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El trabajo infantil en un país en “vías de desarrollo”
Por Silvia Orozco Santisteban - Guatemala, 23 de mayo de 2005

El corre, corre diario que este mundo de prisas y preocupaciones ha hecho que las personas cada vez se visualicen menos. Párese un momento y vea a su alrededor, seguramente muchas personas pasarán junto a usted y las verá, a lo mejor ellas a usted también lo vean, pregúntese qué aspiraciones tendrá cada uno de ellos, pero ponga especial atención a aquellas personitas que con un banquito bajo el brazo y una caja llena de tinturas recorre las calles diariamente: “lustre, lustre” le oye decir; a aquellas que junto a una carretilla llena de dulces que no se puede comer, bolsitas de golosinas que no puede abrir, en una esquina tapado con plástico, bajo la lluvia se ganan, con suerte, unos centavos para comer, por supuesto usted esta parado en una banqueta de la ciudad capital.

Seguramente usted ha viajado al interior del país, un paseo de vez en cuando cae bien. Si va al altiplano guatemalteco, podrá observar cómo la tierra produce zanahorias, papas, cebollas, trigo y si va al sur encontrará bananos, cocos, mangos, naranjas y en cada una de estas actividades agrícolas no faltará ver a uno o más niños con azadón en hombro y machete en mano, o en otros casos con un martillo golpeando rocas para partirlas en pedazos; con llagas, ampollas y callos, sus manos trabajan duramente para ayudar a la familia. Pero si usted decide ir a la frontera con México, encontrará un escenario más espeluznante, niños, niñas y adolescentes que son comerciados sexualmente, la nacionalidad no importa, tampoco les importa la edad, ¿cómo llegan esas criaturas allí? Con engaños les arrebatan sus sueños y con secuestros y amenazas las mantienen en cautiverio.

Cada vez son menos los niños en las pocas escuelas que hay, la herencia será un oficio, el círculo nunca se cerrará en tanto la situación económica no mejore en el país. Mientras la inequidad y desigualdad económica y social continúen caminando por las calles. En Guatemala, como en cualquier lugar del mundo, es una verdadera aberración lo que sucede con la niñez que trabaja. Especialmente para aquella niñez que es tratada como mercancía humana y a quienes es más complicado y difícil rescatar de las garras del comercio de personas, no viven en libertad, están bajo amenazas, confinadas, maltratadas y agredidas física y psicológicamente, esto constituye una violación a los Derechos Humanos; lo mismo sucede con niños obligados a pedir limosna.

Desnaturalización del ser humano, personas invisibles a las que el Gobierno pasa por alto. El Convenio 182 sobre la prohibición de las peores formas de trabajo infantil pretende eliminar todas las formas de “esclavitud o prácticas análogas a la esclavitud, como la venta y tráfico de niños, la servidumbre por deudas y la condición de siervo, y el trabajo forzoso u obligatorio, incluido el reclutamiento forzoso u obligatorio de niños para utilizarlos en conflictos armados; la utilización, el reclutamiento o la oferta de niños para la prostitución, la producción de pornografía o actuaciones pornográficas; la utilización, el reclutamiento o la oferta de niños para la realización de actividades ilícitas, en particular la producción y tráfico de estupefacientes; el trabajo que, por su naturaleza o por las condiciones en que se lleva a cabo, es probable que dañe la salud, la seguridad o la moralidad de los niños”.

Preocupante, la Organización Internacional del Trabajo ha señalado que en Centroamérica, Panamá y República Dominicana existe 2.4 millones de niños trabajadores, de éstos el 48%, 1.1 millones trabajan en agricultura bajo condiciones de alto riesgo; a Guatemala le dieron el primer lugar, 938 mil niños trabajadores; 540 mil hacen trabajo agrícola, 295 mil no asisten a la escuela y el 90% vive en zonas rurales. Como se manejan estas cifras, para prever el futuro como nación: 295 mil analfabetos, 938 mil profesionales menos y la cifra se multiplica en la siguiente generación que se procrearán de la misma manera al no conocer otra alternativa de vida.

