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Insurgentes
Por Santiago Santa Cruz - Guatemala, 31 de octubre de 2004

Fragmento del libro “Insurgentes”

“…En sólo tres meses el Capitán Pancho fue ascendido a Primer Capitán y a Comandante de Frente. Audacia y resultados respaldaron su meteórico ascenso.

Fue un año de numerosas ocupaciones de fincas en todos los municipios conocidos anteriormente. Asaltábamos las casas patronales, verdaderos oasis en medio de la desolación y miseria de las covachas campesinas. Estaban muy bien construidas, con todas las comodidades y servicios. Muchas contaban con apetitosas despensas, licores importados y algunas tenían piscina; todas en general evidenciaban las abrumadoras diferencias en la calidad de vida entre la familia propietaria y los campesinos.

Aprendí de licores en el lugar menos esperado y de la forma más pintoresca. Panchoera un buen conocedor de ellos y nos transmitió no sólo conocimientos políticos sino también conceptos etílicos, dando cabida al inicio de una cultura alcohólica que, en lo que a mí respecta, aún aprecio y agradezco. Los potreros y cafetales fueron los lugares de enseñanza para su ingesta. Cuando era moderada nos proporcionaba alegres momentos, pero cuando fue excesiva nos hizo padecer situaciones embarazosas y hasta peligrosas.

Las incorporaciones nos llegaron desde Sololá, Chimaltenango y de la capital por distintas razones. Las primeras estaban motivadas por la represión, cuya mayor expresión en Santiago Atitlán fue el asesinato del sacerdote norteamericano Francisco Stanley Rother el 28 de julio de 1981; las segundas fueron por las masacres que perpetró el Ejército en aldeas y municipios del norte de Chimaltenango; y las últimas, por el ingreso de compañeros entrenados provenientes de Cuba. Si bien llegaron muchos, los que se quedaron fueron pocos. Al principio me costó entenderlo. Ingenuamente pensaba que el solo hecho de ofrecerle al explotado una opción para liberarse o combatir al explotador era razón suficiente para garantizar su permanencia.

Con el tiempo constaté que la lucha por las ideas y los ideales encontró mejores ejemplos en los menos esperados y grandes decepciones en los más promocionados. De Santiago Atitlán enviaron dos a entrenamiento y cuatro se quedaron (David, Daniel, Juvín e Israel). De Chimaltenango, concretamente de la aldea Choatalún, una de las primeras masacradas, no se quedó ninguno. Las razones para pedir su baja eran múltiples, unas más creativas que otras, pero en definitiva encubrían la verdadera razón: las dificultades emocionales y físicas que caracterizaban la vida guerrillera, plagada de limitaciones y rodeada de sacrificios. Entrenados llegaron varios, siendo Alejandro, Marcos, Milo y Hernán los únicos que se mantuvieron. De unos 40, apenas se quedaron 8.

Desde entonces pude notar que las ofensivas enemigas se equiparaban en peligrosidad a los permisos de salida y a las ferias de los pueblos. En el transcurso de los años este axioma se repitió con regularidad, ya que muchos de los que se fueron ya no regresaron y la afectación de ánimo de aquéllos que no podían ir a la celebración del Santo Patrón de su comunidad provocaba malestares internos y los desconcentraba en sus tareas. Encontrar formas para mantener la cohesión y el entusiasmo fue uno de nuestros retos más significativos.

En ese año de 1981, cuando el régimen del general Romeo Lucas García inició la estrategia de masacres y tierra arrasada en el noroccidente del país, el jefe de Estado Mayor de la Defensa Nacional y hermano del dictador, el también general, Benedicto Lucas García, instaló en Santiago Atitlán un destacamento, donde funcionó una cárcel clandestina. Muchos acusados de guerrilleros en el Altiplano eran trasladados allí, los hacinaban en fosas profundas y malolientes, de las que sólo salían para sufrir largas y dolorosas sesiones de tortura, acabando asesinados. Esta condenable realidad era bien conocida por los lugareños, que la vieron padecer a varios de sus paisanos. El repudio de gran parte de la población atiteca hacia los militares, permitió contar con una Resistencia numerosa y una importante cantera de combatientes. Ese mismo año, el Frente osciló entre 25 y 30 integrantes, desarrollando un accionar guerrillero clásico, con gran movilidad y cambios permanentes de teatros operativos.(…)

Desde antes de incorporarme a la lucha armada estaba identificado con el concepto de que un líder tiene las mejores posibilidades de ser aceptado y seguido, en la medida en que sus actos –personales y profesionales– son ejemplo y estímulo para otros. La formación política que iba adquiriendo sustentaba dicha premisa, y el concepto del Che sobre el “hombre nuevo” la reafirmaba, al exponer con mucha claridad lo que se esperaba de cualquier ser humano dispuesto a emprender la épica gesta de la revolución y la transformación de la Humanidad. Se refería más a renuncias y sacrificios que a privilegios y prebendas. Enfatizaba la necesidad de demostrarlo a diario y a no encubrir, mucho menos confundir, debilidades con imperfecciones. Desde que conocí a Pancho me identifiqué con él, porque representaba al joven idealista que, sin ser parte de los olvidados, se identificaba con su causa y actuaba en consecuencia. Ladino, originario del municipio de Agua Blanca, departamento de Jutiapa, en la región oriental del país. Era una figura representativa de mi extracción social, con una militancia más antigua y, por lo mismo, un referente más cercano de hacia dónde quería ir o como quién ambicionaba ser.

