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¿Feliz Navidad?
Por Haroldo Shetemul - Guatemala, 21 de diciembre de 2005

Que el incienso y la mirra se lleven el dolor y entre en nuestros corazones un poco de amor al prójimo.

SOY DE UN PAÍS donde la Navidad es como el buen aguacate, muy difícilmente se puede dar. Una celebración en la que ya no estará un amigo muy querido, a quien encontraron tirado en una de las inhóspitas calles del barrio Gerona cercanas a la antigua línea férrea, en la zona 1. Tan sólo por el recuerdo de los vagones con sus hierros retorcidos y oxidados que sirven de refugio para los indigentes, se sabe que por allí pasaba la esperanza hace ya muchos calendarios. Ahora es un paraje olvidado donde Santa Clos no se atreve a transitar ni en Nochebuena porque le desguajarían el traje rojo y a los renos se los cenarían. En ese lugar, Milo fue atacado a mansalva y luego fue llevado por los buenos gnomos al Hospital General, donde dejó de existir 25 días después de ingresar. No señor Santa Clos, por esos caminos del país donde vengo no se atreva a pasar porque a mi amigo hasta los zapatos le quitaron y una columna de hormigas lo fue a saludar cuando convulsionaba antes de que lo llevaran al hospital.

SOY DE UN PAÍS donde la Navidad no existe para los pacientes que no pueden hablar y decir que están internados. Milo cumpliría hoy, 21 de diciembre, 46 años y no pudo celebrarlos porque en una de las intervenciones quirúrgicas le regalaron la bacteria de la meningitis que se lo llevó a la tumba. Su habitación no se iluminó con luces de colores, olor a pacaya en las paredes ni de pino en el piso. Se murió solito, como se mueren los barcos que naufragan en la plenitud del océano, sin siquiera la luz de la luna, aunque en el hospital tenían su nombre y domicilio desde que ingresó. Ah, pero eso sí, en el país de los aprovechados, fácilmente transaron su nombre cuando falleció y los heraldos negros de la funeraria fueron quienes dieron las malas nuevas a la familia.

SOY DE UN PAÍS donde el olor a manzanilla apenas logra esconder el de la muerte. Donde desde ayer, don Chepe ya no conducirá su autobús de las Rutas Josefinas, sí las que van a San José Pinula. La muerte se le adelantó a Santa Clos y se lo llevó junto con su ayudante, Lázaro de Jesús, quienes se han unido al coro de choferes asesinados por las pandillas juveniles. Las manzanas y las uvas se quedarán en la mesa familiar y la alegría de la Navidad será sustituida por un lamento perenne, igual que en muchos hogares donde no habrá tamal y echarán chilca por si acaso la huesuda quisiera llegar. En lugar de adorables figuras de barro y serrín de colores para construir el Nacimiento, la Navidad se ha teñido de negro y ha dejado para otros momentos las flores de pascua que se resisten a marchitarse.

SOY DE UN PAÍS donde un señor con un abdomen prominente, muy parecido al de Santa Clos, y unas orejas muy grandes, como las de los duendecillos, acabó con los sueños de los ancianos y mujeres. Por más que le rogaron que aceptara la ley a favor del adulto mayor, él dijo “nel” y con ello se llevó entre sus patas, perdón, entre sus pies, la Navidad de quienes han dejado su vida por construir este país desde la humildad de los más duros trabajos. En las cabecitas blancas, igual a la de Santa Clos, no se asomó la sonrisa de satisfacción por recibir algo de dinero que les sirva para mitigar sus penas. El señor Berger tampoco aceptó la ley de planificación familiar porque a sus consejeros espirituales, los dueños de las iglesias católica y evangélica, les da cosa el sexo, aunque muchos de ellos lo practican de muy diversas formas, sobre todo en Navidad.

SOY DE UN PAÍS donde cuesta decir Feliz Navidad porque uno no sabe si a la vuelta de la esquina la huesuda estará a la espera de un nuevo cliente. Pero aún así, en medio de las luces opacas de nuestra tragedia nacional, les quiero desear, queridos lectores, una Feliz Navidad y que ojalá el próximo año ya no sea como éste. Que se enciendan los foquitos de colores y al menos podamos comernos el tamal y el ponche sin el Jesús en la boca, sino que el colochito esté bien sentadito en el pesebre del Nacimiento, donde los chinchines y el tututecutu de la tortuga sirva de fondo musical para darnos un fraternal abrazo. Salud.

Fuente: www.prensalibre.com


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