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De una violencia fantasma
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 16 de noviembre de 2004
tpalencia@guate.net.gt

Invito a todas las mujeres a leer el libro de Lorena Carrillo Padilla titulado Luchas de las guatemaltecas del siglo XX. En sus páginas hay espejos de las mujeres, nuestras abuelas, nosotras, en el sombrío mundo del trabajo. Lorena se detiene en el trabajo asalariado.

Nos muestra una historia en la que habita un engranaje de violencia, de agresión a la vida, de jerarquía y control hacia las mujeres, y una cultura que menosprecia el trabajo de la mujer.

La mujer vale menos en esta Guatemala de cultura militar, de raigambre racista, de moralina fundamentalista a la doble moral, de obediencia feudal. La mujer ha sido vista más como objeto de trabajo que como persona plena.

Mal les fue en el siglo pasado hasta a las mujeres de la nobleza chapina, que tuvieron la oportunidad de informarse sobre la educación y derechos de las mujeres en los países ricos, porque sus ideas liberales sólo provocaron rechazos y habladurías contra su conducta moral. Pero esas mujeres eran pocas.

El común de las mujeres, en particular las procedentes de familias oligarcas, ha sido educado para ser y sentirse "damas" antes que propiamente mujeres. Las damas eran capaces de castigar físicamente a su sirvienta. Las indias, por su parte, no tenían el rango de mujer. Eran eso, indias, las mismas de quienes se promovió en las fincas su trabajo voluntario y a quienes se les ha reducido a trabajo puro.

Hay un subregistro del trabajo de la mujer, afirma Carillo, y ese subregistro lleva consigo una severa desvalorización de lo que ellas hacen. Es más, cuenta la autora, aquí en este país existieron debates, hechos por hombres, acerca de la dignidad de la mujer para el trabajo. Fueron los hombres quienes dieron permiso para salir de la casa.

Así, venimos alimentando valores trogloditas: las mujeres de menor valía, las pobres, su dignidad les alcanza para campesinas, obreras, trabajadoras informales, sirvientas o prostitutas.

¿Qué es usted?, ¿"ama de casa"?

Las mujeres debemos hablar del trabajo. Esa es mi alegría con este libro. ¿Qué ofrece el trabajo humano a la humanidad y a la vida en este planeta? Intuyo que las mujeres podríamos tejer, como hilanderas, maneras de convivir donde adquieran igual valor la vida reproductiva y la productiva. Es más, las mujeres podríamos tirar esas palabras e inventar una que muestre el trabajo como movimiento inseparable de la creación y de la producción para la vida.

Los hombres, muchos hombres, también podrían compartir esta vocación a cuestionar los cimientos civilizatorios de nuestros sistemas de trabajo, porque también millones de hombres en el mundo están padeciendo ese efecto que Lorena Carrillo muy bien advierte para casi todas las mujeres de Guatemala: el que la libertad de trabajo no haya implicado autonomía personal.

El trabajo ha sido dinero; se impone como opción cerrada en la escalera de poder, un poder mundial que debemos reconocer masculino y cada vez más cerrado. ¿Por qué el trabajo debe significar sacrificio, castigo, reclusión, muerte, enfermedad, destrucción y más desastres? ¿Acaso las mujeres debemos seguir cargando la desvalorización radical que se hace de la procreación, de la educación de los hijos o de la atención reproductiva en general? ¿En qué contribuye a la vida reproducir para alimentar fuerzas de trabajo sometidas al consumismo, al despilfarro, a la depredación?

Las mujeres son el corazón de ese régimen milenario de trabajo. Nosotras podemos cambiarlo, podemos rehacer relaciones para nacer, comer y crecer. Podemos mostrar que ese sistema de producción es enemigo de la vida, que enerva todas las violencias que reciben las mujeres y muchos miedos de las nuevas generaciones juveniles.

Ninguna violencia desaparecerá mientras el trabajo de las mujeres siga siendo instrumento de un modo de vivir para competir o sobrellevar la muerte.

Fuente: www.sigloxxi.com


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