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El reparador de sueños
Por Virgilio Álvarez Aragón - Guatemala, 31 de agosoto de 2005
viralvarez@intelnet.net.gt

Todos tenemos nuestro "salón principal", ese que algunos llaman corazón, otros alma.

En su época más fructífera Silvio Rodríguez compuso una poética canción con título similar. Es la historia de una personita feliz, que "con afán risueño de remediar lo roto" va "tocando lo sucio en oro". Es un poema del optimismo, de la convicción de que los sueños e ilusiones pueden ser reconstruidos, reparados. Y el enanito de la canción bien pueden ser los niños, esos que llegan "hasta el salón principal/donde está el motor/ que mueve la luz" pues, "siempre allí/hace su tarea mejor/el reparador de sueños".

Todos tenemos nuestro "salón principal", ese que algunos llaman corazón, otros alma y otros conciencia. Eso que nos hace recapacitar y retomar nuestras esperanzas, nuestras ilusiones, revaluar nuestros actos y proponernos nuevas metas.

Pero si los niños con sus sonrisas, con sus miradas, tienen la capacidad de hacernos recuperar los anhelos, las utopías y, por qué no decirlo, también el amor, asimismo las caras tristes, las barrigas repletas de lombrices que luego se traducen en gestos violentos y pordioseros nos hacen entender que muchos de nuestros sueños no pueden ser reparados mientras unos hagan de todo para evadir sus responsabilidades fiscales y otros ilegítimamente se atragantan, legalmente, con los recursos públicos.

Si algunos poseemos la incurable enfermedad del optimismo, todo parece indicar que en sociedades como la nuestra ésta no es contagiosa pues, día a día, muchos niños y niñas beben altas dosis de vacunas de desamor, de abandono, de racismo. Con entornos que lo único que les ofrecen es injusticia y desprecio, sus sueños, si alguna vez los tuvieron, hoy se han convertido en pesadillas pues el único horizonte que se les ofrece es la participación violenta en la mara del barrio.

La escuela, que bien puede funcionar como espacio de reconstrucción de esperanzas e ilusiones, no es una solución mágica como algunos quisieran que fuera, pue, para lograrlo, a la buena voluntad de unos pocos hay que agregarle recursos y capacidades de muchos.

Los maestros que cotidianamente trabajan con niños y jóvenes sólo pueden convertirlos en soñadores, si ellos recuperan la capacidad de soñar y la expectativa de poder construir sus propios sueños en realidades; si en lugar de verse como piezas descartables de un carro viejo, se descubren como personas dignificadas en su trabajo y su labor.

Para que el reparador de sueños entre en nuestras casas es necesario que la escuela sea de nuevo un espacio de alegría, entusiasmo y creatividad, para lo cual es indispensable que el maestro, con su dignidad revalorada, no tenga que esconder los remiendos de su ropa ni tenga que correr de plantel en plantel para ganarse el sustento, sino, sabedor de que con su trabajo puede sostener dignamente a su familia, se entusiasme por perfeccionar su labor día con día. Nada, pues, se puede lograr si los maestros no son puestos en el centro de cualquier esfuerzo renovador.

Fuente: www.sigloxxi.com


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