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¿Quién da más?
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 17 de mayo de 2005
tpalencia@guate.net.gt

El mercado: referente obligado de la política mundial. Es el dominio que más determina la vida cotidiana.

El mercado de trabajo, el mercado de alimentos, el mercado de energía, el mercado financiero... Negar la importancia del mercado es desfachatez.

Criticarlo es una obligación. El mercado no es una cosa en sí, natural, pura. Es una producción histórica hecha de poderes -como el Estado- y se ha caracterizado por un rasgo central: hacer que el capital produzca ganancias.

Ese mercado convierte la mercancía en la forma general de todo producto y hace del dinero su criterio de valor. Es un mercado agresivo, detengámonos en él... desde la tiendita de la calle. Y el petróleo en Iraq y el agua en Palestina y la Coca Cola en lugar del atol, y así la libertad de comprar y vender en las ceremonias de los fines de semana entre las vitrinas de los centros comerciales.

Su razón es la ganancia. En ese camino se ha vuelto una franja muy exclusiva (porque crece el hambre), depredadora (porque le importa poco la vida) y muy controladora (porque monopoliza el saber y cede la potestad de norma a poderes imperiales). Un ejemplo es el comercio de medicamentos.

El mercado debiera cambiar radicalmente. Debiéramos no divorciarlo de la economía en su conjunto y reparar -como dicen las abuelitas- que siempre se cosecha lo que se siembra. ¿De dónde viene lo que consumimos? ¿cómo se produce lo que compramos?. Pensar sobre eso ayudaría a comprender qué tipo de mercado es el que hemos creado.

Un problema fundamental alrededor del mercado es el de la política. El gran Maquiavelo se encargó de preparar un Estado capaz de contener y velar por los intereses de los mercaderes florentinos. Toda una franja de ciudadanía política creció alrededor de un Estado paraeconómico porque la vida colectiva por siglos se definió al final en los circuitos paraestatales o públicos. La seguridad social es un caso, el derecho civil es otro.

Ahora, sin embargo, el engranaje del Estado pierde plena autoridad sobre la economía. Hoy la participación en la vida colectiva se define más por la participación económica y menos por la participación política. Soy más una consumidora que ciudadana (¿Qué significa para el futuro?).

Mientras tanto, los circuitos paraestatales, por supuesto entre ellos los políticos y los partidos, muestran su decadencia. La tradición del hombre público está en pleno declive y en pleno apogeo el mercado de las funciones estatales. La política pública se vende.

Quizá sería muy interesante considerar formas de gobierno, de lo público, simplemente no estatales, entretejidas con la vida de la gente, con su producción y reproducción, con sus mercados. Buscar nuevos poderes constituyentes.

Pero en fin (las utopías no gustan), y el realismo económico (real ekonomie) -como dice un buen amigo- es ahora tan fuerte que aplasta al realismo político (real Politik). Tal es el reto de la política: superar esa disyunción, entrelazarse con la vida productiva de la gente.

*Periodista y escritora

Fuente: www.sigloxxi.com


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