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Cabildo Abierto
El Uribismo, crónica de una muerte anunciada
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 4 de diciembre de 2019

La poderosa corriente política encabezada por Álvaro Uribe Vélez tiene los días contados; lo que le queda de vida es, como en la obra de García Márquez, la crónica de una muerta anunciada. Pero que nadie se engañe, su desaparición será lenta y dolorosa, y en su viaje al averno hará todo el daño que le sea posible.

Durante casi cuatro décadas, Uribe impuso su dominio a sangre, fuego, drogas y paramilitares, penetrando todos los estamentos de la sociedad colombiana, con énfasis en el Congreso, la policía y el ejército, fraguando alianzas de todo tipo con diferentes sectores del empresariado, así como con Estados Unidos e Israel, a quienes reconocen como sus amos.

Uribe se inició como alcalde de su natal Medellín, en 1982, nombrado por el presidente Belisario Betancourt, quien lo destituyó poco después, por sus presuntos nexos con el cártel de Medellín. Fue electo Senador de la República de Colombia por dos periodos consecutivos (1986-94), cosechando importantes éxitos por sus iniciativas legislativas.

Ya en esa época fraguó una incidencia significativa, basado en su innegable carisma, su habilidad para la transa, su falta de escrúpulos, y sus alianzas con todas las fuerzas que le fueran útiles, incluidos los paramilitares y el narco. Por ello, se le considera uno de los fundadores de la parapolítica. Anticomunista feroz, ultraconservador, exponente diáfano del clasismo y del racismo, desarrolló un populismo de derecha que le ganó muchos adeptos.

De 2002 a 2010 fue electo presidente de Colombia para dos periodos consecutivos; en ambas elecciones ganó en primera vuelta, con más del 51% de los votos. Desde entonces, se convirtió en un icono de la extrema derecha latinoamericana, especialmente en Guatemala, donde el CACIF y sus aparatos políticos lo encumbraron como el gran capitán del conservadurismo tropical.

"Mano firme, corazón grande", reza el lema del Centro Democrático, el partido uribista que llevó a Iván Duque al poder en 2018, y que en las elecciones regionales y locales del pasado octubre sufrió una calamitosa debacle, que ha profundizado las fracturas internas entre diferentes corrientes, debilitándolo. Dicho partido carece de ideología, de programa, de estructuras sólidas y de un liderazgo institucional. Todo gira en torno a Álvaro Uribe, señor de horca y cuchillo, quien ahora enfrenta varios procesos penales.

En el pasado, el magistrado Iván Velásquez fue reconocido como el perseguidor implacable de la parapolítica, afectando los intereses de Uribe, por lo que éste apoyo al pacto de corruptos, a Jimmy Morales y al CACIF en su lucha por defenestrar al Comisionado de la CICIG. Hoy día, Velásquez tiene enjuiciado al parapolítico por difamación y calumnias.

Considerada por la derecha como un modelo ejemplar, Colombia se tambalea ante una insurrección ciudadana que, encabezada por jóvenes estudiantes y sindicalistas, reclama el derecho de una vida digna y en paz, en uno de los países más desiguales del continente, que ha entrado en una crisis económica por la caída de los precios de las materias primas.

En el ámbito internacional, Uribe y Duque fracasaron como operadores de EE.UU. ante las fuerzas progresistas en Suramérica, y han estado negociando con China Popular, lo que les ha valido la animadversión de Donald Trump quien, a pesar de las bases militares que tiene en Colombia, les ha rezado un responso por "traidores".
Todas las medidas paliativas propuesta por Duque han sido rechazadas, pues no entiende que las colombianos y las colombianas han despertado de un letargo de 42 años, y que no van a abandonar las calles hasta que tengan la certeza que han conquistado el derecho a tener un futuro digno, incluyente y democrático.


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