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Teletrabajo: una linda proletarización
Por Trudy Mercadal - Guatemala, 27 de junio de 2020

El teletrabajo es un trabajo sin derechos.
No sabes cuántas horas extras haces…
cuesta diferenciar qué es tiempo libre y qué es trabajo.

Boaventura de Sousa Santos, sociólogo

El teletrabajo ha venido para quedarse…
es la forma de relación laboral congruente técnica
y económicamente con las nuevas relaciones de producción.

Fernando Esteve Mora, economista

En el Instagram se puede pasar horas viendo cientos de imágenes de home office –oficina en casa– que hacen ver el trabajo en casa –o teletrabajo– como una situación idílica. El home office es un espacio ideal para mostrar el individualismo y personalidad de cada persona, con una estética muy particular: tonos claros, plantas lindas, candelas aromáticas, tacita de café humeante, alguna playlist de Putumayo. La mayoría hasta tienen un gato dormido al lado de la compu. En fin. ¡Divino todo!

Existe una razón para esto, que obedece a lo que yo llamaría «dar atol con el dedo», al menos parcialmente. Nos quieren partícipes y cómplices con nuestra propia explotación. La otra parte de este fenómeno, sin embargo, obedece al deseo humano universal de mejorar nuestra situación, aunque sea a base de una estética efímera y de ilusiones. Me explico…

Después de meses de operar bajo las dinámicas de la pandemia del COVID-19, muchas empresas han determinado usar (y aprovechar) –parcial o totalmente– el teletrabajo. Las empresas declaran que «el nuevo normal» de la era coronavirus es tener a la mayor cantidad posible de empleados trabajando desde casa, aprovechando los avances tecnológicos de nuestros tiempos y promueven la noción de que esto ha venido a «revolucionar» de manera positiva el ámbito laboral, mientras les ahorra a las empresas enormes cantidades de dinero en gastos fijos (renta, insumos de oficina). Las empresas argumentan, además, que esto beneficia a los teletrabajadores que ahora podrán permanecer en casa y, supuestamente, también ahorrar mucho en tiempo, transporte y gastos generales.

Muchos de los costos empresariales, sin embargo, se los han endilgado a los teletrabajadores. De acuerdo con estudios recientes, hay empresas que se ahorran hasta USD 10 000 por año por cada empleado, con solo mantenerlos en casa. Por ejemplo, aunque la mayoría de empresas proveen a los empleados el equipo para trabajar en casa –una laptop o tablet y audífonos profesionales–, la gran mayoría de teletrabajadores deben pagar su propio internet de alta velocidad para poder seguir trabajando en la empresa. O, en algunos casos, para que les paguen el servicio de internet, deben trabajar 12 horas (o sea, meterle unas 4 horas extra). Lo sé porque he estado averiguando al respecto y es lo que me dicen.

Las empresas, además, ya no gastan tanto en muchos otros insumos como electricidad, café, agua potable, papel higiénico, materiales de oficina y de limpieza, etcétera. Los empleados, sin embargo, gastarán más de todo esto estando en casa. Y encima, se supone que deben estar agradecidos por aún tener trabajo en estos días. Hay quienes defienden ardientemente esto último en las redes y por doquier: la obligación moral de agradecer el trabajo, aunque sea bajo estas nuevas y desventajosas condiciones que incluye, en palabras de uno de mis entrevistados, que «hay que regalarle 3 a 4 horas de trabajo a la empresa cada día porque ni modo, hay un montón de mara sin trabajo estos días».

De acuerdo con las empresas, sin embargo, los empleados están felices con el nuevo sistema. Mientras que esto sin duda es verdad para algunos, en realidad, una gran cantidad de empleados/as dicen que el nuevo sistema ha significado ahorro en transporte y vestimenta pero, por otro lado, el nuevo sistema conlleva más trabajo, puesto que los horarios se han trastocado, y ahora los trabajadores deben estar disponibles muchas más horas que antes. Encima, les ha aumentado tremendamente la cantidad de oficio doméstico –especialmente a las mujeres, claro– y ahora, cuidar de los niños, ayudar en el aprendizaje escolar «remoto», otro «nuevo normal» de hoy día. Y ¿qué significa esto para las familias del futuro? Como la situación no pinta como que cambiará pronto y no hay quien aguante con tanto, seguro serán ahora familias mucho más pequeñas… o ninguna.

