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Cabildo Abierto
Nuestra memoria vive, la lucha sigue
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 9 de abril de 2018

El general Efraín Ríos Montt no murió libre, como adujo su hija en el sepelio, sino bajo arresto domiciliario, enjuiciado por genocidio, completamente demente, y condenado por la opinión pública nacional e internacional, debido a sus crímenes de lesa humanidad.

No hago escarnio de un cadáver, porque lo que pienso de él se lo dije en su cara, en su propia casa, hace 44 años. Reflexiono sobre la cauda de dolor y muerte que el riosmontismo encarnó, un fenómeno que hay que esclarecer de una buena vez, para que haya verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Así, tal vez, habrá posibilidades de una reconciliación.

La personalidad teatral de Ríos Montt, su calidad de militar y lo sanguinario de su conducta logró catalizar lo más conservador, retorcido y reaccionario de la sociedad guatemalteca. Encarnó un racismo llevado al paroxismo del genocidio; vivió la impunidad como destino manifiesto, como derecho divino. Él dijo e hizo en público, lo que los demás cometían en secreto. Por ello, fue el estandarte de aquellos que, por lo bajo, sostienen que “indio, culebra y zanate, manda la ley que se mate”.

En marzo de 1974 se realizaron elecciones generales, y cuatro partidos, aglutinados en el Frente Nacional Opositor (FNO), decidieron apoyar la candidatura de Ríos Montt a la presidencia de la república: Democracia Cristiana (DC), Frente Unido de la Revolución Democrática (FURD), Partido Revolucionario Auténtico (PRA) y Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT). Este último lo hizo secretamente, pero destinó cuadros, recursos e ingentes esfuerzos para esa contienda electoral.

A pesar de que Ríos Montt fue Jefe del Estado Mayor del Ejército del gobierno represivo de Carlos Arana Osorio, y se le sindicaba de haber dirigido la masacre de la comunidad xinca de Sansirisay, en mayo de 1973, decidieron postularlo, partiendo de la tesis que el ejército solamente permitiría participar a un candidato militar. Contendió contra el general Kjell Eugenio Laugerud (MLN-PID), y contra el coronel Enrique Paiz Novales (PR), y ganó las elecciones, pero le fueron escamoteadas mediante un descarado fraude.

Trabajadores, pobladores y estudiantes de la Universidad de San Carlos y de los institutos públicos salimos a protestar a la calle, contra el fraude, pero nunca en apoyo a un militar. Logramos paralizar la capital, y afectamos Mazatenango y Quezaltenango. Ríos Montt apareció en público, aduciendo “que la juventud estudiosa” lo apoyaba. Por ello, en el Secretariado de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) decidimos tener una reunión privada con el FNO para aclarar las cosas, y no enfrentarnos públicamente.

Nos designaron a tres dirigentes, y acordaron que yo expondría la posición de la AEU. Reconozco que a mis 21 años era temerario, y en la reunión celebrada en la casa de Ríos Montt, con presencia de todos los dirigentes de partidos de centro izquierda, entre otras cosas, les plantee que nunca apoyaríamos políticamente a un militar, porque eran enemigos del pueblo y no eran de fiar. Además, previne a Manuel Colom y Alberto Fuentes Mohr, que ojalá no terminaran como víctimas de los militares con quienes se habían aliado, como efectivamente pasó. Desde entonces quedé marcado.

Efraín Ríos Montt traicionó al FNO, negoció con el ejército y terminó de agregado militar en la embajada de Guatemala en España, donde dio rienda suelta a su alcoholismo. Para superarlo, abrazó fanáticamente el evangelismo pentecostal, llegando a fraguar una concepción político-religiosa, en la cual sus actos sanguinarios eran dictados divinos, como los del ángel exterminador. Para él, la masacre no era pecado, era redención.

El general retornó al país y, el 23 de marzo de 1982, fue impuesto como dictador, después que los “oficiales de la montaña” dieron un golpe de Estado. A partir de ese momento, encabezó un brutal baño de sangre, ordenando o permitiendo cientos de masacres.

En ésa época, me tocó acompañar a miles de hombres y mujeres que huían, bajo fuego de infantería y aviación, de Huehuetenango hacia México. Por veredas de montaña, en las Huistas, pueblos enteros iniciaron un éxodo de sangre y dolor, dejando tiradas en su senda las marimbas, luego los cuerpos de los viejos y finalmente los de los niños que no aguantaron la travesía.

Ante ese cuadro dantesco, entendí que enfrentábamos un auténtico etnocidio, pues las marimbas rotas simbolizaban la desarticulación de la identidad cultural. Los cadáveres de los ancianos encarnaban la muerte de la sabiduría ancestral, aprehendida por esos hombres-libro de generación en generación. Los cuerpos rígidos de los patojitos, simbolizaban la negación de futuro para la mayanidad.

De las masacres, Ríos Montt llegó al genocidio contra el Pueblo ixil, por lo cual se le juzgó y se le condenó a 80 años de prisión, en mayo de 2013. El testimonio de las víctimas sobrevivientes, en su mayoría mujeres ixiles, sacudió a la sociedad y dio a conocer al mundo el infierno vivido por un Pueblo indómito.

Mediante una resolución jurídicamente aberrante, tres magistrados de la anterior Corte de Constitucionalidad cuestionaron el procedimiento, no la sentencia, y ordenaron repetir el juicio, el cual inició en 2016, llegándose a celebrar 47 audiencias. Uno de esos togados, Roberto Molina Barreto, quiere ser el nuevo fiscal, para seguir prodigando impunidad, lo cual debemos impedir.

Paralelamente, avanza el juicio del general Mauricio Rodríguez Sánchez, jefe de la inteligencia militar de la época, donde demostraremos que en Guatemala sí hubo genocidio, pues la memoria de las víctimas está viva y nuestra lucha sigue. El reclamo de justicia de las mujeres y de los hombres ixiles nos demuestra que, cuando se lucha, el ser humano dura más que el mal y que el triunfo del bien no tiene prisa, pero es cosa cierta.

Como epitafio para Efraín Ríos Montt, bien vale la cita de Miguel Ángel Asturias: “Los ojos de los enterrados se cerrarán todos juntos el día de la justicia, o no los cerrarán”.

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