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Cabildo Abierto
Otra Guatemala y otro mundo son posibles
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 29 de agosto de 2016

Antes, apenas ayer, se hablaba de la bipolaridad del mundo, dividido entre capitalismo y socialismo. Hoy, apenas mañana, los polos encontrados son el mercado y el humanismo; en el medio, los miles de millones que no pertenecemos a la elite planetaria comenzamos a construir alternativas por una vida digna, encontrando en el humanismo una luz al final del túnel.

Durante los últimos doscientos años, desde la Revolución Francesa, el esfuerzo por perfeccionar nuestro régimen republicano se ha centrado, en buena medida, en proteger al ciudadano de los abusos de quienes detentan el poder del Estado. Por ello la división de poderes, la alternabilidad en los gobiernos, y la reiterada convicción de que el ejercicio del poder es legítimo, si y solo si, responde a la voluntad soberana del pueblo.

Sin embargo, hoy día, la humanidad se enfrenta a una nueva tiranía, la de los dueños del dinero, aquellos que confunden democracia con mercado, república con empresa, y ciudadano con consumidor. Son ellos los que abogan por la desregulación política y legal de los derechos humanos, para que no impere más ley que la usura. Su parlamento es la Organización Mundial de Comercio, sus órganos ejecutivos son el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y reducen la convivencia entre naciones a los tratados de libre comercio. Así de mal estamos.

A ese mundo excluyente, al que solamente pueden acceder unos pocos, se antepone otro mundo posible e incluyente, cuya carta de naturalidad se signó en Porto Alegre, con el nacimiento del primer Foro Social Mundial.

La bipolaridad global, mercado contra humanismo, no sólo tienen nombre sino también número –primero y tercer mundo- y una geografía contrapuesta: norte versus sur. Por ello, la globalización es una falsía, pues lo único que se mundializa es el mercado; por ello, a la globalización del oprobio, debemos anteponer la mundialización de la equidad.

Aunque Fukuyama insista, la historia no ha finalizado, y la resistencia de los excluidos se ha convertido en el instrumento para rescribirla y para insistir en que el neoliberalismo no es nuestro destino manifiesto. Tenemos el derecho, y la obligación, de recuperar nuestras instituciones republicanas, para construir un gobierno de ciudadanos, no de mercaderes.

Frente al libre mercado debemos plantear que la gente está primero y vale más que las mercancías; ante la depredación ambiental hay que defender a la naturaleza, como quien defiende su casa; podemos y debemos rescatar y dignificar la política –como el arte de hacer posible lo deseable- para contraponerla a las transacciones bursátiles, que han convertido al orbe en una bolsa de anti valores.
A los cínicos, aquellos que creen que estas reflexiones no son más que quimeras, les recordamos que la humanidad ha avanzado más en pos de sueños que de negocios; incluso su credo, el libre mercado, se nutre de un valor que pertenece a los que soñamos: la libertad. La diferencia estriba en que nosotros, los utópicos prácticos, consideramos que para que la libertad no se pierda, hay que acompañarla de la democracia, la igualdad y la fraternidad.

Mientras batimos la argamasa para edificarlo, repetimos con Monseñor Pedro Casaldáliga: “Queremos otro mundo, porque otro mundo es posible, y es necesario y urgente. Un mundo uno, sin primeros ni terceros, sin imperios y sin genocidios, sin lucros sanguinarios y sin exclusiones desesperantes”.

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