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Querido, ¡no por favor!
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 23 de noviembre de 2004
tpalencia@guate.net.gt

¿Como ya es usanza?... este jueves 25 de noviembre se declara el Día de la No Violencia contra la Mujer. Si pensáramos en eso...

Uno de los curiosos sinónimos que ofrece el diccionario para la violencia es el de pasión. Es posible que en la oscuridad recóndita de nuestro atavismo humano habite esa verdad absoluta: "Eva provocó a Adán. Verdad inmutable que creemos natural. Ella es la fuente de pasión peligrosa, es el instinto que nubla la razón. La de los humores malignos", dijo San Agustín.

Ese ímpetu vital -se habrá pensado- debe ser sujeto de control: la pasión se domina, se vigila, se inspecciona. Entonces, no será al revés, que violencia es quebrantar la pasión, el instinto, que al final es lo más único que puede tener la persona humana. Ellas no decidían con quién casarse.

El quebranto es ritmo en la historia de las mujeres. Aunque usted o usted, caballeros, no sean así, es imposible ocultar hoy que heredamos y alimentamos una cultura donde las mujeres son y están al servicio de los hombres. Esa cultura es agresiva, domina la pasión, el ser, la autonomía, la historia propia de la mujer. Y las recluyeron adentro de las casas.

Es adentro de la pareja, célula de la sobrevivencia humana, donde la violencia desamarra los hilos de su dominio. Clara Coria, pensadora feminista, indica que en el modelo de pareja dominante "el amor se concibe como lucha, la solidaridad como sobreprotección, la autonomía como un atentado a la unión, el respeto como sumisión, los intereses personales como desnaturalización del vínculo entre ambos y los contratos hablados como atentar contra la plenitud del romance". La tensión es siempre latente. ¿Violencia?

¿Qué vemos? Peleas por dinero. La administración y la idea del dinero suele ser violenta en las parejas. El dinero está sexuado, asegura Coria. El floreciente trabajo asalariado ha permitido a las mujeres administrar dinero propio, pero todavía lo más común es que sea el hombre el administrador natural de los recursos y registros económicos estratégicos de la pareja, aun así con el dinero de ella. Al hombre se le ha permitido ejercer poder con el dinero. El jefe de la familia, el de la herencia, el de la firma, el que puede comprar sexo.

Hoy, todos esos viejos patrones hierven de podredumbre. Las peleas por dinero son comunes en las parejas. No piensan, no reparan que el dinero es de los dos, que los dos ponen su trabajo y que juntos sostienen una mole de sistema que los aplasta. Abundan las escenas de borracheras, golpes y pisto.

Y la madeja violenta más envolvente es esa fijación cultural obsesiva de reducir la mujer a pasión, a pasión sexual (como si el cuerpo no fuera -a su vez- espíritu). Se siente en los ambientes que la mujer es, ante todo cuerpo, mero objeto de deseo sexual. Los deseantes están enseñados para la posesión, marcar su territorio, conquistar. Esta mujer es mía, ésta también, a ésta la deseo; por esa, ni un quinto... Vienen los celos, las caricias abusivas, las mamacitas, el acoso sexual, el engaño, las trompadas, la violación.

Las noticias sobre la violencia en el mundo muestran que somos socialmente infuncionales, que somos responsables, hombres y mujeres, de toda esa farsa de dominio político. Pero las noticias sobre violencia contra las mujeres nos debieran hacer pensar de la seriedad de esta crisis.

Es que con sus múltiples identidades anónimas, la de ser esposa, madre, o si mal les va, amante y... las mujeres abarcamos todos los espacios emocionales de la humanidad. Esos espacios son los que se pudren. La mujer es donde duele, dice el dicho. También llevamos en la sangre la herencia cultural de castigar a la mujer para derrotar al enemigo. La hermosa Helena de Troya lo sabía y lo saben las familias de aquellas mujeres que son asesinadas para vengarse de terceros.

No se puede amar así. No se puede tener queridos, ni querer entre palabras-cuchillos y moretones silenciosos.

Fuente: www.sigloxxi.com


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