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Cabildo Abierto
El noble oficio del librero
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 11 de julio de 2018

A Gloria Esquit, in memoriam.

Es la cultura lo que nos distancia de nuestra animalidad, no la religión, ni la tecnología ni el dinero. Hay cientos de ejemplos de incultos líderes religiosos que embarcaron a la humanidad en espantosas guerras fratricidas, amén de tecnólogos que inventaron la bomba atómica. Igualmente, hay banqueros y jeques petroleros podridos en dólares, que son unas bestias consumadas.

Por ello, la existencia misma del género humano depende de la preservación y el desarrollo de las culturas, esfuerzo en el que el libro sigue siendo el principal instrumento, y los libreros(as) son los sumos sacerdotes de tan magnífica y vital cruzada.

Un librero no es solamente un comerciante de libros. Es, ante todo, un promotor cultural. Promover libros equivale, necesariamente, a difundir cultura. La mayoría de mujeres y hombres que se dedican al noble oficio de libreros, veneran al libro como arte-objeto, y como medio para propagar conocimiento, cultura y paz. Por ello son, además, promotores de humanidad.

En las primeras épocas se les reverenció, por preservar y difundir conocimiento. Cuando los gobernantes entendieron el enorme poder del saber, se les instrumentó para que contribuyeran a imponer la cultura dominante, buscando afianzar el poder hegemónico, aunque casi siempre los libreros se resistieron, pagando con su vida su objeción de conciencia.

Los conquistadores de toda laya han sido, por antonomasia, enemigos de la cultura, perseguidores de libreros e incendiarios de libros. Se sindica al emperador Julio César de cometer la primera quema de la biblioteca de Alejandría, en la guerra de conquista que promovió en el año 48 a.C. El obispo de Yucatán, Diego de Landa (1524-79), encarnando a las dos grandes bestias que produjo el Medievo europeo, el colonialismo y la inquisición, quemó todos los códices mayas conocidos, pretendiendo desaparecer esa cultura.

Esos antecedentes inspiraron a Adolf Hitler para impulsar  su política “Acción contra el espíritu anti-alemán” que, el 10 de mayo de 1933, llegó a su pináculo, promoviendo que la federación nazi de estudiantes quemara los libros de los autores satanizados, en la plaza de la Ópera de Berlín y en otras 21 ciudades universitarias.

Las bestias uniformadas que nos han gobernado no podían quedarse atrás; el 14 de febrero de 1955, el coronel golpista Carlos Castillo Armas, incineró 40 toneladas de “libros comunistas” frente al Palacio Nacional, para darle la bienvenida a Richard Nixon, quien llegó a supervisar los avances de los militares golpistas contra la Revolución de Octubre. “Es la primera vez que el comunismo es derrotado por el pueblo” sentenció Nixon (archivos desclasificados de la CIA, PBHistory).

La mía fue la generación de la guerra, a pesar de lo cual engendró a cuatro grandes libreros(as): Anamaría Cofiño (Editorial El Pensativo), Gerardo Guinea Diez (Magna Terra Editores), Carlos López Barrios (Editorial Praxis) y Raúl Figueroa Sarti (F&G Editores). Todos han creído en el poder transformador de las ideas, y le han apostado a cimentar la nueva Guatemala sobre el saber contenido en los libros.

Figueroa Sarti ha sido, desde la Gremial de Editores, un incansable promotor de la Feria Internacional del Libro (Filgua) que, del 12 al 22 de julio, celebrará su XV Edición, en Forum Majadas, dedicada a Francia, al librero Jesús Chico (Artemis) y al intercambio de ideas, diálogos, libros, filmes y humanidad.

Consulte el programa en la página Web de Filgua, asista y dese un baño de cultura. Salga con un par de libros bajo el brazo, léalos, atesórelos y sienta cuán vital y humano es el noble oficio del librero.

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