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La limpia
Por Santiago Santa Cruz - Guatemala, 20 de agosto de 2007

La visita de Philip Alston, relator especial de la Organización de Naciones Unidas, ONU, sobre ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, en agosto 2006, sirvió para evaluar in situ las investigaciones al respecto. Los reportes del Procurador de derechos humanos y de las organizaciones seguidoras del tema fueron terminantes, a diferencia de los subterfugios oficiales. El 19 de febrero 2007 se presentó el informe lapidario: “Los derechos civiles y políticos, en particular las cuestiones relacionadas con las desapariciones y las ejecuciones sumarias”, el que de forma concluyente, reveló y detalló dicha práctica en Guatemala. Ese mismo día, tres diputados salvadoreños y su chofer fueron asesinados por fuerzas de seguridad del Estado. Demasiado.

Las cabezas previsibles rodaron: Carlos Vielmann, ministro de gobernación, a su casa, Edwin Sperisen, director policial a Ginebra, donde se encuentra la sede del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. Sus secuaces, en el extranjero o esfumados y los cuatro autores materiales, asesinados en una prisión de máxima seguridad tres días después de su captura. Impunidad sistémica. Encubrimiento descarado del Ejecutivo.

Los autores intelectuales de dicha estrategia y sus cómplices forman un grupo humano poderoso y celoso de sus conceptos, que se confabulan y se arrogan, una vez más, el derecho de impartir “justicia” por su propia mano. Hay tendencias religiosas que tampoco ayudan y que avalan a estos arcángeles justicieros venidos a tierra, que por orden divina deben cumplir la sagrada misión de castigar a los malos.

En nuestro compulsivo imaginario represivo, labrado durante siglos por diseños dictatoriales de convivencia y explotación, los castigos extremos están muy enraizados. Pero si la idea es no respetar el estado de derecho sino tomarse el derecho de decidir y castigar por cuenta propia, hay que prepararse para un agravante: eliminar a malhechores y asesinos, requiere por igual de otros malhechores y asesinos, que esquivan el poder judicial y actúan bajo una variante malévola, que degenera y que marca, tanto a los que la conciben como a los que la ejecutan, así como a la sociedad que los apaña. Luego estos sicarios resultan incontrolables, descomponen aún más cualquier marco ético-moral de coexistencia y se transforman en verdugos indiscriminados, incluso de aquellos que los prepararon, los impulsaron, los comprometieron y los encubrieron.

Muchos, sin siquiera darse cuenta, respaldan métodos extremos de sanción, es decir, avalan el asesinato de seres humanos, que si bien están mentalmente alterados y socialmente marginados, no por ello su eliminación física acabará con lo que ellos representan. En la medida que prevalezcan las causas que originan su existencia, lo deplorable no sólo seguirá desencadenándose, sino se preservará y empeorará. La delincuencia común y organizada, entremezclada, tendrá una cantera interminable de adeptos y de sustitutos.

Asombra y aterra saber cómo este tema encuentra seguidores en todos los estratos sociales y cómo se manifiesta el desprecio a la vida hacia estos transgresores juveniles o adultos, que deben tener un juicio, recibir su castigo y purgar una condena dictada por la ley. Usurpar ese derecho es condenarnos a nosotros mismos.

Cuando preguntaba a quienes me manifestaron su adhesión a este modelo punitivo, si ellos mismos podrían ser capaces de tomar un arma de fuego, un arma blanca o una cuerda, para luego verter un combustible para terminar dicha faena, y de esa manera transformarse en matadores, un silencio embarazoso inundaba el ambiente y el espanto emergía de sus rostros.

Porque una opción es apoyar la formación legal o clandestina de unidades operativas para tal efecto; la otra es hacer frente de forma descarnada a sus acciones y a sus consecuencias. Es decir, acostumbrarse a vivir en la podredumbre, a verse instalada la insensibilidad en los entornos más íntimos, a inmunizarse ante el dolor ajeno y a buscar cobrarse solamente el propio.

Pedir que otros maten es una cosa; matar uno mismo es otra y es en ese plano que hay que situarse para analizar estas barbaridades.

Guatemala necesita una limpia, no una limpieza social.
Se habla de ella con soltura,
de generalizarla con holgura,
si bien es una gran torcedura
y una mayor angostura.

El dolor iracundo
pide castigo tremebundo
y la irritación extrema,
clama por sanción suprema.

Pero la pena lastimera
no valida la venganza artera,
y si la delincuencia no es pueril,
sí es producto de un sistema vil.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1268


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