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El derecho a un no TLC
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 9 de febrero de 2005
tpalencia@guate.net.gt

El TLC con Estados Unidos no es un tratado comercial. No debe simplificarse a un reto para campesinos ni a bajos precios para consumidores. El TLC es más que eso.

Es un tratado biopolítico. Es un acuerdo capitalista que regula la vida social desde su interior. La amplitud de relaciones que tocan los artículos de este documento incumbe a la producción de la vida misma. Los procesos que pretende desatar ya no son sólo exportaciones de fincas, sino que infiltran todo: producción, servicios, consumo y cultura. Hoy la economía capitalista mundial es cibernética, se fundamenta en la producción de conciencias.

Este TLC facilita la inversión transnacional en los servicios públicos; privilegia la infraestructura transnacional; regula el control privativo de los recursos naturales; violenta la estructura familiar agrícola; concentra la propiedad del conocimiento; crea monopolios y controla lo micro, donde la gente produce y reproduce. Todo el texto del TLC con Estados Unidos, como el texto de su brazo logístico, el Plan Puebla-Panamá, pretenden tener control sobre el territorio, sobre sus cuerpos productivos y de consumo (incluidos los estatales), sobre las fuentes y los estilos de vida, sobre lo que llevamos a la boca y a las mentes. La jerarquía del capital es el factor determinante. El capital financiero inyecta el valor de mercancía a todo, desde la educación hasta la salud. Destruye el concepto del salario social y su idea de empresa sólo es de la gran empresa.

La obediencia y la reclusión en el trabajo ya no son suficientes en el mundo; ya no basta con mano barata; vivimos la gran transformación del capital en un imperio que busca nuevas ganancias, y la economía de servicios abre brecha en este cambio sin precedentes. Como casi todos los tratados de este tipo, el TLC-USA es un plan uniforme que anula la planificación pública nacional; se superpone en sociedades pobres con alta concentración del ingreso y con un historial corrupto y militar de sus no-estados. ¿Por dónde se empezará en estas condiciones?

Pero se va a convertir en ley dentro de poco. ¿Una muestra clara de su indiferencia?. El TLC con Estados Unidos no tiene como referente jurídico la protección de la persona sino el estímulo financiero. El orden que quiere crear no se sostiene en un poder jurídico para dar certeza y estabilidad a los conglomerados sociales. Su poder jurídico entrona la decisión centralizada, hacia arriba, en el oscuro territorio de las transnacionales.

La ley y el derecho, en ese contexto, acentúan su condición de meras técnicas de efectividad, volubles, a expensas de las cambiantes temporalidades y, más que decrépitas, corruptas. Hace unos días vimos decir al representante de la empresa minera Montana, en el programa Libre Encuentro, que él mismo participó en la elaboración de la actual Ley de Minería. Especulo que el TLC va por tal camino: a desregular y regular, a reinterpretar con tráfico de influencias poderosas. Esa preocupación la comparto con el columnista Eduardo Mayora Alvarado.

El TLC curiosamente apela a valores universales, pero nos da un universo cerrado que se separa de las multitudes, de sus deseos y afectos. Será una ley peligrosa. ¡Una ley que nació sin conocer la Constitución de la República! Nacerá otra fisura chapina entre el poder constituyente (los derechos universales) y el poder constituido (la voracidad capitalista).

En el debate político allá en Italia se advierte que nuestra ciudadanía, al igual que nuestra responsabilidad ética, ocurre en medio de una crisis severa del concepto de derecho, fuera de toda imaginación kantiana.

Los dados están jugados. Y la cultura aquí es que nos robamos los dados. Muchas leyes incoherentes entre sí, muchas de interés corporativo y, en general, la ley no se cumple, se manipula. El mejor ejemplo es la Corte de Constitucionalidad. ¿Qué pasará con el TLC?

Fuente: www.sigloxxi.com


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