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Raúl Urízar, Poeta
Por Sergio Valdés Pedroni - Guatemala, 10 de junio de 2007

Raúl es poeta, de eso no cabe duda. Como tal –y como amigo, y amante, y militante, y cualquiera de los oficios que la vida depositó en silencio entre los bolsillos de su desesperación– habita en el continente de las paradojas: su imagen es la pulsión conciente, el azar controlado, el exabrupto meditado. La fuerza de la fragilidad. La incertidumbre maravillosa que nace del asombro -cuando se tiene la capacidad de renunciar al placer hipócrita de las certezas.

Muchas veces, su peregrinaje de palabras comienza o termina en una confianza excesiva, inexplicable en razón de su capacidad poética, en las consignas de la redención. En la filiación por principio –de buena fe, eso sí– en el programa maravilloso e imposible de la igualdad y la ausencia de jerarquías, que renació en la gesta de Cristo (o de aquellos que dieron lugar a su mito biográfico) y culminó, como símbolo para nosotros en Guatemala, con el sacrificio de Ramiro García, Luis Arturo Pineda, Rafael Urcuyo, Julio Ascoli, Ana María Mendoza, Félix Orozco, Robin García, Alejandro Cotí, etcétera, (por citar apenas algunas de mis propias muertes).

Paradójico. Balbucea metáforas que apelan tanto a la realidad como al deseo. A la humedad de la fantasía como a la aridez de la estadística sociológica. No obstante, por detrás, por delante, arriba y debajo de todo esto, gobierna en voz alta un impulso inasible de fuerza. Una erupción sensible en estado casi puro, en la que las palabras (lo digo como crítica, no como elogio) difícilmente pueden separarse del gesto escénico. El performance lírico que anticipó para su generación, desde el subterráneo bizarro de la posguerra, Simón Pedroza.

No me sorprendería que esta sombra iluminada de la palabra –he aquí mi esfuerzo inútil por darle consistencia a la premisa de la paradoja– haya nacido hacia la forma gestual de la poesía sin haber puesto un pié en la residencia de una mayor exigencia formal. Que lo haya hecho de su propio dolor, sin haber leído Ciudadando laberintos, Vámonos patria a caminar y La flauta de Ágata. Pero estoy seguro que Monzón, Castillo y Obregón estarían de acuerdo conmigo en que Urízar respira por las fosas compartidas de la honestidad, y que su palabra impresa anuncia la posibilidad de un vuelo poético meritorio –y más cercano al alma del pueblo– que los reflectores engañosos que muchas veces alumbran desde arriba, sin llegar a iluminarlos, las efemérides de la crueldad y el exterminio. Los escenarios no gubernamentales de la memoria histórica. El oportunismo de las exhumaciones desarrollistas.

Fuente: www.lahora.com.gt - 060803


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