Crítica a los apologistas del mercado (II)
Por Sergio Palencia F.- Guatemala, 18 de junio de 2006
“La mayoría de guatemaltecos son en realidad pequeños empresarios.”
Programa radial Tiro Libre, Geovanni Fratti.
Según los apologistas del mercado la mayoría de la población guatemalteca económicamente activa es considerada empresaria. Es decir, la mayoría de los habitantes de este país, no importando su posición económica, constituye un grupo de propietarios que manejan su pequeño negocio con la mentalidad que busca el beneficio máximo, en control sobre los costos y un intercambio en el que el lucro sea la motivación principal.
De nuevo el margen economicista toma su posición en los argumentos de la señorita Caballeros y el señor Fratti. Su grave error reside en el hecho de creer que la actividad humana solo puede expresarse a través del trabajo mediado por la búsqueda de ganancia en el capital. Es por eso que este tipo de estadísticas donde se considera a la población guatemalteca netamente empresaria conviene a una posición homogenizante de las personas. Este argumento responde al principio de equivalencia[1] basado en la abstracción de mujeres y hombres en tanto que medios para un fin ajeno así mismos.
Para el economista de libre mercado este fin es la producción de mercancías y su valorización a través del proceso de circulación. Dicho de otra manera, las mujeres y los hombres se transforman en medios para una producción que no les beneficia de manera directa. El beneficio social desde la perspectiva empresarial debe esperarse a través del desborde de la riqueza representada en “mejores salarios” y “estabilidad” en el poder adquisitivo del consumidor. A esto le llaman la teoría del derrame económico por medio del cual los mayores inversores y propietarios generan empleos para una inmensa población que a cambio debe permanecer uniforme, controlada, “en paz” mientras le agregan valor al capital.
Ahora nos vemos en una posición mejor para entender cómo la categoría de empresario supuesta en la mayoría de la población de este país se convierte en justificante ideológico – discursivo de la homogenización de las diferencias en la realidad concreta. El poseedor de una carreta de Hot-Dogs o de tacos es concebido bajo esta perspectiva como socio de los mismos fines que, por ejemplo, el CACIF (Cámara de agricultura, comercio, industria y finanzas).
Si, como diría T. Adorno, toda reificación es un olvido, en este caso toda homogenización es un escupitajo a las diferencias económicas e históricas de la vida de las personas. Lo que con tanto ahínco buscan el señor Fratti y la señorita Caballeros es que toda actividad humana sea reducida a su expresión forzada del trabajo asalariado, es decir, la sobrevivencia humana a través del sacrificio de sus necesidades a las del capital.
En este instante y bajo este dominio la vida humana se vuelve un círculo, un motivo externo, el destino eterno que no se puede cambiar.
Sin embargo cada vez que el capital encuentra límites en las decisiones de las personas – sean conscientes o inconscientes – allí mismo su temporalidad y existencia se ven cuestionadas, amenazadas. La conciencia de esta otredad en el trabajo vivo, o mejor dicho, en la actividad humana, nos muestra que esto que para ellos es límite para nosotros es el inicio de la construcción sin límites. ¿Qué quiere decir esto concretamente? Si toda crítica – en su diversidad de manifestaciones -- muestra los límites y la falsedad de la vida en tanto que elemento para el mercado, puede surgir algo que rebase el discurso ideológico y alimente la praxis de una actividad repleta de potencialidades. Así el ser humano antes de ser un empresario, un trabajador o un número de estadística, es un ser que siente, respira y desea.
Raoul Vaneigem lo diría en este sentido: “aquello que quiero vivir no tiene precio”[2].
Sin embargo Fratti señalaba que la última decisión la tiene el individuo respecto a su posición y función económica. Si dicha posición es en realidad de orientación empresarial, todo su esfuerzo debería concentrarse en negarse a la cultura en la que creció si ella le impide su libertad económica – empresarial. O bien como diría Lisardo Bolaños Fletes en su publicación del 13 de diciembre de 2006 en el sitio del CIEN:
“Ahora bien, la pobreza y las diferencias culturales no son un obstáculo para que surja la empresarialidad. Todo lo contrario, son fuente de empresarios tenaces, con visiones e interpretaciones del mundo distintas, novedosas, capaces de cambiar el curso de los mercados.” [3]
La apología al mercado se transforma en respeto cultural cuando los indígenas se adecuan a la lógica empresarial. La respuesta para eliminar la pobreza es simplemente elevar la productividad del indígena en tanto que individuo y dotarle de inversión de capital para desarrollar su “empresarialidad”.