Por ende, se escucha y lee por doquier que el coronavirus significa un enorme cambio para el capitalismo, pero no, muchá, no es así. Simplemente es una evolución del capitalismo, un ejemplo más de capitalismo parasitario, o sea, un nivel más crudo del mismo sistema de siempre, más descarado, un capitalismo que, en lugar de generar nuevas formas de riqueza para toda la sociedad, simplemente mama aún más de los recursos públicos: los que más se beneficiaron de los fondos e incentivos estatales para iniciativa privada en muchos países fueron las megacorporaciones, no las pymes. Igual con la nueva legislación que se ha pasado para desproteger a los empleados a favor de las empresas. Este «nuevo normal» capitalista explota a los trabajadores en lo privado, para devengar aún más ganancias. Y, claro está, debilita aún más los ya frágiles y vapuleados derechos laborales de los empleados.

En Guatemala, el Gobierno recién pasó leyes que permiten a las empresas suspender sus contratos sin prestaciones de ley. Los fondos paupérrimos que el Estado iba a proveer a estos empleados se han visto entrampados y retrasados constantemente, para enorme detrimento de estos, que tienen que llenar mucha papelería engorrosa y hacer colas por horas para cobrar su mínima compensación por desempleo, que, según abundantes quejas, ni siquiera se la dan completa. Y este es solamente uno de los ejemplos que abundan. Otra cosa: ¿cuándo y cómo restituirá el Estado los derechos «suspendidos temporalmente» a los empleados? Está claro que de alguna forma se debían beneficiar las empresas de las disposiciones de cuarentena, pues, de otra manera, no las habría logrado pasar el Gobierno jamás.

Mientras, las empresas que no pueden enviar a sus empleados a casa, también se aprovechan del «nuevo normal». Muchas de estas, ahora que no hay transporte público, obligan a sus empleados a llegar al trabajo costeando transporte privado por su cuenta, puesto que no hay transporte público, aunque algunas empresas sí proveen transporte. Pero las excepciones no borran el patrón de conducta general y hacia dónde va la cosa: aún mayor proletarización y pauperización de la sociedad. Y así, casi todos en casa, viéndose las caras por pantallas, no hay posibilidad de solidaridad, organización laboral y mucho menos de protestas.

Por último, abundan las empresas que no proveen protección sanitaria para sus trabajadores y, en algunos casos, del 40 al 75 % de empleados de algunas empresas han sido contagiados de COVID-19. Los seguros médicos privados no cubren ni las pruebas de coronavirus, ni los gastos médicos por esta enfermedad. Así que tener seguro médico del trabajo no ayudará a ninguna persona contagiada. El sistema de salud pública ha colapsado y como las empresas grandes no pagan impuestos, no hay mejora posible a futuro y váyase a saber qué le espera a las personas que tengan la desgracia de enfermarse. Esto es así en países como Estados Unidos al igual que Guatemala. Lo diré hasta el cansancio: si no cambiamos el sistema de raíz, totalmente, revolucionariamente, de este fangal no salimos nunca. ¿Cómo lo podemos lograr?

Fuentes: «El teletrabajo es un trabajo sin derechos» (B. de Sousa Santos, SER, junio 16, 2020), «Remote Work: Employers are taking over our living spaces and passing on costs» (R. Schearmer, TheConversation.com, junio 18, 2020), «El teletrabajo, la autoexplotación y el fin de la historia» (F. Esteve Mora, Oikonomía, mayo 19, 2020).

Fuente: gazeta.gt


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