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Pedir perdón pero con justicia real
Por Silvia Orozco Santisteban - Guatemala, 26 de julio de 2005

Los libros de historia en Guatemala necesitan una modificación completa. No se puede seguir enseñando a los niños una historia incompleta de lo que ha sucedido en Guatemala. Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Pedro de Alvarado y la conquista de Guatemala, Fray Bartolomé de las Casas y el evangelio, y la defensa de los indios a costa de los negros, cuyo perfil aparece en las monedas de un centavo de quetzal que de acuerdo a la situación económica actual ya no tiene ningún valor monetario y se les puede encontrar tirados por la calle.

La historia reciente de Guatemala merece ser conocida y reconocida no solo por personas extranjeras solidarias con este pueblo, sino lo más importante debe serlo por las futuras generaciones para que no cometan los mismos errores del pasado. No conocerla los puede acerca peligrosamente a repetirlos.

La historia que no se cuenta estuvo silenciada por mucho tiempo, porque no existía el espacio necesario para contarla o por temor. La historia guatemalteca no se queda en lo que se enumera en el párrafo anterior, existen otros momentos que merecen que se conozcan, sean éstos positivos o negativos. Así los acontecimientos suscitados durante 1944 a 1954, con la Revolución de Octubre, los años 80’s estuvieron marcados por hechos espeluznantes que salieron a luz en 1999 cuando la Comisión de Esclarecimiento Histórico presento el informe Guatemala memoria del silencio.

Guatemala y los guatemaltecos necesitamos reencontrarnos con nuestra historia y nuestras tragedias, para construir nuestro futuro. Sin fomentar el odio y en busca de la reconciliación, que sólo llegará completamente cuando la justicia penal condene a los responsables intelectuales y materiales de las masacres indiscriminadas y selectivas, de los secuestrados-desaparecidos, de los acribillados, de los niños y niñas golpeadas hasta la muerte, de los ancianos, de las mujeres humilladas, torturadas y muertas, durante la tierra arrasada implementada por el Estado guatemalteco en manos de dementes. Ellos aún caminan libremente por la calle, cual si hubiesen hecho lo correcto. Los miles de muertos los señalan, por su memoria y por el respeto que merecen los sobrevivientes de estos hechos; es necesario pedir perdón pero con justicia real.

Aprender de la historia reciente nos alejará del peligro de volver a vivir los aterradores acontecimientos descritos por los sobrevivientes, a quienes se les debe reconocer la valentía de hablar y contarnos lo que no nos dicen los libros tradicionales. Además, necesitamos revalorizar la lucha de mujeres y hombres que durante años han buscado que se conozca la verdad, que se reparen las agresiones y que se haga justicia. Individualmente, con sus testimonios, o colectivamente en organizaciones sociales buscan este resarcimiento y han resistido todos los embates que los detractores de la paz y la justicia han imaginado para desacreditarlos y atacarlos.

Para comprender la dimensión y grandeza de la lucha del pueblo, es necesario, además, entender que siendo el Estado guatemalteco el principal violador de los Derechos Humanos durante, esa horrible etapa de represión institucionalizada, al que por ellos nos vimos obligados a identificarle como enemigo, actualmente se han producido avances, por supuesto muchos de ellos obligado por la lucha de la gente: aunque sea simbólico, es importante que el Estado haya tenido que reconocer los excesos durante la guerra y pedir perdón a las víctimas.

Actos como el recientemente realizado en Plan de Sánchez, fortalecen la posibilidad de construir la paz y la democracia. Tenemos que recuperar la posibilidad de obligar la reorientación del Estado, para que trabaje en las necesidades más importantes de la población. Para ello necesitamos fortalecer nuestra educación democrática y nuestra participación ciudadana.

La construcción de la ciudadanía que necesitamos, indispensable para construir esa democracia que merecemos, implica que tengamos la capacidad de reconocer los avances que el Estado ha tenido, aunque se haya visto obligado por las condenas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Eso no puede demeritar la lucha del pueblo, que es quien al final lo ha alcanzado.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 781


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