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Violencia ¿Nuestra herencia?
Por Virgilio Álvarez Aragón - Guatemala, 24 de agosoto de 2005
viralvarez@intelnet.net.gt

En Guatemala, las cárceles son ahora el espacio privilegiado para aplicarle la pena de muerte a cualquiera.

Estábamos cerrando el ciclo escolar de 1998 y tenía casi concluida su tesis de maestría en educación. Hablamos mucho sobre las raíces y orígenes de la violencia pues en su proceso formativo se había aproximado a las propuestas teóricas de René Girard, para quien, en síntesis, las prácticas religiosas de reverenciar sacrificios humanos (el Padre que pide sacrificar a su Hijo para perdonar a toda la humanidad) no es sino un mecanismos para, reverenciándola, controlar la violencia.

Pero para este profesional de la educación, la reflexión teórica no era lo más importante, su objetivo era encontrar los mecanismos mediante los cuales los delincuentes juveniles pudieran dejar de agredir a sus congéneres y, sobre todo, dejar de amenazar a la escuela en la que el trabajaba. Su esfuerzo era mucho más radical y humano: dispuso realizar su postgrado sin abandonar la escuela en la que trabajaba, de manera que pudiera ir aplicando su propuesta en el cotidiano escolar. Atraer a los padres de familia para conversar sobre las razones de la violencia juvenil y avanzar en construir mecanismos de inclusión de los transgresores en el espacio escolar era una de sus propuestas.

Los jóvenes delincuentes ejercen la violencia primero con sus más próximos, no sólo por que ellos son quienes más conocen, sino porque es la reverencia y respeto de ellos la que quiere; de esa cuenta, concluía este estudiante, hacerles entender su espacio de otra forma; hacerlos responsables de su comunidad era un primer paso para enfrentar la violencia.

En Guatemala, las cárceles, convertidas desde hace mucho tiempo en tierra de nadie, son ahora el espacio privilegiado para aplicar la pena de muerte a cualquiera. Si durante más de 30 años quienes controlaron el país dirigieron matanzas y desapariciones en defensa de una supuesta legalidad o para enriquecerse apresurada e ilícitamente, hoy sus enseñanzas son practicadas en los estratos más pobres de la sociedad con igual saña y violencia, pero siendo, por suerte, más publicitadas que aquellas. Los muertos recientes, y con seguridad sus asesinos, son jóvenes entre 20 y 30 años, sin mayor escolaridad y sin mayores horizontes ni expectativas.

La escuela y los maestros tienen en todo esto una gran responsabilidad, los niños que con 9 o 10 años están próximos a abandonar la escuela pueden ser los futuros mareros, por lo que antes de que esto suceda los proyectos escolares deben construirse tratando de evitar, concientemente, este triste designio.

El magisterio organizado debe pelear y exigir mejores condiciones de trabajo, pero también debe entrar a discutir con seriedad cuánto se puede hacer desde la sala de clase para que este fenómeno no convierta en los próximos días a los maestros en la víctima sacramental de las maras.

Fuente: www.sigloxxi.com


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