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Criminales todos
Por Virgilio Álvarez Aragón - Guatemala, 22 de agosto de 2007
viralvarez@intelnet.net.gt

El gran error de DaylinAraceli, dicen algunos, fue haber intentado evitar que le robaran.

La seguridad parece ser una cuestión privada donde cada quien se cuida.

La noticia apareció en la página interior de uno solo de los diarios escritos del país, posiblemente porque la razón del crimen fue un objeto tan fútil y común como lo es en la actualidad el teléfono celular. Su gran error, dicen algunos, fue haber intentado evitar que se lo robaran, porque en un país donde la vida no vale nada, un lápiz, un zapato, ya no digamos un teléfono celular, valen mucho, pero mucho más que la vida de una niña.

Su nombre ya nadie lo recuerda y su historia es una más en este mar de asesinatos que a diario cometemos. Porque a Daylin Araceli Escobar Góngora, con sus apenas 14 años cargados de ilusiones, no simplemente la asesinaron los dos vándalos que inmisericordes le asestaron tiros mortales; la asesinaron todos aquellos que, en búsqueda de una “ganga” y que se pasan de listos, compran productos de dudosa procedencia.

Pero la asesinaron también las grandes empresas telefónicas que se resisten a tomar medidas serias que impidan activar aparatos sin comprobante legal de compra. La asesinaron los corifeos estrafalarios que a voz en cuello defienden el supuesto libre mercado y toda la informalidad que lleva consigo. La asesinaron, claro está, los que se oponen a controles efectivos en las actividades comerciales, sean grandes o pequeñas.

Pero también la asesinaron los que irresponsablemente se oponen a que el sistema escolar sea de amplia y total cobertura, que permita formar a todos con perspectivas serias de trabajo. Porque los que jalaron el gatillo contra Daylin fueron jóvenes que desde hace meses, o talvez años, el sistema económico y político de nuestro país los condenó a la marginalidad; instrumentos fáciles para que muchos podamos satisfacer nuestros deseos de consumo, aun sea con productos de mala calidad y muy dudosa procedencia.

Talvez por eso no fue mayor la preocupación de los medios de comunicación, ensimismados en vender cuanto espacio sea posible a candidatos a cargos de elección. Al final de cuentas la seguridad parece una cuestión privada, donde cada quien se cuida con los guaruras que pueda pagar, con las armas que pueda portar o con las falsedades que pueda endilgar al vecino.

Nada de responsabilidad colectiva, nada de compromisos públicos de unos para con los otros, nada de resolver la pobreza y ofrecer educación de calidad a todos. Para los guatemaltecos, la marginalidad de muchos parece ser la fuente de felicidad de unos pocos.

Mas usted no se preocupe: compre cuanto producto sin documento legal sea, pues, aunque manchado con la sangre de Daylin, nadie lo podrá culpar de asesinato y en cambio muchos le dirán que es muy listo y hábil para los negocios. Claro, tome todos los cuidados posibles, porque si una turba de vecinos está tratando de juzgar por su cuenta a algún “Edwin Chonay” de los tantos que deambulan por las calles secuestrando y asaltando, algunos amigos de éste lo pueden acusar a usted de ladrón o estafador y ponerlo a pelear con él y no habrá poder divino que lo salve del fosforazo y la gasolina que otro feliz transeúnte le pase a este “Chonay” que, desesperado por salvar su pellejo, no durará en prenderle fuego.

Pero no se apene que los vecinos, cual habitantes de San Martín Jilotepeque, celebran su muerte con mucha algarabía, considerando que así podrán disfrutar felices de esta selva sangrienta en la que hemos convertido a Guatemala.

Fuente: www.sigloxxi.com


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