A principios del año, estando en la finca La Vega, Santa Bárbara, Suchitepéquez, me comisionaron para dar el mitin a los pobladores del lugar. Los convocamos frente a la casa patronal, mientras otra patrulla realizaba la respectiva requisa en su interior. Pancho apareció en el balcón del segundo piso, y sin importarle la alocución política que estaba dirigiendo, me gritó para llamar mi atención y mostrarme un litro de whisky Chivas Regal que había encontrado. Los campesinos que le daban la espalda se voltearon para observar su brazo en alto sosteniendo el líquido botín.

Al retirarnos de la finca, a pesar de ser una época seca, comenzó a llover fuertemente. El Capitán Pancho sacó la botella y ofreció un trago a todos, diciendo que ésa era la única forma de poder soportar la vida dura que llevábamos, y fue el primero en empinársela. Yo lo rechacé. No me gustó su forma de comportarse frente a la población ni la irreflexión con que hizo la invitación. No creí correcto que nuestro responsable, el guía y ejemplo, actuara así. En la primera oportunidad que tuve le pedí la baja. Lo físico no fue problema para mi adaptación, lo anímico me estaba afectando mucho y llegó a convertirse en mi peor enemigo. Lo sucedido fue la mejor coartada para respaldar mi decisión de salir y alejarme de una experiencia, por lo demás, difícil e incierta, apuntalada por un jefe poco ejemplar.

Reconozco que mis criterios en ese entonces estaban más cerca de la rigidez que de la flexibilidad, propia de la inexperiencia militante y de la vida misma. De lo que estaba seguro era de que en la meritoria labor de mentor y protector de otros, las abstenciones se valoran más que las disipaciones. Y también sabía algo que el tiempo se encargó de reforzar: que los fines supremos exigen acciones extremas. Una guerrilla en ciernes necesitaba una disciplina cuidadosa. Lo contrario llevaba al desorden y al desmadre.

Creo que Pancho encontró la forma adecuada para persuadirme de que no me fuera, a la vez que prometió enmendar sus errores. No hizo uso de la persuasión ideológica ni insistió en lo justo de la lucha o la nobleza de la causa; más bien me preguntó si estaba preparado para enfrentar a mi hermano al llegar a la ciudad, y decirle a los ojos que no había sido capaz de soportar la vida guerrillera. Aseguró que no se repetirían actos como el que provocó mi malestar y me insistió que pensara bien mi decisión para no poner a mi hermano en una situación incómoda y vergonzosa. Acertó en su argumentación y logró persuadirme para que me quedara, al remover en mi interior dos situaciones que marcaban mi vida. Una relacionada con mi hermano, a quien amaba mucho y no quería defraudar; la otra tenía que ver con un principio adquirido y cultivado en el tiempo: ser capaz de llevar mis intenciones hasta el final. Lo había hecho antes, el reto era hacerlo ahora.

Siguiendo la campaña de agitación y propaganda en la zona, ocupamos la finca La Ermita, en Patulul, Suchitepéquez. Las cosas parecían estar bajo control hasta el momento en que, de manera sorpresiva, apareció por uno de sus accesos un vehículo militar sin que la mal posicionada contención pudiera impedir su avance hacia el lugar en que estábamos reuniendo a la gente. Dos compañeros respondieron al fuego enemigo con fusilería y lanzacohetes RPG-2, mientras el resto nos retirábamos. Teníamos la información de que el Ejército contaba con unidades combinadas de infantería y blindados para contrarrestar las ocupaciones realizadas por la guerrilla; las llamaba “Fuerzas de Reacción Rápida”, y en un primer momento creímos estar enfrentando una de ellas. Nos habían informado que el Frente 2 había sufrido un trágico episodio por su causa, al ser sorprendidos en medio de un poblado.

En ese combate fue herido el Comandante Everardo y muerta su compañera Gabriela, quien en un acto de amor y heroísmo pidió que lo sacaran y cubrió su retirada. Pero en realidad enfrentamos una patrulla de policías militares ambulantes que se desplazaban en un jeep. Éste fue destruido por el impacto del cohete y uno de sus efectivos eliminado, mientras los otros emprendían la huida. Recuperamos una ametralladora y pertrechos.(…)

El desafío es comprender que la valentía no está reñida con el miedo; lograr su aceptación y control es lo fundamental.

