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Cabildo Abierto
Bolsonaro o la restauración conservadora
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 7 de noviembre de 2018

El arrollador triunfo electoral (55%) de Jair Messias Bolsonaro a la presidencia de Brasil, el país más extenso, poblado y rico de Latinoamérica, enarbolando las banderas más antidemocráticas inimaginables, merece una profunda reflexión, pues su ideario y el movimiento social que lo encarna constituyen una amenaza para la democracia, la justicia y la paz.

Durante casi 28 años, el ex capitán y diputado Bolsonaro tuvo un mediocre desempeño en el hiper corrupto Congreso brasileño. Se inició como diputado federal con la Democracia Cristiana y cambió ocho veces de partido, evidenciando con su transfuguismo una permanente inconsistencia política y un oportunismo rampante.

Quienes han investigado su trayectoria, dan cuenta que a partir de 2014 comenzó a recibir asesoría de especialistas de inteligencia del ejército brasileño, moldeando su postura sobre temas cruciales de la realidad nacional, incluso recibiendo terapia psicológica para atemperar su irascible carácter.

Una serie de factores, que deben ser detenidamente analizados, lo catapultaron como el líder de las fuerzas ultra conservadoras de Brasil, dando origen a la coalición identificada como BBB, acrónimo de biblia, bala y buey. Se refiere a una alianza integrada por las iglesias neo pentecostales ultra-conservadoras y a sus mediáticos pastores, que cuentan con medios de comunicación y sólidas redes sociales, manejadas por expertos.

A éstas se sumaron cuadros de origen militar, policiaco y civiles que abierta y públicamente reivindican la necesidad de imponer el orden y la seguridad a balazos, con los terratenientes-ganaderos cuasi feudales, que abogan por la concentración de tierras y la aniquilación de los movimientos agraristas de indígenas y campesinos.

Previo a los comicios del domingo pasado, el Partido de los Trabajadores (PT) ganó las anteriores cuatro elecciones, hasta que la oligarquía brasileña logró la destitución amañada de la presidenta Dilma Russef en el Congreso brasileño, sindicándola de haber falseado cifras económicas en sus informes, siendo defenestrada por una mayoría de diputados que están siendo procesados por corrupción, tipificando un Golpe de Estado técnico, e imponiendo a Michel Tremer como presidente de facto, quien inició la reversión de los avances sociales impulsados por el PT.

En los tres y medio períodos de gobierno, el PT sacó a 29 millones de brasileños de la pobreza, reduciéndola del 24.3 % al 8,4 % entre 2001 y 2012, mientras que la pobreza extrema cayó del 14 % al 3.5 %. También impulsó el programa Hambre Cero, el más exitoso del continente, reduciendo a la mitad el número de personas con hambre, según la ONU, disminuyendo la tasa de desnutrición del 10.7 % a menos del 5 %.

A pesar de no haber tenido acceso a estudios superiores, Lula Da Silva creó más universidades públicas (18) y escuelas técnicas federales (422) en su gobierno que en toda la historia previa de Brasil, duplicando el número de universitarios, llegando a 7.6 millones. Elevó la inversión pública en educación en 288% y otorgaron más de 100 mil becas de posgrado en el extranjero. Además, logró una tasa de desempleo más baja que en EE.UU. y una tasa de crecimiento económico mayor. Por todo ello, Lula dejó el poder con una aceptación del 80%, aunque no logró resolver cuestiones estructurales como la desigualdad, la corrupción, el narcotráfico y la violencia común.

Un grave error de la izquierda brasileña –como de la guatemalteca- es haber despreciado la dimensión ética y política de la lucha contra la corrupción, cediéndole una demanda social muy sentida a la derecha extrema, que la convirtió en un estandarte electoral de gran incidencia.

Para alcanzar tantos logros en tan corto tiempo, Lula y su equipo desarrollaron complejos acuerdos con fuerzas conservadoras, descuidando sus alianzas estratégicas con los sindicatos, el Movimiento de los Sin Tierra y los Pueblos originarios. Además, para poder gobernar, se volcaron a transformar la caduca institucionalidad brasileña, descuidando el trabajo organizativo del PT, que perdió bases sociales e influencia ciudadana.

Por lo anteriormente expuesto, las grandes mejoras de vida de amplios sectores sociales no estuvieron aparejadas a un proceso de concienciación ciudadana, acrecentándose el individualismo, el consumismo y un acomodamiento social, que impidió la defensa ciudadana de los avances petistas.

Después vino la recesión mundial de 2008, la caída de los precios de las materias primas, la destitución de Dilma Russef y el enjuiciamiento de Lula, dejando al PT sin su candidato natural, que tenía el doble de aceptación electoral que Bolsonaro.

Si bien muchos funcionarios del PT incurrieron en corrupción, el juicio a Lula ha constituido una acción política para invalidarlo como candidato, y el viciado proceso ha sido condenado por juristas e intelectuales de talla mundial. Se le sindica de haber recibido un lujoso apartamento como soborno de una empresa proveedora del Estado, pero la fiscalía y los jueces nunca pudieron presentar pruebas contundentes que lo vincularan con el inmueble, el cual nunca ocupó ni él ni su familia.

Gilmar Mendes Franco, uno de los pocos jueces que defendió el habeas corpus de Lula, denunció que se había sentido chantajeado por los consorcios comunicacionales. “Si tenemos que decidir causas como estas porque los medios quieren ese o aquel resultado, es mejor despedirnos e ir a casa”, dijo. 

El golpista Michel Tremer sumió a Brasil en su peor crisis económica, casi ningún partido se libró de enjuiciamientos y condenas por la corrupción galopante y cundió el retroceso social, el desempleo, el hambre y la violencia.

Casi toda la dirigencia de los partidos políticos brasileños está siendo juzgada o ya fue condenada por actos de corrupción, generándose un descrédito ciudadano hacia la vieja política, atomizándose el voto, al grado que en las elecciones del pasado domingo más de 30 partidos pequeños lograron obtener algún diputado federal. El PT logró la bancada más numerosa, con apenas 56 diputados, de 513 con los que cuenta esa Cámara, y el PSL de Bolsonaro obtuvo 52, de los cuales 20 son ex militares o ex policías.

Ese fue el contexto político-social idóneo para que floreciera el miedo de la ciudadanía a perder el trabajo, la dignidad y la vida, optando por el mensaje apocalíptico y violento de los pastores evangélicos, los candidatos militares y policiales, y triunfara una opción que ofrece resolver la crisis brasileña a balazos, amenazando con eliminar o encarcelar a luchadores sociales, intelectuales, feministas y negros, postulando un infierno donde reinará la intolerancia, la represión, el conservadurismo político y el fundamentalismo religioso.

En contrapartida, João Pedro Stedile, de la Coordinación Nacional del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), sobre el resultado de las elecciones presidenciales, sostiene que “Salimos de ese proceso aglutinados, con capacidad y fuerza organizada para resistir a la pretendida ofensiva fascista”. 

Concluye que “Tenemos que hacer un nuevo debate en el país, sobre un nuevo proyecto soberano para una sociedad igualitaria y justa. Como esta campaña se basó en la mentira y en la lucha contra la mentira, no discutimos el programa, no discutimos un proyecto estructural para el país. Ahora tenemos que recuperar ese debate y en los próximos meses y años, reconstruir una unidad popular alrededor de un proyecto. Un programa de soluciones para el pueblo, porque del otro lado, del gobierno, no vendrá”.

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