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La inhumana seguridad social
Por Silvia Tejeda - Guatemala, 12 de mayo de 2005

Es un capital que les fue descontado de su salario.

Consternan las imágenes reproducidas en un matutino, donde los ancianos deben dormir a la intemperie para cobrar un cheque, por un fondo que acumularon en sus mejores años de trabajo. No se trata de una limosna del Estado, menos de la benevolencia de un banco estatal, es un capital que les fue descontado de su salario como un ahorro para su vejez al que tienen derecho y potestad de cobrar. Quién iba a vaticinarles que cuando fueran ancianos y les tocara cobrar los beneficios de su pensión, la situación cambiaría, al extremo de ser despreciados e inhumanamente tratados por empleados serviles a un sistema que transformó la seguridad social en un reducto de mafias corruptas, donde quienes la sostienen son el objeto más desatendido y despreciado.

El Seguro Social guatemalteco fue ejemplo durante sus primeros 30 años de funcionamiento. Comenzó a cambiar su sentido cuando los gobernantes de turno lo tomaron como un reducto del amiguismo y del escamoteo económico de sus fondos. Cobró características de tragedia cuando el capital en lugar de invertirlo en sus propias instalaciones y servicios fue visto como un fondo particular para invertir en bancos extranjeros para producir intereses. Esta voracidad fue poco a poco desatendiendo a sus principales inversionistas: los trabajadores. Actualmente, no conocemos ni los pormenores de su situación económica, menos las administrativas. Lo que sí es una calamidad es que, ni con nuevas autoridades, el gobierno no pague, la Muni no pague y muchas empresas tampoco. Todo esto da como resultado que a nadie le importe el sufrimiento, las enfermedades, el desprecio y hasta la sutil eutanasia que están padeciendo los ancianos.

Don Carlos tiene ahora 90 años y debe asistir cada mes a recoger un medicamento que le es imprescindible; el empleado de la farmacia del CAMIP le respondió, después de haber hecho cola más de cuatro horas para llegar al mostrador: “Si quiere esa medicina debe venir a las tres de la mañana para hacer su cola, porque solo se reparten 50 dosis cada día, y se terminan al nomás abrir aquí”. A don Roberto, el cirujano de turno le diagnosticó que era urgente que se operara de la próstata, pero que antes debía ser examinado por el urólogo. Pidió su cita y se la dieron para un año después. El viejito llora desconcertado. A muchos les daban medicina para cada seis meses. Ahora dispusieron que deben hacer grandes colas, cada dos meses, sólo que cuando llegan al mostrador, les dan turno para dentro de otro mes, “porque de ese medicamento no tienen”. Y así se los tienen con las tácticas más inhumanas y dilatorias, para descargarlos de los inventarios. Que se mueran o se aguanten. La mayoría de personas de la tercera edad que asiste al IGSS, se debe desplazar en transporte público, no tiene recursos económicos ni familiares que los apoyen. Es una pena que ni los diputados, ni los funcionarios, ni muchos empresarios, ni guías espirituales tengan a su padre o a su madre en una situación así, para que respondieran de otra forma a los que sufren de tanto desprecio inmerecido, tanto abuso y tanto trato inhumano.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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