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Días tristes color verde olivo
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 4 de julio de 2016

El pasado 30 de junio fue un día aciago para Otto Pérez Molina. “Es un día triste para nosotros” declaró, con las manos esposadas, en el tribunal donde se le juzga por haber liderado un estructura criminal, para cooptar a las instituciones del Estado.

Un año antes, en otro día aciago, pasó revista a la tropa, en su calidad de Comandante General del Ejército, junto al Estado Mayor de la Defensa Nacional. En realidad, estaban usurpando esas calidades, pues realmente integraban una clica de peligrosos delincuentes, que se dedicaron a saquear las arcas nacionales, a costa de las medicinas de los enfermos y de los alimentos de los niños desnutridos, que murieron por docenas por la falta de abastos.
Debió ser triste y traumático para los jóvenes cadetes y los noveles conscriptos, el día que vieron cómo sus jefes y comandantes vaciaron de contenido y valores al ejército, convirtiéndolo en el botín de vulgares ladrones con uniforme. Términos como valor, pundonor militar, hidalguía, espíritu de cuerpo y lealtad, terminaron en el tacho de la basura, gracias a oficiales corruptos y genocidas.

Más triste fue el día 15 de enero de 2012, cuando OPM fue investido fraudulentamente presidente de la república, pues no ganó el cargo por la voluntad del soberano Pueblo de Guatemala, sino gracias a una estructura electoral mafiosa, el PP, que fortalecida con dineros mal habidos, compró voluntades, espacios mediáticos y autoridades, para pervertir nuestra institucionalidad republicana.

Pero los más tristes días de color verde olivo los ha vivido la población indígena. De acuerdo con la Comisión de Esclarecimiento Histórico de la ONU, de agosto a diciembre de 1982, el ejército cometió 17 ejecuciones extrajudiciales, seis desapariciones forzadas y cuatro masacres contra población civil desarmada, con un saldo de 107 víctimas en la zona ixil.

Según un testigo protegido del MP, “Los soldados que ejecutaban las masacres en el destacamento de Nebaj, recibían las órdenes del comandante Tito Arias”, el alias de guerra del ahora prisionero Otto Pérez Molina. En el cuerpo de ingenieros del destacamento militar de Santa María Nebaj, Quiché, “las ejecuciones comenzaban entre ocho y nueve de la noche, después de que primeramente ellos se echaban sus tragos en los pabellones de oficiales. Después se coordinaban entre ellos para subir a celebrar las ejecuciones”, relató el por aquel entonces mecánico militar, a través de videoconferencia, en el juicio contra Ríos Montt.

De esa cuenta, a Tito Arias le esperan días más tristes, pues además de ser procesado como corrupto, se le habrá de juzgar como torturador, asesino y genocida. Paradójicamente, gozará de las garantías procesales que él le negó a sus víctimas, población civil desarmada que fue aniquilada sin derecho a defensa.

También fue triste el día de marzo de 1992, cuando el guerrillero Efraín Bámaca fue desaparecido en Retalhuleu, por miembros del ejército, bajo el comando del entonces Director de Inteligencia, Otto Pérez Molina. Más temprano que tarde, será juzgado por un tribunal internacional, por eliminar a un prisionero de guerra.

Pero no todos los días color verde olivo han sido tristes. El 2 de octubre de 1954, los niños-cadetes de la Escuela Politécnica capturaron a un grupo de mercenarios, llamado ejército de la liberación, que invadieron a nuestro país, con el beneplácito del alto mando castrense y el apoyo de la CIA. Fue un día luminoso que no conoce paragón, el cual ha sido opacado por los nubarrones de la contrainsurgencia y la corrupción castrense.

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