A mediados de año, en medio de la relativa tranquilidad que nos proporcionaba el extenso territorio con poca presencia castrense, debido a su concentración frente al EGP y dedicados a nuestras tareas, no sospechábamos que en esos mismos momentos algo de suma gravedad comenzaba a abatirse sobre el movimiento revolucionario en su conjunto. Estando en un campamento a orillas de la montaña, en el sector sur del volcán Atitlán, los noticieros radiales del mediodía del 9 de julio, informaban del ataque, por parte de unidades militares, a una casa en Vista Hermosa, zona 15, perteneciente a la ORPA.

A partir de ese día, las casas de seguridad de todas las organizaciones guerrilleras pasaron a ser el principal objetivo del Ejército, en el intento de destruir las estructuras profesionales urbanas creadas en los últimos años. Empezaba a sentirse una estrategia contrainsurgente cuidadosamente planificada. Las acciones represivas masivas en el campo, los asesinatos y desapariciones selectivas se acompañaban con el ataque directo a la guerrilla urbana y sólo era cuestión de tiempo para que la guerrilla rural se incluyera en sus acciones.

Las comunicaciones se suspendieron. Los contactos establecidos, permanentes y de emergencia, no funcionaron por un buen tiempo. Y no pudimos saber lo que había sucedido. Escasas y escuetas misivas, recomendando cuidado e informando que los familiares de los compañeros urbanos estaban bien, fueron, por varios meses, nuestra única relación con el Mando. Desde finales de julio hasta septiembre perdimos contacto, y lo que escuchábamos por la radio mostraba una ciudad acechada y varias casas de seguridad atacadas, con muchas compañeras y compañeros caídos, que murieron combatiendo, sin rendirse ninguno de ellos.

Nos vimos en la necesidad de buscar formas y recursos propios para resolver las necesidades, ya que la brusca ruptura con el Frente Urbano puso en evidencia nuestro alto grado de dependencia. (…)

Teníamos que ser más creativos, y ante todo, incorporar el pueblo a la guerra para solucionar el problema. Estas reflexiones las compartíamos con frecuencia entre nosotros en ese particular período.

Hicimos un recuento minucioso y detallado de las municiones con que contábamos, y las dotaciones individuales no llegaban a los 100 cartuchos, establecimos una disciplina de uso muy estricta para evitar quedarnos sin ellas. Además, Pancho requirió el dinero que había distribuido entre ciertos compañeros ante el agotamiento de las reservas. Sopesó varias alternativas a fin de restablecer la comunicación, incluida la que me consideraba para ver si a través de Camilo podía saber qué estaba pasando. Al final, decidió enviar a Manolo Guanajuato, el mexicano, que pudo restablecerla. Fue así como recibió noticias del Comandante Gaspar. Le hacía saber que se había visto obligado a abandonar el Puesto de Mando en la ciudad y que tenía necesidad de reunirse con él.

Habían sido meses muy difíciles y a Panchole inquietaba la perspectiva de reunirse con el Comandante en Jefe. Le interesaba saber detalles de lo sucedido, quiénes habían caído, qué se debía hacer a partir de ese momento. De paso podría darse un descanso en alguna playa o casa con piscina, ya que el Comandante le recordaba, en su misiva, que no se olvidara de su traje de baño. Eso entusiasmó a Pancho Tronera, pseudónimo utilizado por aquél en sus años de militancia urbana, en franca rebeldía hacia la tendencia indigenista de muchos militantes de responder únicamente a nombres mayas.

A su regreso nos contó que lo de la calzoneta no era más que desinformación, previendo la captura del emisario y la lectura del mensaje. La reunión se llevó a cabo en el volcán Tajumulco, en un lugar muy frío, con escasa comida y, para colmo, tuvieron que enfrentar una fuerte ofensiva militar. En ese momento supimos de la magnitud de los golpes recibidos, su compañera, también llamada Gabriela, estaba desaparecida y Pancho me informó de la captura de una de mis hermanas, Patricia Eugenia, Lucía la Chinita, sin atreverse a decirme nada sobre Carlota Ileana, Luisa, pseudónimo adoptado por mi nombre. Estuvo con mi hermano, quien le solicitó verme y quedamos de arreglarlo para más adelante.

Se disipaba el espejismo del triunfo cercano y se refutaba la esperanza de no ser parte del costo humano de la represión y la guerra. La ilusión de formar parte de un movimiento articulado se interrumpía y nos agobiaba la certeza de enfrentar un complejo y difícil período.

Estábamos en una guerra en la cual teníamos que asumir costos, bajas y tragedias. La ingenuidad e inexperiencia con que inicié mi participación se desvanecían ante la realidad. Mi vida cambió y tenía que ser consciente de lo que eso significaba...”

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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