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Peligro en las manos…
Por Silvia Orozco Santisteban - Guatemala, 22 de noviembre de 2007

Año con año, durante las fiestas de navidad y año nuevo las estadísticas de quemados o muertos aumentan. La alegría de las fiestas puede tornarse en agonía o tristeza. La mayoría puede pasar desapercibido este hecho. Pero para quienes lo sufren, el “hubiera” se les repite una y otra vez en la cabeza. No saben comprender por qué, ahora, todo es diferente. Ya no podrán ver al niño corriendo por el patio tras aquel perrito que le alegraba la vida. Ahora él está tendido en una cama o en una silla sin poder mover sus piernas o sus brazos. Aquellos ojos que brillaban de emoción, ahora se han apagado. Es tarde, nada se puede hacer para recuperar una niñez, una juventud que se escapo con un mortero, bomba o silbador encendido.

La situación parece incomprensible, ¿cómo un padre o madre puede poner en unas pequeñas manos, en muchos casos las de sus hijos, el peligro puro? Por qué la alegría se debe demostrar con ese ruido que daña los oídos, y los pulmones, que puede llegar a sustituir el beso y el abrazo de alegría, de buenas intenciones y deseos. Las discapacidades no sólo son congénitas, se pueden adquirir, y con la pólvora las probabilidades son mayores.

La pérdida no se cuantifica hasta que se sufre, muchas veces sólo se ve el momento. La amputación de un dedo, de una mano, de un ojo, la quemadura de la cara, del brazo, pierna o en ocasiones hasta de todo el cuerpo, son limitaciones que se pueden controlar. Pero si no, las oportunidades se limitan, considerando el tipo de sociedad que tenemos.

La discriminación ante la discapacidad se sufre día a día, sea cual sea la causa. Pero tal vez se sufre más cuando esta discapacidad pudo evitarse. La sociedad se queda sin el potencial mejor pianista, pintor, arquitecto, ingeniero, maestro, escultor, bailarín, dibujante, electricista, o simplemente el mejor ser humano, se pierde el potencial de los niños o niñas que por descuido se les dificulta aportar al desarrollo de una nación. La de su propio país.

Un desarrollo frenado por la falta de educación, que hace que los niños y niñas tengan que trabajar, hasta en las peores formas, como lo es en las coheterías. Un trabajo no controlado. Pues lo impredecible es latente. No hay seguridad, la pólvora es explosiva, tóxica e inflamable. Un trabajo que debería ser eliminado ante lo desastroso, no importa que éste sea un negocio familiar que sirva para ganar dinero que le permita obtener comodidades mínimas.

No es justo, si creemos en la justicia, que estos “productos” de mercado nos limiten el desarrollo nacional.

Estemos atentos, no queremos más niños quemados o amputados, queremos niños, niñas, nietos, nietas, que puedan disfrutar de su vida a plenitud, cuidemos su vida física en intelectual.

¡No al trabajo infantil en las coheterías! ¡No al peligro en las manos!

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1335


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