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Cabildo Abierto
El derrumbe presidencial
Por Víctor Ferrigno F. - Guatemala, 25 de noviembre de 2020

Diez meses de mal gobierno le bastaron a Alejandro Giammattei para concitar el más amplio rechazo ciudadano, e iniciar su derrumbe como presidente (con minúscula). En esta coyuntura, en la que el Pueblo demanda #RenunciaGiammattei, ningún sector social, académico, empresarial, periodístico o religioso ha salido a defenderlo. Es previsible que no termine su periodo presidencial, porque la inercia política es el desmoronamiento de un pacto de corruptos que, más temprano que tarde, el Pueblo sepultará.

Hay, en todos los sectores de la población, un creciente hartazgo, por la mucha hambre, por tanta pobreza, por la pandemia desatendida, por el abandono a los damnificados por los huracanes pero, especialmente, hay hartura por tanta corrupción e impunidad.
En ese contexto, las y los manifestantes en las plazas demandan #RenunciasYa!, exigiendo la dimisión de Giammattei, de su pareja devenido en primer ministro, de la Junta Directiva del Congreso, del Ministro de Gobernación y del Director de la Policía Nacional, siendo estos últimos dos, los responsables mediatos de la represión del sábado pasado.

Pero Giammattei no lee, no percibe, ni quiere entender el creciente rechazo a su pésima gestión gubernamental. Avergonzados, con la mirada baja, algunos funcionarios que aún guardan atisbos de vergüenza, confiesan que en el Gabinete hay un permanente concurso de adulación servil, de lisonja interesada, de halago rastrero, que el presidente se cree, sintiéndose el gran timonel, el estadista que derrotará a los “chairos” que lo cuestionan y critican.

En ese contexto, no hay diálogo posible. Por ello, ayer, los principales tanques de pensamiento que Giammattei quiso involucrar en un presunto debate presupuestario se deslindaron y distanciaron de un actor político que, como un leproso, corrompe lo que toca.

Aislado y paranoico, pide auxilio a Almagro, el impresentable Secretario General de la OEA, quien quedó sin legitimidad política después de su vergonzosa intervención en el Golpe de Estado en Bolivia. Un presidente señalado por su Pueblo de corrupto, incapaz y represor, invoca la Carta Democrática Interamericana, para defender un gobierno que se autodestruye. El condenado se pone el dogal en el cuello, y pide auxilio.

Apenas en abril, según la encuesta de Prodatos, el 83% de la población aprobaba la gestión de la pandemia por el presidente; ahora demandan su renuncia. Ningún gobernante recibió tanto apoyo presupuestario, de todos los partidos, para enfrentar la peste. A los enfermos y hambrientos casi no llegó nada, y lo poco distribuido arribó tarde. Médicos y auxiliares mueren diariamente por falta de equipo de protección, y no cuentan con insumos ni salario digno y a tiempo. Casi toda compra en salud, supura corrupción.

A ese infierno se sumaron 53 muertos y 18 heridos, 96 desaparecidos, 10,137 personas en riesgo, y un millón doscientos mil afectados, por dos huracanes consecutivos. No hubo prevención ni respuesta gubernamental suficiente: #RenunciaYa, dice el Pueblo.
Para seguir en el festín de fondos públicos, con alevosía y nocturnidad, el pacto de corruptos aprueba un presupuesto fastuoso, que colma la paciencia del Pueblo, quien toma las calles, reclamando su veto.

La respuesta gubernamental es la represión, la gente riposta y el gobierno retrocede, ofreciendo revisar el presupuesto, sin darse cuenta que ya es tarde; el Pueblo soberano demanda su renuncia. El derrumbe de Giammattei es inevitable; él lo buscó y lo va a lograr.
Ante la debacle presidencial, viene a cuento la aseveración de Winston Churchill: “La política es casi tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa. En la guerra podemos morir una vez; en política, muchas veces”.

 

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