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Apuesta por la ideología
Por Vicente Chapero - Guatemala, 30 de mayo de 2018

Transcurre un presente vertiginoso, fragmentado y superficial, casi distópico. Si aún creemos que otro mundo es posible, pareciera que ya no lo imaginamos tan diferente. Deseamos cambios, pero los pensamos dentro de los márgenes que nos permite el mismo sistema. Una ciudadanía con Alzheimer histórico y con un ideario difuso o monocromático, auto limita su alcance para actuar en consecuencia. Como en las películas actuales, queremos pasar a la acción cuanto antes, esperamos resultados inmediatos con acciones ilusorias. Criticás pero no hacés, es una frase recurrente cuando alguien cuestiona alguna iniciativa, máxime si es bien intencionada. Y así se dan mil campañas ilusorias, que mueven pero no articulan, que promueven caridad mas no solidaridad, que palían un efecto pero no van a la raíz. Y luego ¿cuántos realmente se cuestionan la efectividad de dicha acción? Así se nos sigue pasando el tiempo, haciendo por hacer.
El sistema de hedonismo de vitrina nos hace creer que no hay otro camino más que el actual. Que alejado del centro solo existen extremos (ese centro que, además, se sitúa corrido a la derecha). Al horizonte que Marx trazó, sin atajos ni sorteos, el sistema le ha interpuesto una montaña en medio que, aunque pareciera desmoronarse, no termina de sucumbir. Aceptamos resignados el reto a pesar de queno todos iniciamos el ascenso desde el mismo punto ni en las mismas condiciones. En esa eterna competencia individual avanzamos resbalando dos pasos de cada tres, aspirando a una cumbre que muy pocos alcanzarán. Y es que además es un ascenso engañoso, ya que la clase social de la que partimos es, generalmente, la misma del final. ¿Acaso no hay otra ruta más que la vertical? Desdibujado está el plano horizontal de la memoria colectiva.
En ese devenir de nuestros tiempos, la lucha contra la corrupción ha adquirido para muchos el papel de faro; de lumbre entre tanta podredumbre. Subidos al barco contra la corrupción, sin otra brújula más que la de esa lucha, éste nos llevaría inevitablemente a donde la corriente dominante le plazca. Y es que, como bien dicen, la lucha contra la corrupción no tiene ideología y, por tanto, aunque nos guíe por una ruta más límpida, transparente, el destino será el mismo.
Si solo nos dejamos llevar por el camino trazado actualmente, con la única bandera de la lucha contra la corrupción, estaremos legitimando y reforzando el modelo, de derecha neoliberal, con el que nuestra oligarquía - iletrada, conservadora y finquera - ha regido desde 1954 ya fuera con golpes de estado, fraude electoral, utilizando fondos del Estado o con (ejem) financiamiento ilícito. Avalaríamos también, sin siquiera cuestionarlo, el Plan de la Alianza para la Prosperidad del Triángulo del Norte (PAPTN) impuesto por intereses puntuales de Estados Unidos, al que la mayoría de los empresaurios se ha tenido que alinear y el cual contempla continuar con la política extractivista del país - más minería, monocultivos, mega proyectos hidroeléctricos -, mantener los privilegios y monopolios, incrementar las deportaciones de indocumentados y la militarización de las fronteras.
Estas líneas son una apuesta por la ideología; por aquella que nace de una verdadera y consciente introspección, definida a partir de nuestras experiencias, lecturas y de nuestros valores como la empatía y la solidaridad. Por esa ideología que luego ha de reafirmase con la congruencia de nuestro actuar. Apuesta finalmente, porque nos fortalece como ciudadanos al brindarnos claridad y definición, para tomar un rol integral dentro de la sociedad y no solo como individuos; para estar políticamente activos desde nuestros espacios colectivos; para ejercer una democracia más plena.
Cuando Otto René Castillo remata contra los intelectuales apolíticos, yo también ampliaría su cuestión a los ciudadanos desideologizados:
“¿Qué hicisteis cuando los pobres 
sufrían, y se quemaba en ellos, 
gravemente, la ternura y la vida?”

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