que tendrá la tragedia, principalmente para la infancia guatemalteca. Si a los adultos nos cuesta asumir los costos de los deslaves y las inundadaciones, los menores muestran la incertidumbre de un mañana con más probreza y sin saber por qué. Según la Procuraduría General de la Nación, los estragos causados por el fenómeno natural afectaron directamente a más de siete mil niños, entre quienes 42 quedaron huérfanos. Mientras se normaliza la situación, miles de infantes aún permanecen en albergues, sin saber qué va a pasar después porque no hay futuro seguro. Empero, el impacto socioeconómico afectará a un número mucho mayor de menores de edad.

EL ROSTRO DE LA debacle no puede entenderse sólo a partir de ser damnificados temporales. Las familias de miles de niños guatemaltecos de 15 departamentos afectados del país sufrirán las secuelas de la tormenta durante muchos años, algunos quizá toda una vida sumida en la pobreza más extrema. Basta comprender que el impacto de la tragedia afectó la meseta central occidental, la bocacosta y la costa del Pacífico, zonas de alta producción agrícola. La Organización Internacional para las Migraciones refiere que en esas regiones se concentra el 69 por ciento de la población, que aporta el 90 por ciento al Producto Interno Bruto (PIB), buena parte de éste proveniente de las pequeñas manos de los niños trabajadores.

LA TORMENTA le trastocó de la noche a la mañana la vida a más de 280 mil personas, que se quedaron literalmente en la calle. Además, destruyó miles de hectáreas de la producción agrícola con un costo aproximado de US$388.6 millones, lo cual implica que no habrá jornal para los campesinos. Muchos de ellos tienen cada año la esperanza de ir con sus hijos al sureste de México a trabajar en el corte del café, pero esta vez el fenómeno natural ni siquiera eso les dejó. Un reporte de la televisión mexicana señala que las fincas perdieron tres terceras partes de la producción de ese grano y ello implica que tampoco hay trabajo para los guatemaltecos. Esta perspectiva de desolación afectará a largo plazo a la niñez de estas regiones del país, porque no tendrán el mínimo sustento para sobrevivir.

LA PERSPECTIVA no es nada agradable. Si el Estado y el sector privado no logran, en un esfuerzo conjunto, reactivar la economía y reconstruir estas zonas dañadas, la niñez será arrojada a un mayor nivel de pobreza y abandono. Sin el desarrollo impulsado por las instituciones públicas y privadas, la única posibilidad será la emigración hacia la capital y hacia Estados Unidos. Para qué quedarse en un ambiente donde no hay vivienda, alimentos y mucho menos trabajo. Es previsible que en poco tiempo sea mayor el contingente de campesinos que se amontonen en los asentamientos de la periferia capitalina o que busquen el sueño americano por la vía de la emigración indocumentada. La desintegración familiar por este abandono hace que los niños sean presas más fáciles de las maras, las drogas y la violencia.

MI OBJETIVO NO ES SÓLO presentar este escenario negativo, sino hacer conciencia acerca de que si no asumimos ahora la decisión de buscar una salida, la situación sí se va a poner peliaguda. La tormenta Stan vino a desnudar nuestras carencias y falta ahora que el Gobierno y el sector privado pongan atención en la necesidad de desarrollar infraestructura, empleo e impulsar programas de desarrollo en estas zonas. Lo más grande que puede tener un país es su gente y en particular los niños que son su futuro, pero si a ellos no les prestamos ninguna atención, lo más probable será un futuro nebuloso. Es necesaria la solidaridad actual para paliar la situación de carencias que tienen los infantes damnificados, pero hay que pensar en que ellos seguirán viviendo ahí y que no se alimentarán de aire.

Fuente: www.prensalibre.com


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