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Desde el sur llega aire fresco
Por Virgilio Alvarez Aragon - Guatemala, 4 de noviembre de 2020

La aplastante victoria en Bolivia, este 18 de octubre, del Movimiento al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) ha dejado a muchos sin habla. Ha obtenido 55.1 % del total de los votos válidos emitidos, con una participación del 88.4 % del total de los electores habilitados. El MAS-IPSP tendrá mayoría calificada en las cámaras de diputados y senadores, lo que significa un rechazo total y absoluto al régimen golpista que hace apenas un año derribó al gobierno de Evo Morales, miembro y líder importante de esa amplia organización que no es un simple partido, sino todo un movimiento de masas.

Ocho días después, este 25 de octubre, en Chile, una inmensa mayoría de electores se pronunció a favor de que la Constitución Política de la República, impuesta por el régimen dictatorial de Augusto Pinochet, sea sustituida por otra, esta vez redactada por una Convención Constitucional electa por la población. 78.27 % de los votantes aprobaron el entierro de la Constitución pinochetista, y una proporción un poco superior (78.99 %) se pronunció porque sea redactada por esa Convención Constitucional, en la que deberán estar representados todos los sectores sociales y ser paritaria en cuanto a género. Sin embargo, a pesar de la intensidad de la disputa, a las urnas acudió solo el 50.9 % del total de los electores inscritos. Hay que considerar que, mientras en Bolivia el voto es obligatorio, en Chile es opcional y, desde hace más de una década, la participación en los eventos electorales ha sido menor al 60 %.

En Bolivia se impuso un frente popular, construido hace años y consolidado paso a paso, durante la gestión gubernamental de Evo Morales, situación que el golpe de 2019 no vino a afectar, sino, como analizó recientemente el exvicepresidente Álvaro García Linera, consolidó aún más. Los distintos liderazgos populares, en lugar de entrar en una disputa fratricida por el poder y fraccionar su fuerza, optaron por apoyar mayoritariamente a Luis Arce Catacora y David Choquehuanca, apostando por la unidad en la diversidad de ese ya masivo frente popular.

El resultado electoral boliviano ha sido la confirmación de la voluntad mayoritaria por retornar a un proyecto político económico en el que, sin subterfugios, pero también sin demagogias, se han puesto los recursos naturales al servicio de la población. Un manejo austero de la economía permitió que los por siglos empobrecidos tuvieran accesos a bienes que les permitan una vida digna. La nueva Constitución boliviana, aprobada en 2009 y que promueve el «vivir bien» (en aymara, suma gamaña), fue el marco de referencia para todos los cambios políticos y económicos impulsados por el gobierno de Evo Morales en sus trece años de gestión, durante los cuales el artífice de las transformaciones económicas fue, precisamente, el ahora presidente electo Luis Arce, como su ministro de Economía y Finanzas Públicas.

Si los bolivianos han votado, de forma masiva, por retornar a un modelo que ha sido beneficioso para las mayorías, en Chile ha sido lo contrario. Allí lo que se ha aprobado es el entierro de un régimen que ha profundizado las inequidades. Porque si bien es cierto que los pobres chilenos no están en la indigencia en que la vivían hasta hace algunos años cientos de miles de bolivianos, no se pueden negar las desigualdades que enfrentan muchos chilenos y chilenas; como recién afirmara el papa Francisco, «cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas no comparables con la realidad actual (…). La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto».

En Chile no solo los sectores progresistas estaban indispuestos respecto al régimen político y económico impuesto por la dictadura. Un poco más del 20 % votó para que la Constitución pinochetista permaneciera, sector que puede ser el techo, ¡pero también el piso!, de las fuerzas más conservadores y autoritarias chilenas. Hay, en consecuencia, una amplia gama de actores que, insatisfechos con un dispositivo legal que solo enriquece a algunos, no necesariamente estarían todos a favor de un pacto social al estilo de lo construido en las dos últimas décadas en Bolivia. Es este el próximo desafío de los sectores democráticos y progresistas chilenos, construir un amplio frente en el que las demandas de las clases medias no obstaculicen las exigencias de los sectores populares e indígenas.

Porque si bien es cierto que en los dos países se ha consolidado la democracia, forzada por una amplia y casi constante movilización social, también, en ambos, la tendencia de los sectores ultraderechistas a hacer uso de la fuerza y la agresión física y verbal no se ha disipado y es un factor a tener siempre en cuenta.

Los logros democráticos en ambos países son inmensos. Los triunfos: lecciones importantes para imaginar un nuevo futuro para las grandes masas de trabajadores del campo y la ciudad, de los pueblos indígenas y clases medias del continente, pero entendiendo que esos logros son consecuencia de largos períodos de luchas y esfuerzos, y no milagros ni consecuencias del azar.

Y si esos dos procesos se realizaron en paz, a pesar de la crisis sanitaria, resulta contradictorio, y hasta aberrante, que la Unión Europea y demás países supuestamente democráticos digan que en Venezuela no existen condiciones para que se realicen elecciones libres y confiables.

En Bolivia, las elecciones se produjeron a pesar de que el principal líder político, Evo Morales, no solo fue impedido de participar y entrar al país, sino enjuiciado ilegalmente, al grado de que pocos días después del triunfo masista los jueces han anulado las demandas. Sin embargo, ni la UE ni la OEA y los países del grupo de Lima se refirieron al respecto, mucho menos cuestionaron el proceso. Muchos políticos bolivianos debieron salir del país y otros tuvieron que refugiarse en la embajada de España, de donde aún no se atreven a salir, negándoseles su participación en el pleito electoral. De nuevo, ni los europeos ni los gobiernos que apadrinan a Luis Almagro cuestionaron el proceso electoral boliviano. El gobierno golpista de Añez impuso a los responsables del órgano electoral y tampoco entonces se pusieron en cuestión las elecciones.

Todo lo contrario, los gobiernos supuestamente democráticos abrazaron a Añez, aplaudieron y apañaron sus actos arbitrarios, tal vez confiados en que en esas condiciones el MAS-IPSP sería «democráticamente» borrado del mapa. Pero a pesar de todo ese escenario adverso, el masismo asumió el reto y se dispuso a participar. Entre sus opciones estaba una posible derrota, pero estaban convencidos que solo participando podrían ganar espacios y profundizar en su lucha, ¡y ganaron abrumadoramente! Por qué, entonces, las derechas venezolanas no son estimuladas a participar activamente en ese proceso electoral y, de esa manera, dejar en evidencia al supuesto dictador.

En Guatemala, lamentablemente, la ultraderecha cada vez se apropia de más espacios políticos y sociales, ya no recostada en el «ande soberbio» sino, acuñada en los Apalaches, se cobija «bajo el ala de grana y de oro» de la corrupción endémica de sus políticos, militares y empresarios, mientras los sectores progresistas insisten en un cruel canibalismo en su archipiélago de robinsons.

 

Fuente: gazeta.gt - 291020


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