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La juventud ¿esperanza del futuro?
Por Silvia Orozco Santisteban - Guatemala, 27 de agosto de 2005
orozco_sms@i-dem.org

La esperanza en un mejor futuro para las nuevas generaciones siempre está en la mente de los guatemaltecos que trabajan por una nación más justa. Por supuesto, para lograrlo los otros guatemaltecos deben despojarse de su mentalidad egoísta, mercantilista y ambición personal y pensar más en los demás. Los cambios en el sistema económico-social del país, asustan a estos últimos que se mencionan.

La forma de abordar los problemas, en el presente, les dará a los jóvenes la certeza que en el futuro sus condiciones de vida serán mejores; para ello el Estado y sus gobernantes de turno debieran cumplir con el papel fundamental de garantizar el bien común. Mientras no se realicen los cambios en este sistema que excluye, discrimina y mata paulatinamente, la vida de muchos jóvenes está condenada a la precariedad humana.

Sobre el mundo de los jóvenes, citando el estudio “Vulnerabilidad y grupos vulnerables: un marco de referencia conceptual mirando a los jóvenes” [1] de Jorge Rodríguez Vignoli: “La juventud señala al ciclo de vida en que las personas transitan de la niñez a la condición adulta y en el que se producen importantes cambios biológicos, psicológicos, sociales y culturales. Las características y la extensión de esas transformaciones varían según las sociedades, culturas, etnias, clases sociales, género y rasgos individuales.”

Aunque esas variaciones en el tratamiento de la situación de los jóvenes sean determinadas por cada sociedad, Vignoli pregunta ¿qué roles serían típicamente juveniles? “…; pues, todos aquellos que preparan para la vida adulta, es decir, los que permiten acumular conocimientos, habilidades, experiencia, acreditaciones, recursos, etc. Para el cumplimiento de los dos grandes roles que tienen los adultos que son constituir una familia y mantenerla materialmente” desde el punto de vista de la inserción social. “La sociedad sí define roles para los jóvenes, pues deben (a) aprender ‘cosas útiles’” (b) adquirir experiencia; (c) aprovechar y disfrutar esta etapa tan plena de la vida; y, (d) configurar y consolidar una personalidad-identidad definitiva”. Además, agrega que los roles asignados no son universales, que operan en contextos históricos y socioculturales específicos, incluso más, dependen directamente de tales contextos.

En ese marco, Guatemala, el país de la eterna primavera, cuenta con una población que es joven. Para el año 2000, 4 de cada 10 guatemaltecos eran menores de 15 años y seis no cumplían aún los 20 años; con un total de población de 11.4 millones, el 53.8% en edades de 15 a 64 años. Para el 2020 el total de habitantes de este país será de 18.1 millones (INE, 1997) y ascenderá al 61.2% el rango en esa edad.

¡Que bueno que la mayoría de guatemaltecos sea joven, pero que malo que los jóvenes, como otros sectores de la sociedad, son invisibilizados por las condiciones económico sociales del país! Los jóvenes dejan de ser jóvenes para, con su edad, desempeñar papeles que más corresponden a los adultos, lo que deviene en un deterioro en su condición psicológica y en sus formas de relacionarse socialmente.

Según el Informe de Desarrollo Humano 2003, del PNUD, el Índice de Desarrollo Humano, IDH en Guatemala es de 0.649, la incidencia de pobreza es 57% y de pobreza extrema 21.5%. La escolaridad promedio en jóvenes de 15 a 24 años, en mujeres es 5.5% y en hombres 6.1%. Los niños entre 10 y 14 años, en el 2002, representan el 33.3% de la población económicamente activa; la participación de las niñas en la PEA es de 24.3%, y 41% de adolescentes entre 14 y 18 años realizan trabajos domésticos. Podría seguir mencionando cifras que demuestran la restricción de oportunidades para los jóvenes guatemaltecos, marcados por la precariedad en su nivel de vida y la exclusión que la sociedad permite.

La potencialidad de los jóvenes se limita a lo que le permite su condición económica. En la búsqueda de ayudar a sus padres, encontrar trabajo y salir adelante, toman la decisión de desplazarse de un departamento a otro en Guatemala, otros se dirigen a Estados Unidos. Los jóvenes que migran internamente lo hacen partiendo del tipo de trabajo que buscan, por ejemplo 57% de mujeres con edad promedio de 24 años, que llegan al departamento de Guatemala lo hacen empleándose en el sector industrial y de servicios, mientras que a Petén ingresa un 53% de varones con edad menor de 22 años en promedio, predominando las labores agrícolas [2].

Respecto de la emigración a los Estados Unidos, se conoce que alrededor de 1.4 millones de guatemaltecos viven en ese país. Las dificultades que encuentran una gran mayoría de jóvenes para legalizar su estadía, los hace vulnerables a las acciones represivas de las autoridades norteamericanas. Esa condición de marginalidad los obliga a vivir en barrios con altos niveles de precariedad (especie de guetos), en medio del tráfico de estupefacientes y delincuencia de todo tipo. Es en esas condiciones en que se unen a maras o pandillas juveniles, en las que encuentran algún nivel de protección; aunque muchos son deportados.

Esto ha producido, en Guatemala y otros países vecinos, el preocupante y creciente fenómeno de las maras, formadas en altísimo porcentaje por jóvenes, en las que la violencia y delincuencia adquiere niveles muy altos, tanto producida por enfrentamientos entre grupos rivales, o por acciones represivas de los cuerpos de seguridad, incluyendo la limpieza social, la que ha sido aceptada por las máximas autoridades de Gobernación, que aunque reconocen la participación de agentes de policía, puntualizan que no es una política institucional.

En todo caso, es creciente el nivel de rechazo que en distintos sectores sociales despiertan las maras, lo que incluye reclamos por implementar políticas de mano dura, por lo que se corre el peligro de criminalizar la juventud y sus expresiones. De jóvenes que ante la falta de perspectivas de realización personal y la pérdida de valores, encuentran en estas pandillas juveniles valores de solidaridad, identidad e incluso la perspectiva económica que esta sociedad excluyente les niega.

La pregunta más importante es ¿cómo reducir la vulnerabilidad de los jóvenes? Según Vignoli abriendo espacios para su participación social; desarrollando acciones sectoriales, en consonancia con las dimensiones del proceso de integración social que experimentan los jóvenes, es decir, actuar en educación, inserción laboral, salud y hábitat. Luego, avanzar hacia políticas, planes y programas transectoriales, que son claves para enfrentar algunos riesgos que experimentan los jóvenes. Finalmente, revisar las políticas de juventud para que a) permitan la concertación del conjunto de actores públicos y privados relevantes; b) logren que los organismos especializados cumplan funciones de articulación y promoción más de que ejecución directa, y c) usen a las agencias sectoriales y a los gobiernos locales para su puesta en práctica.

Una luz de esperanza ha despertado la presentación del Plan Nacional de Prevención de la Violencia Juvenil y la Política Nacional de la Juventud, que planean un tratamiento que busca dar atención integral a la juventud en condiciones de vulnerabilidad, desarrollando acciones interinstitucionales en materia de educación extra escolar, capacitación para el trabajo, creación de empresas de jóvenes, arte, cultura y deporte, propuestas que examinaremos en un futuro cercano.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 803 - 260805


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