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Cabildo Abierto
Práctica y discurso del odio
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 5 de abril de 2016

Pervive la tendencia de satanizar a los indígenas para despojarlos de sus bienes.

En un país tan desigual e injusto como Guatemala, el odio campea por doquier. Con razón, odia el oprimido y el marginado, a quien le priva de una vida digna y de un futuro promisorio. Pero ¿por qué odia el opresor? Siendo un privilegiado ¿qué le lleva a promover una práctica y un discurso de odio hacia el oprimido o hacia el diferente? En aras de la convivencia pacífica, bien vale la pena dilucidar este asunto.
Desde antaño, para justificar la dominación, se tendió a descalificar al oprimido; en nuestro caso, al indio. Durante la conquista y la colonia, primero se discutió si los indios eran personas, y luego se debatió si podían gobernarse a sí mismos. El debate, revestido de elementos jurídicos, filosóficos y religiosos, era eminentemente político, y buscaba justificar la ocupación y dominación de América,
Es su obra “Tratado de las justas causas de la guerra contra los indios” (1550), tan erudita como cruel, el militar, humanista, filósofo, jurista e historiador, Juan Ginés de Sepúlveda, le explica a la Europa renacentista las razones que justifican la barbarie hispánica, que redujo en un tercio a la población del continente. Su argumento central, basado en el aristotelismo, versaba sobre “las leyes naturales y divinas” que justificaban esclavizar y exterminar a las razas inferiores, por lo que se esforzó en demostrar por qué los indios eran una raza de sub-humanos, sometible al vasallaje de los católicos hispanos.
Se cuida el tratadista de establecer que debían existir causas “justísimas” para hacerles la guerra a los naturales, las cuales deben ser establecidas por el príncipe, después de sesudas deliberaciones. Así nace la necesidad de endilgarle a los indios todos los defectos posibles: idolatría, sacrificios humanos, ritos demoníacos, alcoholismo, pereza, lascivia y hasta el “pecado nefando”.
Por supuesto, tal razonamiento se acompaña del “derecho natural y de gentes”, que establece que los bienes y tierras de los vencidos en guerra justa, deben pasar a manos de los vencedores, que están obligados a cristianizarlos y guiarlos hacia el bien.
Así inicia la tendencia de satanizar a los naturales para despojarlos de sus bienes, construyendo un discurso del odio al indígena, preludio del genocidio de ayer y de hoy, según la socióloga Marta Elena Casaus.
Históricamente, cada vez que los indoamericanos reclamaron sus derechos los acusaron de sublevados, levantiscos, bárbaros, y subversivos; hoy se les sindica de terroristas. Casi siempre, las acusaciones se acompañaron de una carga de odio y de una práctica de despojo. Esa es la triste ecuación de nuestro conflicto primigenio, que hoy está más vivo que nunca.
Siguiendo está lógica perversa, los no indígenas, incluso los pobres, andan con “el cholerímetro” en la mano, como sostiene el sociólogo Jorge Ramón González, denigrando a los mayas, calificándolos de “shumos” o “igualados”, con lo cual reproducen la práctica y el discurso del odio.
En ese contexto social que justifica descalificar al diferente, fue muy fácil exacerbar el machismo y trasladar el discurso del odio a las mujeres por “putas”, “coscolinas” o “sometidas”, y terminamos con una práctica femicida, que inmola a más de 500 mujeres al año, en la piedra de los sacrificios del rencor a las oprimidas.
En ambos casos, el odio a indígenas y mujeres se origina por el miedo de los opresores a las legítimas reivindicaciones emancipadoras de unos y otras, temiendo perder sus privilegios. Denigran y matan por miedo, por cobardía, sabiendo cercano el día en el que reine la libertad, la igualdad y la justicia, y ellos queden sepultados en el olvido de un pasado vergonzoso.


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