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La Meta
Por Santiago Santa Cruz - Guatemala, 3 de septiembre de 2005

Desde la perspectiva humanitaria de construir una sociedad íntegra y solidaria, creo pertinente ilustrar los pasos dados por el llamado “País de las Mil Colinas”. Y no estoy volteando la vista hacia el norte, sino que de hecho, me quedo en el sur.

La República de Ruanda, capital Kigali, es un país centroafricano de 26,340 Km², 9,038,000 habitantes y una densidad demográfica de 343,1 hab./km². Población formada por tres tribus: Hutu (84%), Tutsi (15%) y los Twa (1%). La mortalidad infantil es de 115,5 por 1000, la esperanza de Vida es de 43,6 años y el analfabetismo es de 28,6% en hombres y 40,2% en mujeres.

La ONU ha establecido el Índice de Desarrollo Humano (IDH) como el parámetro de evaluación universal para determinar las condiciones de vida de las poblaciones, el cual se ha dividido en tres grupos: alto, medio y bajo. En África se encuentran 35 de los 48 países más pobres del mundo y por consiguiente, la mayoría están en el tercer grupo; Ruanda ocupa el lugar 158 de un total de 177 (0,450). Antes de continuar, creo necesario establecer un parangón: Guatemala está en el lugar 118 (0,673) y se ubica en el segundo grupo, es decir que hablamos de un país más subdesarrollado que nosotros. Y por cierto, sólo estamos arriba de Haití, si especificamos el orden y el lugar que nos compete en el continente latinoamericano.

Pero dejando de lado el énfasis de las mediciones objetivas -esa trilogía de salud, vivienda y trabajo que contempla el IDH (cifra óptima=1)- la reflexión que ahora expongo más bien se decanta a considerar los aspectos subjetivos, los impalpables, los infaltables y de por sí necesarios, para desarrollar el alma de las naciones. Es aquello que tiene que ver con una riqueza espiritual y no material; y que se motiva por un afán de hacer justicia y no por la posesión del dinero.

Ruanda fue el primer país de la región de los grandes lagos en abolir la pena de muerte; ahora es una de las 13 naciones africanas que la han implementado. Respetar los derechos humanos, la justicia y la dignidad, principiando por el derecho a la vida, en una sociedad que sufrió un genocidio, es un acontecimiento loable y trascendental.

Su historia contabiliza una colonización alemana en 1894 que dura hasta 1919, pasando a ser protectorado belga durante 43 años, hasta su independencia en 1962, en que se convierte en parte de una zona de fuerte presencia francesa. El país toleró las contradicciones interétnicas propiciadas y alimentadas por estas potencias, en función de sus intereses geopolíticos y económicos.

Una guerra civil culminó en 1994 de forma espeluznante; fueron masacradas a filo de machete 800,000 personas de las etnias en pugna: los hutu y los tutsi enloquecieron. El genocidio duró solamente 100 días, el mas rápido de la historia. La radio “Mil Colinas” jugó un nefasto papel en la promoción y ejecución de la barbarie. Otra analogía necesaria: los ruandeses tuvieron en días, más del triple de victimas que las que Guatemala tuvo en 36 años de guerra irregular.

Doce años después de estas masacres, la sociedad y el gobierno de Ruanda, tratan de entregar una respuesta a desafíos cruciales: impartir justicia, preservar la memoria colectiva y luchar contra la impunidad. Esto ha obligado a reforzar el estado de derecho, a resolver el litigio del genocidio y a consolidar la reconciliación interétnica.

Un elemento importante ha sido la reposición de los tribunales de Justicia Comunitaria llamados “Gacaca”; basados en la cultura y las costumbres ancestrales, que integran a la población en los juicios públicos, juzgando tanto a los autores intelectuales como a los ejecutores de los crímenes cometidos.

En cuanto a las sanciones y, en la óptica de una reconciliación efectiva, las penas a los criminales incluyen la demanda personal de perdón y el cumplimiento de la sentencia impuesta. Los trabajos urbanos y rurales de interés común, son parte de éstas. Ruanda está mostrando, en medio de una difícil reconstrucción, la meta a alcanzar.

La historia de un país no se escribe ignorando o intentando olvidar sus etapas más dolorosas y vergonzosas; la identidad nacional se construye, con mayor razón, considerando los episodios más traumáticos. Borrón y cuenta nueva es una fórmula que no sirve y en cuanto a Guatemala, a fuerza de querer borrar y voltear la página, ésta se ha roto. A nosotros también nos hace falta lograr nuestra propia meta

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1278


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