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No hay justicia con olvido
Por Virgilio Álvarez Aragón - Guatemala, 8 de agosto de 2007
viralvarez@intelnet.net.gt

Treinta años después vemos que el rotundo silencio que el militarismo impuso aún predomina.

¿Puede una sociedad reconstruirse sobre el silencio que premia al torturador?

Apenas nos despertábamos de los dolores que el terremoto de febrero de 1976 nos había dejado, el proyecto modernizador autoritario y excluyente que la alianza entre las elites económicas y militares querían imponer había sufrido un rudo golpe, y el disciplinado, pero poco hábil gobernante no lograba tomar el control de las dispersas variables del poder. Distintos sectores de la sociedad no encontraban otra salida a la dominación impuesta que no fuera por las armas, pero aún se podían imaginar procesos de distensión que permitieran no sólo la inclusión de otros actores a la vida política sino la eliminación de nuestra aberrante pobreza extrema.

En ese marco de intolerancia y autoritarismo, dos jóvenes, casi niños, fueron secuestrados la noche del jueves 28 de julio de 1977; ambos eran activos dirigentes estudiantiles de educación media, uno vicepresidente de la Asociación de Estudiantes del Instituto Rafael Aqueche y el otro ex dirigente de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Comercio y cursante, para entonces, del primer año en la Facultad de Agronomía de la Usac. Todo el día siguiente, un lluvioso viernes de finales de julio, fue de angustia para sus próximos y allegados, teniéndose la fatal noticia del aparecimiento del cadáver del más joven el sábado 30 en horas de la mañana. Las señales de torturas y estrangulamiento que el cuerpo de Aníbal Leonel Caballeros presentaba denotaban la saña y violencia con la que había sido tratado.

La expectativa entonces fue tratar de salvar la vida del otro estudiante y el lunes 1 de agosto más de mil estudiantes recorrieron las calles céntricas de la aún derruida ciudad reclamando ¡Queremos a Robin vivo! Aún se creía que una amplia movilización social podría devolverlo con vida, y con ese grito en la garganta se trató de convencer a sus captores. Las autoridades decían estar buscándolo sin por ello dar muestras de por dónde enderezaban sus pesquisas. La agitación iba en aumento; las marchas aumentaban su volumen y duración; sin embargo, ya nada podía hacerse. El 5 de agosto, una semana después de su captura, aparecía el cuerpo de Robin García con evidentes marcas de tortura y, según las informaciones, fallecido casi al mismo tiempo que su amigo.

El sepelio de Robin fue una potente demostración de repudio y condena a los métodos represivos del gobierno militar, y es evidente que ante su muerte muchos jóvenes asumieron que la única salida que el país tenía era expulsar con las armas a un régimen que sólo podía actuar en las sombras, con alevosía y saña.

Treinta años después, los sobrevivientes vemos con tristeza que el rotundo silencio que el militarismo impuso aún campea y predomina. Los torturados, amparados por silencios cómplices, recorren indemnes calles y plazas. Sus jefes, tranquilos, disfrutan de jugosas jubilaciones y, muy posiblemente, en las noches lluviosas visiten sus trofeos, que no son sino los rostros descompuestos de estos y muchos jóvenes más que mandaron a asesinar para mantener sus prebendas y beneficios.

¿Puede acaso una sociedad reconstruirse sobre el silencio impune que premia al torturador y sus mandantes? Si los guatemaltecos no tenemos el coraje y la sabiduría de enjuiciarlos, nuestros Von Wernich andarán siempre felices por las calles repartiendo bendiciones, pero también amenazas, sabedores de que ellos o sus imitadores podrán golpear y masacrar cuantas veces quieran.

Fuente: www.sigloxxi.com


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