Así pues este 80% de población empresarial en Guatemala tiene el deber histórico de, como diría la señorita Caballeros, surgir de sus pequeños terrenos y de su economía de subsistencia a lo último en el mercado y el consumo globalizado. Como individuos libres pueden orientar sus metas a la organización del lucro y la racionalización de su eficiencia laboral.
Bajo este sentimiento del progreso la ignorancia histórica y sociológica de Fratti y Caballeros se muestra claramente y sin tapujos. Luego sus argumentos nos brindan indicios de su poco conocimiento antropológico de lo que significa el trabajo social en las sociedades mesoamericanas agrícolas. La cualidad del trabajo social en el área mesoamericana se debe en parte a la cooperación social que demanda el trabajo de la tierra. En mi experiencia con grupos de etnia Kaqchikel en San Lucas Tolimán, la milpa tiene en sí una connotación socializante y contiene toda una visión respecto a la naturaleza. El individuo en estos grupos no es una contraposición de la sociedad o simplemente un engranaje de la misma. El trabajo no es enteramente individual ni completamente social, es en sí la relación social propia de su contexto la que brinda la oportunidad en la cooperación del trabajo. El fin no es la ganancia per se, cada proceso desde la siembra hasta la cosecha representa un todo en su particularidad[4]. El trabajo no es el medio para obtener valores de cambio como fin último, si bien se dedica una parte al comercio, comer los frutos del trabajo es una parte importante de su percepción. La milpa no es solamente un producto para ser intercambiado – como buscaría que fuera una visión empresarial de la misma – sino una relación de respeto entre naturaleza y ser humano[5]. Pero de nuevo nos encontramos con que lo importante no es el producto en sí ni su utilidad comunitaria y su importancia cultural, es su posibilidad de renta la que lo hace atractivo. Así pues cuando el gobierno actual decidió obligar a producir maíz a las grandes propiedades, el columnista José González Merlo mostró su simple y llano economicismo ante el fastidio que le provocó la imposición de cultivar un producto que no “mejora los ingresos de los guatemaltecos”. Luego se pregunta:
“¿No es mejor que la gente se dedique a cultivar cosas que generan un mejor ingreso y que con ese ingreso compren el maíz?”[6]
Para estos apologistas de la mercancía el producto ha perdido completamente cualquier significación más allá de lo que significa su valor de cambio, es decir, las posibilidades para intercambiarlo por otro producto.
En este punto surge una contradicción fuerte para los apologistas del mercado mundial sumergidos en estas economías imperfectas. Así cuando Fratti y Caballeros miran al occidente industrial y financiero, admiran y elogian la disciplina del “capital humano” en esas regiones y luego voltean de reojo a su Guatemala campesina, inmigrante, ignorante y tercermundista. Estos locutores adquieren pues un resentimiento contra las condiciones inexistentes en América Latina y se sienten obligados frente a nosotros a ser los profetas de la verdad en el mercado. Ellos son los nuevos herederos de los viejos civilizadores. Sin embargo mientras estos apologistas del mercado creen que están hablando a partir de sí mismos, lo único que están haciendo es dándole forma a las necesidades del desarrollo de la producción capitalista. Es por eso que su discurso está plagado de ideas de progreso y desarrollo, el capital tiene una tendencia civilizadora inmersa en sus condiciones. O bien como K. Marx afirmaría:
“La tendencia a crear el mercado mundial está dada inmediatamente en el concepto de capital cada limite aparece como un obstáculo a rebasar. El capital tiene tendencia a someter cada momento de la producción al intercambio y a abolir la producción de valores de uso inmediatos que no entran en el intercambio.” (Marx, 1980: 347)[7]
Sin embargo un profeta auto nombrado termina siendo una farsa, otro falso mesías como aquellos que crearon los polos de desarrollo en los ochentas o la privatización de GUATEL en los noventas. Así pues sienten una necesidad desbordante de concretarse como los profetas de la verdad en el mercado y toman su autoridad de sus círculos académicos, retos empresariales exitosos y su innegable apoyo de una realidad que obliga a creer que todo debe funcionar así. Sin embargo la conversión y transformación del economista de mercado en profeta lo analizaremos de manera más detenida en el apartado III de esta serie de escritos. Por ahora continuemos.
