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Castigo divino*
Por Santiago Santa Cruz - Guatemala, 6 de septiembre de 2005

Se remarca en el rostro del imperio neoliberal, sus ángulos más desafortunados.

El huracán Katrina, que se abatió el martes 30 de agosto, sobre las costas del Golfo de México, afectando los estados sureños de Louisiana, Mississippi y Alabama en Estados Unidos, provocó un desastre nacional que puso a una superpotencia en apuros. También evidenció aspectos de ese gran país, encubiertos con habilidad por una tendenciosa maquinaria publicitaria, reprimidos y neutralizados por el régimen de seguridad y control interno. La pobreza y la discriminación rompieron sus propios diques. Nos mostraron otro Estados Unidos: afroamericano, latino, pobre y olvidado.

Se remarcaron en el rostro del imperio neoliberal, sus ángulos más desafortunados, sus cicatrices más vergonzosas. Además, la mala reacción inicial federal hacia la crisis humanitaria, avivará las heridas raciales en ese sistema capitalista voraz y desigual.

La urbe más golpeada fue Nueva Orleáns, donde casi medio millón de personas se quedaron sin hogar. Hay orden de evacuación total debido al anegamiento y está sumida en el caos, saqueos, violaciones y muertes. Es una ciudad fantasma y militarizada.

La destrucción material causó 94 mil desplazados en 9 estados. Las cifras cambian de forma constante y habrá que esperar más tiempo para que sepamos con certeza, cuántos seres humanos murieron, cuántos fueron afectados y cuántos miles de millones de dólares requerirá la reconstrucción. El impacto económico perturbará a todo el país.

Muchas voces, no solo de las propias víctimas, sino de autoridades diversas, intelectuales, artistas y congresistas, condenan la lentitud de la ayuda gubernamental y su incapacidad para articularla. Los líderes de la comunidad negra van más allá, y protestan indignados por el hecho de que, tal parece que la pobreza, la edad y el color de la piel, han sido las razones de la deficiente respuesta. Las antiguas comunidades esclavistas, víctimas de la segregación racial, emergieron a los ojos del mundo con la misma fuerza que el fenómeno natural que los golpeó. Muchas opiniones, tanto de ciudadanos comunes como de personas calificadas, expresan que el esfuerzo bélico en Irak, disminuyó en forma considerable la capacidad de respuesta del Ejército para atender a su propia población, ante esta monumental tragedia nunca antes padecida.

Concentrado en la ofensiva por el dominio geopolítico y petrolífero, el gobierno y las fuerzas armadas norteamericanas, recibieron un contundente golpe en su retaguardia, y no precisamente del terrorismo, sino de una naturaleza ofendida.

Llamará a reflexionar, no solo sobre políticas ambientales, calentamiento global y exceso de consumo energético. También habrá que hacerlo en el plano de las razones y fundamentos para las guerras, que respaldan pretensiones hegemónicas terrenales, escudadas en justificaciones espirituales.

Deseo y espero que el huracán Katrina y sus devastadoras consecuencias, sirvan para hacer más justa la convivencia interétnica en Estados Unidos y que puedan incluso, redimensionar las relaciones internacionales. De nuestras propias desdichas, los guatemaltecos también debiéramos sacar las debidas lecciones, para terminar con nuestros males, con nuestras divisiones y con nuestras confrontaciones. Ya tuvimos nuestro prolongado y destructivo huracán; es tiempo para emprender una verdadera reparación.

Mi sentido pésame, a todos los afectados del norte y a los de nuestro continente, ante sus desventuras humanas y naturales.

Una sociedad tan creyente como la norteamericana junto a un liderazgo republicano, fanático religioso y mesiánico como el actual, deberán coincidir con la interpretación misteriosa de los acontecimientos y concluir que esta calamidad, que contraría a la soberbia, al engreimiento y al racismo es, ni más ni menos, “un castigo divino”.

*Título de la novela del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, 1988.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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