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Cabildo Abierto
Corriendo hacia el despeñadero
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 23 de marzo de 2016

A la memoria del insigne demócrata, Manuel Colom Argueta, en el 37 aniversario de su cobarde asesinato.

“Nosotros matamos al Arjona, porque activó la bomba sin autorización y nos puso en riesgo”, es la esencia del video mensaje que la mara del Barrio 18 hizo circular en las redes sociales, que se volvió viral entre una ciudadanía que está harta de la violencia común y demanda castigo, más que justicia.

La clase trabajadora, que se mueve todos los días en transporte público, vive diariamente el temor de morir en una balacera, cuando los mareros atacan a los pilotos, porque los dueños de los buses no han pagado la extorsión que ellos imponen. Ese temor llegó al pánico, por el reciente bombazo en un bus en San José Pinula, sin que hubiera una respuesta coherente y efectiva de parte de las fuerzas de seguridad.

Las declaraciones oficiales, desde el Presidente hasta los investigadores policiales fueron retóricas y vagas. En cambio, los mareros del Barrio 18 develaron que el atentado lo dirigió un recluso –habrá que averiguar al servicio de quién- que tuvo acceso a teléfono, comunicaciones fluidas, cómplices exteriores y visitas. Es decir, que gozaba de mucha libertad de acción, lo cual permite suponer colusión o incapacidad de las autoridades penitenciarias.

Antes del bombazo, los delincuentes esparcieron los cuerpos desmembrados de varias mujeres; en un caso, dejaron los restos frente a una comisaría de la PNC, en abierto desafío.

Todo lo anterior, genera la percepción cierta que los ciudadanos estamos indefensos ante el crimen organizado, que el Estado es una quimera y que nuestros impuestos no se usan para darnos seguridad. Quienes pueden, contratan guardias privados, de empresas ilegales, con armas sin registro, resultando a veces que el remedio es peor que la enfermedad, porque los agentes son auténticos criminales.

El resultado frente a tanta brutalidad es una sociedad harta, que demanda respuestas igual de sanguinarias. Por ello, tienen tanto eco medidas demagógicas como la mano dura, la pena de muerte o la limpieza social de delincuentes.

Los casos de CREOMPAZ, Sepur Zarco o el asesinato del niño Molina Theissen demuestran que, cuando los agentes del Estado carecen de control ciudadano, se convierten en genocidas. Las pruebas documentales, periciales y testimoniales demuestran que la “mano dura” termina en crímenes de lesa humanidad, que no es solución y que ya es hora de dejar de invocar el espíritu represivo del dictador Ubico.

Hoy día, las sociedades modernas se mueven por los imaginarios colectivos, mayoritariamente urbanos, pues es en esas áreas donde la tecnología es asequible. Los problemas estructurales, como el hambre y la pobreza, no son detonantes, pero sí constituyen el pasto seco que solamente necesita una chispa para que se provoque un incendio social de proporciones imprevisibles.

Es en ese contexto que el vídeo del Barrio 18 circula a diestra y siniestra, con un mensaje tétrico: “Nosotros hicimos justicia”, y medio mundo aplaude. He escuchado expresiones tales como “Los mareros no se andan con babosadas, como el debido proceso y los derechos humanos; ellos actúan, ejecutan al criminal y punto”.

Ante esta situación, el Gobierno de Jimmy Morales no atina a plantear, ni siquiera, un ofrecimiento coherente. Preocupa observar cómo crece el sentimiento de vendetta, el ojo por ojo, porque la justicia civilizada no avanza y la impunidad crece.

Sin ser alarmista, veo que vamos corriendo al despeñadero de un Estado fallido y una sociedad cavernaria. Debemos atajar esa inercia, impulsar con gran energía una seguridad democrática y una reforma de la Justicia que nos permita vivir en paz y sin exclusiones. Pero eso es ¡ahora o nunca!


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