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La monotonía rítmica de una celebración
Por Virgilio Álvarez Aragón - Guatemala, 14 de septiembre de 2005
viralvarez@intelnet.net.gt

La Independencia es al final de cuentas, un dato tan difuso y lejano como la idea de nación.

En Guatemala nos hemos acostumbrado a que los acuerdos a los que llegamos son tan generales, que cada uno puede interpretarlos a su antojo. Muestra de ello es la inmensa variedad de azules con los que representamos la bandera nacional. En una misma plaza pública, oficina gubernamental, carro o frontispicio pueden verse convivir a la bandera que el decreto 12 de Miguel García Granados (17/08/1871) implantó porque restituía los colores que en 1823 había decidido la Asamblea Nacional Constituyente, con varias versiones de la que, impuesta en 1968 y ratificada por el régimen de facto de Mejía Víctores, vino a sustituirle porque supuestamente el azul brillante (iscc-nbs 177) corresponde más al azul del cielo de Guatemala.

Al común de los guatemaltecos ni nos inmuta ni nos preocupa que en las calles convivan distintas banderas queriendo simbolizar nuestra unidad, como tampoco nos hace reflexionar que por todas las ciudades y plazas salgan los jóvenes estudiantes vestidos y marchando a la usanza militar, golpeando marcial y monótonamente un número cada vez mayor de tambores y redoblantes. La Independencia es al final de cuentas un dato tan difuso y lejano, como la idea de nación a la que supuestamente representa esa variedad de banderas.

Cada vez más pobres de solemnidad, como lo demuestra cada año el Informe del PNUD, nuestros descendientes día a día pierden la esperanza de que les brindemos posibilidades reales para disfrutar los más mínimos beneficios del mundo moderno. Acostumbrados a no asumir con seriedad nuestras responsabilidades, siempre procuramos encontrar en el pasado o en el vecino la culpa de nuestros males, sin asumir a cabalidad toda la responsabilidad que nos corresponde.

A los supuestamente ilustrados poco nos interesa entender por qué aquella gavilla de conservadores, que meses antes habían mantenido encarcelado a Antonio Larrazábal por defender un modelo republicano, de la noche a la mañana se convirtieron en independentistas, como poco nos preocupa que nuestros vecinos no tengan para comer y mucho menos escuela dónde estudiar.

Así las cosas, en un país donde cada vez son menos los espacios y oportunidades que los niños y jóvenes tienen para entretenerse, mostrarse y flirtear, que unos salgan a imitar a soldados, otras a soñarse bastoneras de estadios americanos y los más pobres corran entusiastas portando antorchas supuestamente libertarias no debe sino alegrarnos, pues los jóvenes de este país, como los de todo el mundo, luchan y se desgañitan por demostrarnos que ellos vinieron a este mundo para disfrutarlo alegres y entusiastas, y es nuestro deber propiciarles condiciones para que lo logren.

De los adultos depende que los maratonistas sean cada vez más sanos, que los tamborileros sepan cada día más de música y que, finalmente, todos entendamos un poco más qué es eso de ciudadanía, libertad, soberanía y, sobre todo, responsabilidad pública.

*Doctor en Sociología Educativa

Fuente: www.sigloxxi.com


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