La realidad guatemalteca es muy diferente de lo que quieren ver estos analistas de “sentido común”. El 80% de empresarios según las estadísticas del CIEN representan para Fratti y Caballeros los vendedores de linternas, helados, tacos; minifundistas o arrendatarios en fincas, dueños de taxis, inquilinos de puestos de verduras o de atol blanco. Este gran sector de la población guatemalteca, empresarios en pequeña escala según el CIEN, tiene más en común con el sufrimiento directo de la inflación, del acaparamiento de las tierras cultivables, de los trabajos explotadores en las maquilas y de los efectos del escaso presupuesto estatal para la salud y los fondos de retiro. Con esta población trabajadora vemos claramente como el CIEN se equivoca en su categorización de empresarios.
Estas personas no necesariamente piensan como los mayores empresarios y más bien en la mayoría de los casos puede que sus intereses diverjan radicalmente. Por eso insisto. No hay identidad entre trabajo asalariado y actividad humana, la primera es la medicación histórica basada en la producción capitalista, la segunda es potencialidad y diferencia de una actividad creativa.
Por eso señor Fratti y señorita Caballeros, les recomiendo un mayor estudio antropológico e histórico antes de aventurarse a categorizar a las mujeres y hombres guatemaltecos bajo simples y llanos calculos económicos. Estos apologistas del mercado simplemente no comprenden – o no quieren comprender -- las diferencias abismales entre un ser humano y otro, de su actividad diaria y cómo plantea su vida. La experiencia de estas diferencias omitidas en los planos fríos de la racionalización económica son la única alternativa para comenzar un proceso de transformación radical. La voz de los diferentes y olvidados es la voz de la salvación, no hay otra.
Por eso, solamente cuando el contenido rebasa la forma se hace más respetuoso de las diferencias no conocidas ni vividas. En ese instante rebasa a la historia en tanto que tradición del dominio y comienza la oportunidad de construir una humanidad que no olvida ni pretende olvidar para reafirmarse como digna en la realidad.
[1] Un análisis profundo del principio de equivalencia y otras características de la razón instrumental puede verse en: Adorno, Theodor. Horkheimer, Max. Dialéctica de la ilustración.
[2] Vanegeim, Raoul. Nous qui désirons sans fin. 1999 La cita es traducción propia
[3] Bolaños, Lisandro. Empresarios indígenas criminales. http://cien-gt.blogspot.com/2006/12/empresarios-indgenas-criminales.html
[4] El proceso de trabajo basado en el valor de uso es cualitativamente distinto a aquel basado en el valor de cambio. La actividad basada en el valor de uso requiere imprimirle la misma importancia y respeto a cada momento de la producción, el sujeto está en constante relación consciente con el objeto, por eso el objeto final, su producto, termina mostrando la cualidad del trabajador que lo elaboró, su subjetividad
[5] No pretendo elaborar un análisis exhaustivo del trabajo desde la concepción indígena, ni deseo que se malinterprete como una idealización del mismo. Sin embargo me interesa resaltar la diferencia fundamental que puede ejercer la cultura en la manera como el trabajo se realiza entre los miembros de la sociedad. En este sentido la diferencia del trabajo concebido desde distintas etnias en Mesoamérica y el trabajo en EEUU o Europa en nuestros tiempos.
[6] González Merlo, José. Reviviendo a Arana. Artículo de la sección de opinión. Prensa Libre. 10 de junio de 2008.
[7] Marx, Karl. Grundrisse. Manuscrits de 1857-1858. Tome I Éditions Sociales. Paris. 1980. La traducción es mía así como también la letra cursiva.
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