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Memoria, tiempo y sujeto
Por Tania Palencia Prado - Guatemala, 31 de mayo de 2005
tpalencia@sigloxxi.com

El pensamiento revolucionario ha hecho del partido político un fetiche, una razón que reifica al Estado

F&G Editores publicó un libro de ensayos de Sergio Tischler Visquerra titulado Memoria, tiempo y sujeto. Es excelente. Tischler hace filosofía política, discute el pensamiento político heredado y explora nuevas subjetividades para interpretar y ejercer poder.

Un invisible arco iris atraviesa el libro en hilos que tejen cada página con una preocupación: la vida. Y es cierto, bien vale la pena pensarnos como trabajo vivo; usted, yo, en el hecho cotidiano, somos personas que reproducimos vida. El trabajo es mediante la vida.

Pero no lo creemos. Acostumbrados a vender trabajo, disociamos el trabajo de la vida, lo reducimos al salario, a mera mercancía, y se nos hace aceptable esa idea de yo no trabajo, soy ama de casa. Para que creamos tales cosas han debido pasar siglos de dominación simbólica.

Pensarnos como trabajo vivo, como personas en el hacer de la vida, implica cuestionar esa dominación simbólica, su concepto lineal del tiempo, su anulación de la persona en cosa, su seductor olvido, sus sesgos sexistas. Implica cuestionar una cultura de poder.

Sergio se detiene en cuatro categorías de esa cultura: ciudadanía, clase, partido y Estado político. La ciudadanía afirma al sujeto burgués, declara a los desiguales como iguales, los separa de su realidad social y los conduce por los partidos a una relación mediática con el Estado bajo el sueño colectivo de reciclar diferencias. Asunto imposible en América Latina.

Nuevas formas de existencia crítica a ese sistema están emergiendo, afirma el autor, y habla de los zapatistas y los piqueteros. Nacen negando y negándose. No tienen aspiración por investirse de farsa ciudadana, son flexibles e inestables, resisten y ensayan nuevas cohesiones y sentimientos porque su afán no es dar vuelta a la tortilla, sino salirse de todo tortillero tóxico.

Las fuerzas que rechazan las ilusiones del macro poder estatal, debieran ser fuente de reflexión para el pensamiento revolucionario, el mismo que como dice Tischler, heredó la lógica positivista de ver la política como especialización, de separarla del trabajo vivo. La política no es profesión de elites ni oficio único de los partidos. Es ejercicio de poder.

El pensamiento revolucionario también ha hecho del partido político un fetiche, una razón instrumental que reifica al Estado, sin reparar que el Estado refleja siempre el movimiento del capital. El pensamiento revolucionario ya no puede ser esa moral de redención que termina separando al trabajo vivo de sus condiciones de existencia.

En esa crisis coexisten muchas fuerzas de izquierda alimentadas por la cooperación internacional, flotando por el Estado y alejadas de la economía cotidiana de la gente excluida. Dos ejemplos chapines: "Entregar dinero por los muertos" y "convertir la organización campesina en una ONG". Alas, piensa Sergio.

*Periodista y escritora

Fuente: www.sigloxxi.com


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