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Oro parece, plátano es
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 26 de octubre de 2004
tpalencia@guate.net.gt

Quiero empezar esta columna compartiendo mi tristeza porque al Filóchofo ya no lo dejarán publicar sus caricaturas en El Periódico. Se nos va su grillo que canta a las estrellas y la risa por los pelos del viejo tierno y mordaz. Su ausencia es sólo pérdida, aún estética, de un imaginario abierto, pelado, contra corruptos, voraces y depredadores.

Abordaré ahora un asunto sobre el cual el mismo Filóchofo retumbó y nos hizo saber en su esquinita diaria: la minería a cielo abierto por lixiviación con cianuro. ¿Qué poder es ese que sale prohibido de Europa, que huye de los países ricos para instalarse en las naciones pobres?

Es increíble enterarse de que existen normas en la Unión Europea que sancionan la minería con cianuro, la califican de alta peligrosidad; mientras que aquí, en Guatemala, se abre a barata las solicitudes de exploración o allá, en Panamá, las minas ya abarcan el 70% del territorio indígena o en Honduras, donde poseen por tiempo indefinido el 30% del territorio. Toda Centroamérica, incluyendo al Pulgarcito ultraurbanizado, está asediada por las mineras con cianuro. ¿Valen menos la vida y la muerte en los países pobres?

El costo de extraer oro es menor en estas tierras. Es un nuevo estilo de ventaja comparativa mundial. El trabajo vale menos y también vale menos toda la vida natural; además, estos estados pobres tienen "la virtud" de no ejercer control. Las poblaciones son simples insumos del cálculo. A las mineras no les interesa la vida; les interesa el oro. Obtienen rentas con extraer menos de un gramo de oro por tonelada de material removido, con máquinas gigantescas capaces de hacer en cuestión de días cráteres de hasta más de 150 hectáreas.

Está comprobado que esta minería no beneficia al empleo, pero sí estimula migraciones vulnerables desordenadas, militariza y alcoholiza el área, esteriliza y reseca la tierra con el material sobrante, contamina el aire con polvo y vapores de gases tóxicos, destruye el agua por abuso en los procesos de tratamiento.

El peligro de usar cianuro es mayor. Una porción de cianuro más chica que un grano de arroz basta para matar a una persona. Transportar y administrar este tóxico ha sido difícil en el mundo y es por eso que hay nuevas reglas en el Norte.

En 1990 en la Mina de Echo Bay, Nevada, Estados Unidos, 900 aves murieron por beber agua de una piscina minera que contenía cianuro. Desde 1992 se han gastado más de US$150 millones para limpiar las fugas de cianuro que mataron toda la vida acuática en 27 kilómetros del río Alamosa, en Colorado, Estados Unidos. En la Mina de Kumor, de Kyrgyzstan, un camión se cayó de un puente en 1998 y derramó 1,762 kilogramos de cianuro de sodio, murieron dos personas y más de mil fueron atendidas por intoxicación.

En 2000, allá en Rumania, falló una represa de desechos tóxicos que se fugaron al río Tizsay, el 40% de la vida biológica se murió y el nivel de cianuro subió 700 veces más que lo permitido.

Este asunto, grotesca caricatura en prosa, de un profundo menosprecio a la vida, no puede esconderse como bien han dicho las iglesias. Deben revelarse los riesgos por el uso de tóxicos en nuestras tierras. No estamos preparados ni social ni estatalmente para enfrentarlos. Por lo que no tiene ninguna pertinencia económica ni ética poner a contrabalanza un aumento de ingresos fiscales.

¿Valemos menos los países pobres? Los diputados y diputadas debieran conocer a fondo la industria extractiva antes de negociar chapuces a la Ley de Minería, tal como se pretende. Debieran cuestionar el uso del cianuro y preguntarse por qué en otras latitudes, otros parlamentarios ya rechazan el cianuro como opción productiva.

Se subasta nuestra riqueza natural. Y así como el oro, en el Congreso se discute una nueva legislación de agua. ¿Qué pasaría si se aprueba una Ley de Aguas que legaliza la apropiación privada de importantes fuentes de agua?

Fuente: www.sigloxxi.com


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