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¿Otros caminos?
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 10 de mayo de 2005
tpalencia@guate.net.gt

Vemos un híbrido que estimula trabajo pero se come la renta. Se necesita una fuerza que refunde el bien común.

Una ley política chapina es esta: cada gobierno deshace al Estado. Vieja verdad. Pero algo nuevo está pasando. Al Estado lo matan.

Nos cause indiferencia, aceptación o disgusto, la muerte del Estado es un gran círculo vicioso en las naciones pobres, que en su historia de Estado han tenido máquinas que reciclan desigualdad y mordaza.

Es un gran problema porque la poca atención pública se cierra con violencia, provocando más exclusión que la conservada durante su existencia. Esa es la nueva ley política chapina, quizá post firma de la paz. No se observa sólo en la reducción al mínimo de la condición pública social, sino también en la quiebra radical del sentido constituyente de lo público.

Se sabe, puesto que es la tendencia mundial: desde más tarifas por luz y agua, más gastos por educación y salud, más costos por jubilación, hasta lo que este gobierno de GANA nos ofrece: trasladar a grupos del gran empresariado, en términos monopólicos, una parte de los servicios y funciones públicos para promover la economía.

El mejor ejemplo es el desarrollo rural: se financiará producción campesina dando a Agexpront la organización del mercado. Comprar barato y vender caro en diferencia absoluta de ganancias relativas. ¿Cuánto cuesta un brócoli aquí?, ¿a cómo lo vende el coyotazgo en Estados Unidos?, ¿qué mano a mano hay en este intercambio? ¿Y el Estado?.

¡Claro!, todo mercado genera alguna movilidad, pero esta novel ley política moviliza al gran capital y reduce a salarios virtuales las ganancias campesinas. ¡Caminos hay mejores, aunque ciertamente más lentos!. Uno de ellos puede ser la promoción pública del control directo de microempresas sobre sus mercados.

Lo que vemos es un híbrido que estimula trabajo pero se come la renta; no inserta al pobre en caminos autónomos, inserta al rico en rutas que roban valor al trabajo campesino. Entonces se asoma un aprendizaje rudo: todo esto de la economía no depende casi nada de las estructuras públicas (o sea del Estado mismo) porque éstas bailan al son que les toquen; depende en buena medida de quien tenga las riendas del gobierno, de quien las haga bailar.

Esto lo han de saber las corrientes de Stein o Rigoberta Menchú o Frank La Rué, que intentan como malas golondrinas cediendo en cosas básicas. Ya no sirven los intentos de los políticos de la oligarquía por salir acompañados de su flotilla reformista, la que decora el cadáver del Estado.

Las reformas que se necesitan son extraordinarias. Por eso mismo, aun descascarado como está y en vías de extinción, es necesaria una fuerza política que refunde el bien común. Una que profundice el desarrollo rural y no se dedique -en nombre de la Constitución-a alfombrar los mercados de los ricos. El Estado necesita otra dirección porque la de hoy sólo administrará pobrezas.

La principal lección, por tanto, es revisar a quién damos el voto.

Fuente: www.sigloxxi.com


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