Consultando el Código de Trabajo guatemalteco, literalmente se permite el trabajo infantil. Lea usted, título cuarto, Trabajo sujeto a regímenes especiales, Capítulo primero trabajo agrícola y ganadero, artículo 139 todo trabajo agrícola o ganadero desempeñado por mujeres o menores de edad con anuencia del patrono, da el carácter a aquéllas o a éstos de trabajadores campesinos, aunque a dicho trabajo se le atribuya la calidad de coadyuvante o complementario de las labores que ejecute el trabajador campesino jefe de familia. En consecuencia, esos trabajadores campesinos se consideran vinculados al expresado patrono por un contrato de trabajo.

La OIT establece que ser menor de edad es ser menor de 18 años, en el código se prohíbe el trabajo de los menores de catorce años pero sí se acepta con un representante legal, artículos 148 y 265, en este caso los padres, toda la familia participa en las cosechas. Con anuencia del patrono, beneficiado por la mano de obra barata y que “contrata” en calidad coadyuvante o complementaria aún más barata; vinculados por un contrato de trabajo, el que no se establece por escrito y si se hace la mayoría de la población que participa en trabajos agrícolas es analfabeta, juzgue usted. En Guatemala todavía se da el desplazamiento interno para trabajar, aunque no se menciona tanto ahora como en la época de las negociaciones de la Paz. En Guatemala hay muchos trabajadores, incluyendo a los niños, que realizan este trabajo al que se le puede llamar forzoso, en las fincas de café, azúcar, cardamomo y bananeras.

“El trabajo forzado ha sido alimentado por la pobreza y la discriminación de clase y raza, la globalización económica ahora desempeña un papel clave”, dice el informe, “Una alianza global contra el trabajo forzoso” recién presentado por la OIT y que fue preparado con miras al seguimiento de la Declaración sobre los principios y derechos fundamentales en el trabajo, tema en la próxima Conferencia Internacional del Trabajo, junio 2005 en Ginebra.

En el informe se menciona que 12.3 millones de personas son víctimas del trabajo forzado, de las cuales 10 millones son explotadas en la economía privada y 2.4 millones son víctimas del tráfico de personas, incluyendo niñas y niños genera ganancias de US$32 mil millones en este último rubro, según la OIT. Asumiendo que dentro de estas cifras se encuentran las que el IPEC expone, con relación al trabajo infantil agrícola, que bien irían incluidas en la categoría personas explotadas en la economía privada, llámese latifundistas o terratenientes.

“El trabajo forzoso es la verdadera antítesis del trabajo decente, que es la meta de la OIT” dijo Juan Somalia, Director General de la OIT, y no es para menos pues la Organización tiene como objetivo primordial: “promover oportunidades para que las mujeres y hombres consigan un trabajo decente y productivo en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana”; lejos está Guatemala de plantearse conseguir un objetivo como ese, para ejemplo otro botón: las maquilas, que no están lejos de la esclavitud. El instrumento: Convenio 105 de la OIT respecto a la abolición del trabajo forzado.

El Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, IPEC, de OIT pone la voz de alerta, pero ¿qué hace Guatemala para erradicarlo? Si tenemos un sistema económico inequitativo e injusto, la balanza se va más para un lado, que no es precisamente el que beneficia a la población en general. El sistema educativo es precario no solo por la falta de infraestructura sino también por la vigencia de programas educativos ancestrales y dominantes, por no decir alienantes. El sistema de salud en crisis, la niñez todavía se enferma y muere de diarrea y desnutrición.

Para la OIT el trabajo decente resume las aspiraciones de los individuos, implica oportunidades de obtener trabajo productivo con una remuneración justa, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias, mejores perspectivas para el desarrollo personal y la integración social, libertad para que los individuos manifiesten sus preocupaciones, se organicen y participen en la toma de aquellas decisiones que afectan a sus vidas, así como la igualdad de oportunidades y de trato para mujeres y hombres.

Para los niños lo decente sería que todos asistieran a la escuela, tuvieran buena alimentación, una buena salud, atención médica preventiva y curativa, la recreación necesaria para una convivencia fraterna; el amor y dedicación de sus padres; sin el corre, corre de este mundo de prisas y preocupaciones por ver como unos subsisten y otros existen en el desequilibrio económico social de los “países en desarrollo”.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 734


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